Por: Manuel Álvarez-Monteserín Izquierdo.

(Miembro Numerario del Centro de Estudios Bejaranos)

Béjar, a 6 de febrero de 2021.

Ángel Reig González, hijo de José y de Florencia, vino al mundo el 11 de febrero de 1912, en Béjar, Salamanca.

Daba el reloj las doce… Y eran doce
golpes de azada en tierra…
 ¡Mi hora! …Grité. El silencio
me respondió: No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.

Antonio Machado

Desde los comienzos de la prehistoria, el hombre ha tratado de gestionar su vida y actividad controlando de distintas maneras el transcurso de los días a través del ciclo del sol (referencia obligada), las fases de la luna, fenómenos astronómicos, etc., y para ello se valió de distintas observaciones en la naturaleza, teorías y artilugios en el acontecer de los tiempos. Sirvan como ejemplo los magníficos obeliscos del templo de Luxor  en Egipto, que ponen de manifiesto esta inquietud. Una de las primeras referencias literarias que encontramos sobre relojes solares es el “Cuadrante de Achaz” del siglo VII a.C. y mencionado en la biblia, que nada tiene que ver con la idea actual de este tipo de lector del tiempo, pues se trataba, dicho de una forma muy sencilla, de unos pequeños peldaños que, en función de la sombra que proyectaban, nos informaban del movimiento del sol y del transcurso del día.

En el siglo XII aparecen algunos cuadrantes de sol, canónicos, con la división eclesial del día solar, y en el siglo XV comienzan a ponerse en  iglesias y catedrales. Estos relojes denominados solares se basan en la sombra que proyecta un gnomon o estilo sobre una superficie con una escala graduada que nos indica la posición del sol. Alfonso X el Sabio (Edad Media) en sus obras astronómicas menciona las posibilidades de medir el tiempo. Prácticamente hasta el siglo XIII el ser humano medía el tiempo fundamentalmente con relojes de agua o clepsidras, y de arena, cuya construcción está ligada al soplado del vidrio. Los primeros relojes mecánicos aparecen pasado el año 1300, siendo sus órganos principales el motor, la transmisión, el regulador y el indicador. Es en el transcurso del siglo XV cuando el concepto hora tiene sentido como unidad de tiempo. El siglo XVI desmenuza aún más la hora,  contemplándose las fracciones  minuto y segundo. A lo largo del siglo XVII el reloj como pieza individual se incorpora al ser humano y siempre entre personas de nivel adquisitivo alto, pues también plasmaba la función de distinción entre los ciudadanos.

Son las mujeres las primeras en utilizar el llamado reloj de pulsera a principios del siglo XX, aunque Louis Cartier, relojero francés, fabricó para su amigo aviador Alberto Santos-Dumont un reloj aparentemente útil para sus vuelos. No obstante, fue Pateek Philippe quien en 1868 realizó el primer reloj de pulsera para mujeres. Los hombres comenzarán a utilizarlos a partir de la Gran Guerra, en torno a los años veinte.

En el transcurso de los años sesenta aparecen en el mercado los primeros relojes electrónicos y de cuarzo para dar paso en años sucesivos a los digitales, atómicos, etc. alcanzando, estos últimos, medidas de máxima precisión empleadas, por ejemplo, en la localización por GPS. Todos ellos nos han ayudado a medir el tiempo objetivo. Otro tiempo, el subjetivo, ha dado lugar a frases como: “No tengo tiempo para nada”, “el tiempo pasa”, “el tiempo vuela”, “no pierdas más el tiempo”, “de dónde voy  a sacar tiempo”…  y así muchas más que ponen de manifiesto las circunstancias sociales del ser humano.

Realizado este sucinto viaje por la  historia del reloj, me centraré en una de las familias de relojeros ubicados en Béjar que han marcado el pulso de la vida de los bejaranos, ofreciéndoles sus relojes y recuperando viejas glorias de la historia de la relojería, restaurando sus desgastes e incluso fabricando diminutas piezas para darles una segunda oportunidad: La familia Reig.

Ángel Reig González, hijo de José y de Florencia, vino al mundo el 11 de febrero de 1912, en Béjar, Salamanca (año del hundimiento de Titanic) y fue bautizado en la parroquia de San Juan Bautista de Béjar. Casaría a la edad de 29 años con  Dolores Blasco Beviá (joven que conoció en  Alicante) una vez finalizada la guerra civil española, el 6 de abril de 1941, en Alicante. Tuvo tres hijos, Julia, José Ángel y Mª del Carmen, y seis nietos.

Comenzó su formación académica, siendo un niño, en el Colegio Salesiano de Béjar, en el año 1918, y completó su formación y conocimientos técnicos en la Escuela Industrial de Béjar.

Adquiere sus primeras nociones de relojería en los años treinta de la mano de Enrique Jiménez Calabia, hombre que creó escuela dados sus extraordinarios conocimientos y su afán por enseñar el oficio a los jóvenes.[1]

Reig fue llamado a filas para combatir en la insurrección obrera, iniciada en Asturias durante el mes de octubre de 1934. En una de las cartas que escribió a sus padres, y que conserva su hijo, narraba los horrores presenciados y vividos. El Excmo. Ayuntamiento de Avilés en sesión celebrada el día 14 de diciembre de ese mismo año,… y en atención  a los relevantes servicios de defensa de la Autoridad y del orden público, prestados por D. Ángel Reig González, con motivo de los sucesos revolucionarios desarrollados en esta localidad durante el mes de octubre último, acordó concederle la Medalla de Bronce de la Villa”.  Su buen hacer le fue reconocido.

El propio Reig recoge y  se señala en un recorte del periódico Ahora donde sale con el resto de compañeros.

Estalla la guerra civil y como sargento (curso que realizó en Plasencia) se incorpora al frente, teniendo distintos destinos: Belchite, Valencia, Montes de Toledo, Alicante…Con la liberación de Alicante el 25 de marzo de 1939, y soportando la ciudad un gran bombardeo, según un parte de guerra republicano, echó mano de los conocimientos que había adquirido con el maestro de relojería Enrique Jiménez y solicitó trabajo en la Empresa de Relojería Gomis (firma que aún existe como joyería y relojería), donde fue admitido y tuvo los primeros ingresos económicos después de años de fuego y sangre. Durante  la guerra evitaba hacer amigos, pues este hecho era algo para no recordar ni repetir y siembre esquivó hablar de ello. Este conflicto  impidió seguir sus estudios en la escuela industrial.

Ya en Béjar, monta su primer negocio de relojería en el número 25 de la calle Sánchez Ocaña. Con Enrique Jiménez tuvo la oportunidad de trabajar en más de una ocasión en el mantenimiento del reloj de  San Gil (hoy museo  Mateo Hernández).

En su juventud y madurez disfrutó de muchos amigos y era  muy “pandillero”. Le gustaba la sana diversión y desde la adolescencia tuvo como gran amigo al “Hombre de Talla” Gil Laso Fraile, amistad que perduró hasta el final de sus días. Jugó mucho con él a la rana y al mus. Aficionado también al billar, compartió paño en múltiples ocasiones con su hijo José Ángel, a quien cariñosamente le llamaba “Chato”, y con el odontólogo Campos. Poseía conocimientos musicales y se atrevía con el violín.

Hombre a quien los desastres de la guerra forjaron en él un carácter fuerte, pero a la vez humano y familiar, me comenta su hijo, que no le gustaba afeitarse y mucho menos el uso de la corbata, pero que sabía en qué momentos debía atender a semejantes necesidades. Cantar tangos y bailarlos, junto con  su amigo Francisco Parra, eran otras de sus habilidades.

 Amante de los espacios libres, de la naturaleza, tenía grandes dotes culinarias sobre todo en el mundo de la paella, siendo El Bosque y El  Castañar sus principales escenarios. Normalmente, después de una buena paella en El Castañar, continuaba la fiesta en casa de otro de sus mejores amigos, Santiago Muñoz (Bar Senén). Le gustaba hacer la compra en momentos especiales y fundamentalmente por las fiestas navideñas, comprando de todo para dar alegría a los suyos.

Sus hermanos fueron Julia, Fermina, Francisco, Miguel, Pedro, Germán, José y María. Pedro también fue profesional  del mundo de la relojería, pero en la actualidad solamente una hija de Miguel sigue, en parte, el negocio de la relojería y joyería en Asturias.

La salud de Ángel Reig se fue debilitando con el paso de los años, siendo el Dr. Coquilla quien le trató hasta el final de sus días. Sin duda, el conflicto bélico melló su salud y lo fue arrastrando durante toda su vida. Cuando le preguntaban durante la guerra qué tal estaba, siempre respondía con voz quebrada “vamos tirando”.

En el terreno profesional, siempre defendió un oficio que le reportó la economía suficiente para mantener a su familia de forma holgada. El conocimiento de la mecánica de los relojes facilitó todo tipo de reparaciones en tipologías  de bolsillo, pared, sobremesa, pulsera…Tuvo también buenas manos para el control de la óptica. Cursó los denominados estudios de “óptico transitorio” que más tarde se convertirán en Diplomatura.

Sin crear escuela propia, sí supo enseñar a sus hermanos el oficio, fundamentalmente a Pedro, y a sus hijos Julia y José Ángel, siendo este último quien realmente se dedicó de lleno a la profesión y también fue su profesión durante toda su vida y quien en la actualidad posee una de las mejores colecciones de relojes de la provincia, de tipologías muy diversas. Su hermana Julia fue, tal vez, la única mujer dedicada durante unos años a la relojería en esta ciudad.

La clientela que Reig tenía era muy diversa y se extendía a prácticamente todos los sectores de la población bejarana. Siempre comentaba que a nivel particular, había en Béjar muy buenas piezas de relojería. Entre las marcas de prestigio y conocidas, tenía la exclusiva de  Omega. Una manera de promocionar esta marca u otras era a través de una rifa: varios clientes se asociaban en torno a un buen reloj y cada semana entregaban una cantidad en concepto de anticipo a cuenta, y Reig les adjudicaba un número, de tal forma que el atractivo, a parte del reloj, era que alguien con la primera cuota podría llevarse el reloj y el resto seguir pagándolo.

Dentro de las marcas conocidas, Omega y Longines fueron siempre sus preferidas por la precisión y finura de sus mecanismos sin dejar a un lado otras como Oris, Rolex, Certina, Duward… También los cronómetros, como controladores del tiempo, y otros aparatos similares fueron objeto de su interés, cuidados y reparaciones.

No fue nunca coleccionista de relojes, pero sí de sellos. En cambio su hijo, como se ha comentado anteriormente, ha sido y sigue siendo un gran coleccionista de los mismos, siendo él quien con gran esfuerzo y pericia los ha ido reparando y poniéndolos, en su mayoría, en marcha, tarea que ha llevado a cabo durante la actual jubilación.

Una clientela muy peculiar suya fueron siempre los anticuarios, no dejaba de atenderlos y restauraba en múltiples ocasiones los relojes antiguos que le ofrecían, teniendo que fabricar con sus propias manos y herramientas pequeñísimas piezas para ponerlos en funcionamiento. Siempre les decía: “No cumple la misión del reloj de indicarnos la hora, pues aunque sea muy antiguo y valioso está parado”.

Aunque manejó infinidad de relojes, siempre tuvo preferencia por dos de ellos, que aún se conservan en buen estado y funcionando: un reloj de caja alta con autómatas, que siempre denominó “de los Muñecos”, y otro de sobremesa o chimenea, cuya caja fue tallada por su gran amigo y artista bejarano Gil Laso Fraile.

Reloj “de los muñecos”

Alzado y detalles internos del reloj “autómata de los muñecos”

Sobre el reloj “de los muñecos”, estaríamos hablando de un reloj de autómatas alemán denominado “Flötenuhr” de flautas o de órgano, con movimiento y sonido accionado por un mecanismo musical al dar las horas. También llamado de “Selva Negra” por ser en esta zona de Alemania donde se encontraba el mayor fabricante de esta tipología (Winterhalder Uhrenfabrik , más tarde Winterhalder & Hofmeier ), considerado como uno de los mejores fabricantes victorianos de la época. El mecanismo posee fuelles que introducen el aire en un pequeño depósito, en el cual la apertura de unas válvulas y con una secuencia determinada, provocan el sonido en las flautas. Este mecanismo musical es básicamente un órgano con un cilindro que es el que acciona las válvulas para que suenen en las flautas las notas de las melodías. Este único y complejo artilugio incorpora artes y oficios como la música, pintura, carpintería, mecánica, marquetería, ebanistas, broncistas, ceramistas, escultores, matemáticos, neumática, etc. En este modelo de reloj aparece también un escenario con unos flautistas danzarines, policromados,  que giran sobre sí mismos y en círculo cuando suena la música. Las flautas son de madera  y los números de la esfera, estucada y pintada, del dial van en números romanos. Aparece una pintura cuya escena es la caza del cocodrilo, con fondo de río, palmera y pirámides que nos trasladan a los ambientes del Antiguo Egipto, con la leyenda, “der unglückliche Krocentilfänger” (El desafortunado cazador de cocodrilos). La caja del reloj es de caoba.

A Ignatz Bruder (1780-1845) y Andreas Ruth (1817-1888) se los considera como grandes maestros de este tipo de autómatas. Músicos como Mozart y Beethoven escribirían música para relojes de órgano y autómatas.

José  Ángel Reig comenta que cuando se animó a su reparación y restauración, cuestión que le llevó cerca de un año, resultó muy problemática por la mecánica y por la complejidad de elementos que había en su interior.

En cuanto al reloj cuya caja talló Gil Laso, fechado el 8 de diciembre de 1955, presenta una mecánica sencilla, en torno a la cual se fabricó la caja realizada en madera de nogal y en cuyo frente está la esfera profusamente tallada así como las agujas, con gran delicadeza. Nos presenta  una gran fiesta profana, en pleno delirio, grutescos, juego de querubines que, a modo de guirnalda, juegan y se mezclan con amazonas y caballos, sátiros, leones y otros pequeños animales tallados al milímetro y mezclados con campanas, cuernos de la abundancia, con frutos en su interior, y el símbolo del poder de la rapaz sobre la serpiente. A modo de peana, la base de la caja presenta una decoración floral con rostros de carnero en sus cuatro esquinas.

En su perfil, se representa tallada la evolución del ser humano desde la prehistoria hasta nuestros días, con figuras prehistóricas, con escenas de familia escuchando la radio (como curiosidad hay que pensar que la televisión no pudo estar en la mente del artista pues recordemos que el primer programa que se emitió por televisión fue la salida de la misa desde El Pilar en Zaragoza en 1956 y la caja fue tallada antes de 1955) y hasta de ocio en la sala  de un teatro, todo ello coronado, y en la parte más alta, un reloj de arena, simbolizando el paso del tiempo.

Reig tuvo su taller y tienda de relojería en la calle Sánchez Ocaña, 25 y 41 de Béjar. Como buen artesano del gremio de relojeros, no se especializó en ninguna marca en concreto pero restauró y puso en marcha todo tipo de relojes, cronómetros, etc. En aquellos tiempos, prácticamente no había firmas  españolas de relojes, eran todas marcas extranjeras, suizas, alemanas, francesas, inglesas, etc. Tal vez una de las más conocidas de procedencia española, y que más tarde relojeros suizos también llegaron a fabricar,  siguiendo las orientaciones españolas, fue Kronos, iniciada en 1930 por Carlos Vendrell, perteneciente a una familia de relojeros de Barcelona.

Reig dejó su conocimiento y legado a sus hijos una vez fallecido y fue precisamente su hijo José Ángel quien siguió con gran esfuerzo el negocio familiar y continuó hasta la primera década del siglo XXI con el trabajo de la relojería y óptica.

Pasamos el testigo en estos momentos a José Ángel Reig Blasco, quien además de ser un maestro de la relojería, gracias a su tío Pedro y a su afición por el coleccionismo, inició en su momento la colección de relojes de bolsillo y otras tipologías, que a fecha de hoy es, tal vez, una de  las más importantes de propiedad privada que existe dentro de la provincia de Salamanca, por no hablar de Castilla y León.

José Ángel, bejarano de nacimiento, se formó en Béjar como tantos otros niños en las Escuelas de Dª Irene y Dª Repa para pasar después a la Academia Losada desde el año 1954 hasta 1957. Alternó las materias de mecanografía  y taquigrafía impartidas por el profesor Juan José Fernández-Espina, y francés, por Francisco Álvarez-Monteserín, en régimen nocturno y en lo que se denominaba “Perfeccionamiento Industrial Textil” en la Escuela de Maestría Industrial de Béjar, con el trabajo de aprendiz de relojero en el taller de su padre. Ya en el curso 60/61 se matriculó en Oficialía y Maestría Industrial en la especialidad de Mecánico Fresador, y terminados estos estudios, en Peritaje Industrial con resultados académicos sobresalientes. Recuerda a alguno de sus profesores de los que habla  con mucho respeto y cariño: Anselmo Blázquez, Amable García, Ricardo Álvarez-Monteserín, Valentín Domínguez, Román López Poza, Pedro Montero, etc. A mediados de  los años setenta se formó también en Madrid en la Escuela de Relojería durante varios cursos, viajando a Suiza como complemento a su formación en España.

Desde temprana edad, compagina siembre estudios y trabajo en el taller de su padre, pues éste tiene la salud cada vez más delicada, falleciendo el 7 de mayo de 1969 a los 57 años de edad. A pesar de la carga lectiva y laboral que tiene que afrontar durante años, José  Ángel finaliza también  los estudios de Óptica en Madrid en el Instituto de Óptica “Daza de Valdés”, siendo en estos momentos un centro público de investigación perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

José Ángel se casa en 1970 con  Manuela González García, natural de Rollán (Salamanca).  Estudió Magisterio y, con la oposición recién aprobada, tuvo como primer destino Aldeacipreste. Solicitó la excedencia y trabajó con su marido en tareas administrativas y de estilismo de las tiendas fundamentalmente en la etapa final hasta la jubilación de este.

Durante unos meses José Ángel fue profesor en la Escuela de Peritos Industriales. En aquellos momentos, el negocio de relojería que compartía con su hermana Julia, desde el fallecimiento de su padre, se deshace y abre nueva relojería en el número 18 de la calle Sánchez Ocaña, años más tarde en la calle Colón y por último en la Plaza de España nº 10 (siempre en la ciudad de Béjar). En esta última sede (comienzos del siglo XXI), se decanta por la óptica y deja apartada la relojería. Son años duros pues su esposa soporta una enfermedad que le obligará a estar, tanto a él como a su hija Marta, pendiente de ella.

Desde niño sus aficiones se centraron en el futbol, la gimnasia, el culturismo, tiro con arco (federado en Béjar), etc. La montaña es otra de sus pasiones, siendo de las primeras personas que practicó el esquí en la sierra de Béjar y participó en el  diseño, desarrollo y construcción de la carretera de la actual Estación de Esquí La Covatilla  junto con el Grupo Bejarano de Montaña y otros bejaranos (nombra a Jaime Carmona). Según comenta José Ángel, los comienzos de la creación de una estación de esquí en la sierra de Béjar supusieron una gran lucha y largo proceso. Los primeros contactos fueron con el  ayuntamiento de Candelario y los propietarios de los terrenos. El nivel de trabas y un sinfín de problemas motivaron  declinarse por el ayuntamiento de La Hoya quien al final dio los permisos oportunos. Se hicieron reuniones en la antigua Casa de la Cultura (en el Palacio Ducal de Béjar), y se creó la “Comisión pro-acceso a la Covatilla”. Se consiguieron subvenciones desde distintas organizaciones, hubo suscripciones de particulares en el semanario Béjar en Madrid, se hicieron participaciones de lotería, gentes de Béjar y la zona colaboraron con su esfuerzo, pico y pala… se llegaron a obtener más de un millón de las antiguas pesetas y fueron ellos , gracias a su tesón y esfuerzo, los auténticos pioneros de nuestra estación de esquí. La carretera fue inaugurada por el alcalde D. Pedro Carbajo.

 Sus primeras tablas de esquí de madera  se las proporcionó un carpintero “manitas” de Béjar, llamado Delfín, de color negro y con perfiles en rojo. Como anécdota, comenta que su padre se negó a comprárselas pues no era partidario de que su hijo practicara el esquí y además  Delfín no quería dinero sino un reloj Duward a cambio. Fue su  tío Pedro quien le ayudó con la adquisición y poco a poco José Ángel fue pagándole el reloj del intercambio. Fue la primera persona que cronometró una competición de esquí en Béjar. Estaba también muy vinculado a las “Semanas de la Juventud”, que se desarrollaban en Béjar allá por los años sesenta con los sacerdotes del momento, como  D. Antonio Muñoz, D. Carlos Muñoz… teniendo las reuniones en el convento de San Francisco de Béjar, y a los Boy Scouts, movimiento juvenil con una ideología basada en el aprendizaje de valores como la solidaridad, la ayuda mutua, el respeto, etc. Hicieron acampadas en la sierra y muchos bejaranos se identificarán con estas actividades como por ejemplo los hermanos Hernández,  Caselles,  Calzada, Rodríguez, entre otros.

Pero volvamos a la auténtica vocación y devoción de José Ángel que es la relojería y el coleccionismo.

Fue capaz de construir un reloj esqueleto, allá por los años setenta, aprovechando las ruedas de un reloj de pared fabricando las diminutas piezas  a base de segueta, lima y torno.

Lo sorprendente e interesante está en que cuenta con una de las mejores colecciones de relojes fundamentalmente de bolsillo, a la que se suman otras tipologías no menos importantes. En esta colección podemos destacar piezas de distintas procedencias y nacionalidades: suizas, francesas, alemanas, italianas, portuguesas, españolas… por citar algunas. Dentro de esta tipología se podrían hacer dos grandes clasificaciones: caballero y señora, y asociadas a ellas otras subdivisiones: de profesiones, militares, aviación, enfermería, etc. Pasaríamos a los relojes de sobremesa o chimenea (franceses normalmente) fabricados con diferentes materiales, siempre metal para la maquinaria, normalmente bronce, y mármoles y maderas para la caja u otros adornos, pudiendo estar profusamente decorados con tallas y policromía. Los denominados de pie o antesala generalmente son de madera policromada y en otros casos decorados con diversas filigranas o motivos varios en bronce, bronce dorado o plateado, según los casos. Hay muchísimas denominaciones y clasificaciones en función del fabricante y del país productor. José Ángel en los días de su jubilación ha conseguido poner en funcionamiento prácticamente la totalidad de los relojes de su colección y les sigue haciendo el mantenimiento oportuno.

Es posible que en  España tengamos grandes coleccionistas de  relojes prácticamente desconocidos.

Si nos adentramos en los museos que se dedican a este tipo de piezas históricas, destacaríamos las pertenecientes a Patrimonio Nacional con 721 relojes, catalogados entre 1583 y primeros años del siglo XX, que se encuentran repartidos por los distintos palacios y monasterios reales, principalmente en el Palacio Real de Madrid. Los monarcas españoles mostraron afición por los relojes, sobre todo  Carlos V y Felipe II, a quien se le adjudica el reloj más antiguo de la colección, en forma de candil y fabricado en Madrid en 1583 por Hans de Evalo, maestro de Bruselas. Se trata de un reloj denominado “de custodia”, en bronce dorado y labrado, con una sola aguja. Evalo fue nombrado relojero del rey el 18 de enero de 1580 según certificado de Ramiro Zabalza, secretario de Felipe II.

Otro gran relojero  fue Giovanni Torriani (natural de Cremona), llega a España en 1556 llamado por Carlos V, y fue conocido con el nombre de Juanelo Turriano. Fabricó “El Cristalino”, un reloj capaz de indicar la posición de los astros en cada momento. Gracias a este tipo de inventos, Carlos V le encargó el mantenimiento de los relojes del palacio-monasterio de Yuste, fabricando algunos y autómatas de cierta complejidad. Existe una pintura de Miguel de los Santos Jadraque y Sánchez de Ocaña (Valladolid, 5/7/1840 – Madrid, 10/1/1919) en la que aparece Carlos V con el relojero en una estancia del monasterio de Yuste, con cinco frailes dominicos observando  las evoluciones de dos autómatas. Se deben también a Torriani dos relojes de sol, uno en la fachada del monasterio y otro en el claustro.

 A Juanelo se le conoce fundamentalmente por el  invento  “El Artificio de Toledo”, capaz de subir agua del río Tajo hasta lo más alto de la ciudad.

A Amelia Aranda Huete se debe la conservación de relojes y plata de las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional. Especialista en el reloj cortesano francés e inglés y en joyería. (Información obtenida de Patrimonio Nacional)

Otro de de los museos más importantes de España lo encontramos en Jerez de la Frontera (Cádiz). Se trata del Palacio del Tiempo, que recoge el Museo de los Relojes, perteneciente a la  Fundación Andrés de Ribera y cuya directora comercial es Miriam Morales Lara.  La colección cuenta con unas 300 piezas, de las cuales unas 280 están expuestas y además pone de manifiesto las diferentes técnicas  relojeras de países como Inglaterra, Francia, Italia, Suiza, Austria y Alemania.

May Ruiz Troncoso, jerezana y licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, es quien ha inventariado gran parte del patrimonio de Jerez de la Frontera, incluida la colección de relojes del antiguo Museo de relojes de RUMASA y ha escrito el libro El Palacio del Tiempo donde quedan, perfectamente catalogadas estas piezas. El museo expone relojes desde el siglo XVII hasta el XIX, magníficas piezas fabricadas por relojeros como Lepine, Lepaute, Guydamour, Le Roy, entre otros muchos. El libro de Ruiz Troncoso nos abre otras vertientes como el estudio de los materiales, técnicas de fabricación, glosario de términos…perfecto para los profanos en la materia y con ganas de hacer una incursión en el mundo de la relojería y su trayectoria en el tiempo, por no hablar de la influencia y consecuencias del conocimiento y empleo del tiempo por parte el ser humano.

A nivel privado existe otra colección importante en Madrid de relojes perteneciente a la familia GRASSY (cuyo emblema son dos caballitos de mar enfrentados). Alexander Grassy nace en Argelia, de origen italiano y nacionalidad francesa, provenía de una familia de orfebres milaneses, que llegó a España en los años veinte del siglo pasado y se afincó en Madrid. En la actualidad esta familia sigue perteneciendo al mundo de la alta joyería y relojería. La primera tienda-taller que abrió estaba en la calle Infantas, especializándose en relojes, tema que a Alexander le apasionaba. Su seriedad en el trabajo y su honorabilidad contribuyeron a la apertura de una segunda tienda en el primer número de la Gran Vía madrileña, en un magnífico edificio construido en 1916 por el arquitecto Eladio Laredo Carranza, inmortalizado por el pintor Antonio López, donde se pueden apreciar los relojes, en la parte baja del edificio, como museo antiguo del reloj. Las visitas son exclusivamente privadas pues como diría May Ruiz Troncoso “es un rincón cargado de historia donde el tiempo se convierte en arte”.

Más próxima a Béjar se encuentra la colección de relojes del Palacio del Arzobispo  Fonseca, una recopilación de relojes populares donada a la Universidad de Salamanca por Andrés Santiago Zarzuelo en 1989. Las personas que visiten esta colección se adentrarán en el mundo de la relojería a lo largo del siglo XIX y principios del XX (de 1800 a 1925). El “Consorcio Salamanca 2002” con motivo de la celebración de la Ciudad Europea de la Cultura abrió la exhibición de  esta colección para el público en general.

A estas alturas del relato muchas personas se habrán identificado con la vida de esta familia de relojeros de Béjar, sus máquinas del tiempo, los avances y la evolución desde el primer reloj, que normalmente nos regalaban en la primera comunión, y los relojes digitales, por no hablar de los atómicos que muchos mantenemos en nuestros trabajos, empresas y tal vez en la propia muñeca. El paso del tiempo nos seguirá importando al margen de la tecnología y de la estética del reloj.

Para los asiduos a museos y centros de arte, teniendo en cuenta la escasez de museos con peso específico relacionados con el reloj y su historia, les habrá venido a la mente la posibilidad de que la colección de José Ángel Reig Blasco, así como todo tu “atelier”, mesa de relojero, herramientas , limas torno, etc. en su día pueda pasar a formar parte de alguna de las salas de los museos de Béjar, enriqueciendo el patrimonio cultural de la ciudad y recreando en ellas el “concepto tiempo” captado en las distintas tecnologías y cuantificado en los distintos soportes, fruto de la evolución, conocimiento  e imaginación del ser humano.

Desde estas líneas, invito José Ángel Reig a que madure esta idea, permita que la tradición de esta familia de relojeros perviva en el tiempo, sirva para que no caiga en el olvido y además para que las nuevas generaciones, tan obsesionadas a veces con actividades profesionales de poca enjundia y peor futuro, vean en esta profesión y su aprendizaje, además de un arte intemporal un futuro ilusionante y prometedor.

Mis mayores agradecimientos a José Ángel Reig, quien ha tenido la delicadeza de abrirme las puertas de su casa y relatarme gran parte de las vivencias profesionales y a veces personales de su familia, centradas fundamentalmente en su padre y en su propia vida, permitiendo imbuirme y aprender algo más del  mundo del control del tiempo materializado en un objeto de cierta complejidad como es el reloj.

Mi reconocimiento y agradecimiento  también a tres mujeres, autoridades en estos instantes sobre el conocimiento de las mejores colecciones de relojes que tenemos en España, May Ruiz Troncoso, Miriam Morales Lara y Amelia Aranda Huete,  por las conversaciones y la información derivadas de ellas que han permitido que este relato biográfico se haya podido enriquecer con sus conocimientos y por  sus ánimos para trabajar y conseguir que esta colección forme parte, en un futuro, de las importantes colecciones nacionales de relojes en espacios museísticos de España. Gracias.


[1] Miembro de la ejecutiva socialista bejarana,  murió tempranamente a los 45 años por arma de fuego  en la contienda nacional, el 2 de septiembre de 1936, en el término del Puente Congosto.