Plasencia, a 25 de diciembre de 2021.

Estamos viviendo momentos de gran importancia dentro de lo que será el continente europeo los próximos años. Un espacio en el que hemos sabido construir tiempos de progreso y solidaridad, algo que no debemos olvidar.
Casi siempre que aparecen riesgos sociales compuestos por discursos de odio, además de combatirlos con diálogo, consenso y acuerdos de calado, tenemos que mirarnos para adentro y hurgar en los errores cometidos.
No se trata de lanzar las campanas al vuelo con miradas retrospectivas, pero sí visibilizar, exponer y plasmar de forma crítica, cuestiones que aportan altas dosis de tragedia a nuestra vida cotidiana.
En España, por ejemplo, el patriarcado y sus consecuencias más bárbaras, asesinaron en 18 años -desde que se registran los números del terror machista- más que la banda terrorista ETA -que no movimiento de liberación vasco- en cinco décadas.
Días después del 25 de noviembre, fecha marcada a fuego dentro de la agenda feminista, asistí a la Asamblea Plenaria de la Conferencia de Asambleas Legislativas de Europa (CALRE) y comprobé, una vez más, la testimonial presencia de mujeres.
Lejos de ser una cuestión cosmética y formal, la presencia igualitaria en los espacios decisivos para la convivencia continental, deben ser obligatorios porque desde la ejemplaridad, y no desde las consignas, seremos capaces de vencer los tentáculos del odio por sexo, orientación, raza, credo o ideología.
Cada vez que nos presentamos ante la sociedad con incongruencias entre lo dicho y lo hecho, entre lo mostrado y pretendido, lo único que conseguimos es dar razones a los nostálgicos de la dictadura 2.0, a los que hacen de la mentira su estercolero en donde derramar la misoginia que aún campa entre nosotros.
No podemos ni debemos relajarnos. Estamos obligadas a seguir reivindicando igualdad en todos los aspectos de la vida. Es inaceptable exponernos en mesas de debate, en fotos de familia o en presentaciones, sin presencia femenina.
La agenda feminista ha de plasmar sus exigencias en las cuotas, en la educación y en el tratamiento intransigente de una plaga que, repito, asesinó más que el terrorismo.