Los horticultores saben sacar el beneficio máximo de la asociación de los cultivos, conocen que hay plantas que se benefician si se cultivan junto a otras. Saben, por ejemplo, que las lechugas se pueden asociar con prácticamente la totalidad de los cultivos, pero no el pimiento. Dominan la rotación de los cultivos para sacar la potencialidad generadora de nitrógeno de las leguminosas y aprovechan las propiedades de otras como la albahaca que repele los pulgones y la mosca blanca o del tagete que repele insectos y nemátodos perjudiciales para los cultivos.
Pero la experiencia demuestra que hay asociaciones de cultivos que muestran reacciones alelopáticas que limitan e impiden el crecimiento de otros cultivos si se plantan juntas, por tanto, no todas las asociaciones son beneficiosas, como en el caso de las leguminosas con las del género Allium.
La política debería ser buscar a través de la palabra el acuerdo, el consenso, sumar, asociarse para mejorar la vida de la ciudadanía, que así lo está deseando, que así lo espera para que la sociedad avance, para que los derechos y los servicios públicos sigan avanzando, para conseguir mayores cotas de libertad, prosperidad y de igualdad.
Al parecer, en la actualidad, la moda es buscar la alelopatía negativa, hay partidos y líderes políticos que únicamente se encuentran cómodos en la confrontación, el disenso y la discrepancia puntúan más y tienen mayor impacto mediático que el tono conciliador, el que busca acuerdos y pactos.
Todos debemos ser portavoces de la verdad, de la política del acuerdo y de la negociación para mejorar la calidad de vida de la ciudadanía que así lo verbaliza cuando se le consulta, aunque en ocasiones también participa de esa confrontación y radicalización en los mensajes, llevados por actualidad y por la simplificación de la resolución de los problemas, por soluciones líquidas en lugar de sólidas, por encontrar los grises que ayuden en la búsqueda de las soluciones.
Cuando en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, fue cuestionado por Fernando de los Ríos sobre dónde estaba la libertad en la dictadura del proletariado instaurada tras la revolución de octubre de 1917, Lenin le contestó ¿libertad para qué? Y Fernando de los Ríos afirmó, libertad para ser libres. Libertad para poder defender cualquier idea dentro de la legalidad, dentro de los valores democráticos.
La libertad es fundamental en la democracia, pero la libertad no puede justificar comportamientos de odio, violencia y xenofobia, ya sea de ensalzamiento al terrorismo, al nazismo o la violencia callejera injustificada que no respeta ni lo público ni los escaparates ni los árboles de las ciudades que nos protegen de la contaminación y nos oxigenan nuestros pulmones.
Quizá falte potenciar la materia escolar de educación para la ciudadanía, tan denostada por la derecha, donde los valores éticos, de igualdad y libertad, nos permitieran no solo ser más libres, sino también ser más honestos, más humildes y mejores ciudadanos.
Para desterrar todas las manifestaciones fanáticas, fascistas, radicales, ya sea en los cementerios o en las avenidas públicas.
Quizá también estaría bien educar en las escuelas sobre la importancia de luchar contra esas expresiones y manifestaciones que ensalzan el nazismo e irradian odio, leyendo a autores como Bertolt Brecht, para entender que ante el nazismo no se puede ser indiferente y para recordar que las convicciones son esperanzas.
Por ello debemos luchar todos los días, como él afirmaba, para poder ser imprescindibles.