Rosa Sánchez de la Vega

Allí estaba haciendo el mismo recorrido de cada día, de vuelta a casa después del trabajo, el mismo paisaje, las mismas cosas. Los semáforos en rojo que le ordenan que pare, y mientras espera a que cambie a verde para seguir su recorrido, piensa con desgana y desánimo en llegar a casa; el mismo tedio, la misma desidia, la misma ignorancia de quien parece que al final del día le está esperando.
Igual que cada tarde a la misma hora, parado en el final de la rampa, mira en ese tiempo interminable a cada lado o al frente, desde la cima, aquella casa derruida; la contempla, sin prisa, sin ganas de que la luz se torne verde y tenga que salir de esa especie de refugio que le aporta tanta paz, busca en la profundidad de aquella ventana abierta una señal, alguien que se asome con la vana esperanza de sentirse comprendido; necesita una razón para no asesinarse. Pero no hay nada diferente al resto de los días, ningún cambio en la fachada, ni en el tejado, el mismo vacío en lo que queda de los quicios de las ventanas, donde ni los pájaros se posan, ni se aman, ni anidan. Una casa muerta, un conductor vacío.
El semáforo ha cambiado a verde pero él, sigue absorto, cautivado por aquella casa; el tráfico arranca y escucha sonidos lejanos, ajenos a sus oídos, los pitidos inequívocos del claxon de aquellos conductores cansados, con ganas de volver a su rutina. Suspira y acelera, ha de continuar, pero antes echa un último vistazo a su casa, a su confesionario y…un frenazo. El claxon del coche que va detrás no para de sonar, le ha dado; seguro que le ha abollado todo el maletero, levanta la cabeza y mira por el retrovisor: un humo blanco sale del capó y camufla los gestos del conductor que se ha golpeado contra su coche. Las pitadas se multiplican al tiempo que se forma un caos en ambas direcciones; unos porque no pueden continuar su marcha; otros porque contemplan desde la otra dirección el golpe. Insultos de todas partes increpan al conductor que sigue ocupando su sitio, inmóvil, incomprendido. Mudo. Le observan, le escudriñan: tal vez esté inconsciente, sin embargo les sorprende una sonrisa dibujada en su rostro. En su casa derruida, en aquella terraza; sujeta por dos pinzas, una toalla pende de una de las cuerdas. Hoy volverá a casa, feliz y esperanzador. La vida ha vuelto.