Rosa Sánchez de la Vega

Juliet no podía asimilar su pérdida y aún dormida aunque se moviera en sueños, guardaba su sitio, su espacio vacío. No conseguía olvidarle, porque tampoco quería hacerlo. Aquella mañana de abril; él, simplemente desapareció. Su olor siguió suspendido en la casa, entre las sábanas. Su taza de desayuno esperó humeante toda la mañana, mientras la música de jazz sonaba una y otra vez sin agotarse, como si con ello pudiera rescatarle. Esa que siempre había sonado en los momentos más importantes de sus vidas. “April en Paris”.
Durante mucho tiempo esperó convencida de que volvería.
-Los recuerdos te están matando- Le decía Pilar su amiga al otro lado del teléfono.
-Cambia de vida, pasa, vete y termina las páginas de esta historia.
Y Juliet aquella noche de sueño intranquilo, de añoranzas hierentes de sudores fríos y de rabia, comprendió que ese lado de la cama solitario, no iba a cambiar.
La maleta preparada en la puerta esperaba paciente a su dueña, la cerró tras de si. El taxi esperaba puntual en la calle.
-Buenos días señorita.
-Buenos días-Contestó con desgana.
Una vez sentada en el coche y cuando estaba a punto de arrancar, Juliet pidió al taxista que esperase un minuto. Ella escribió una pequeña nota y la dejó pegada en la puerta:
-Llámame aunque no sea abril.
La lluvia golpeaba incesante el duro cristal de la ventana, despertando a Juliet. La primavera había venido con agua, y sol, pero en las dos últimas semanas no paraba de llover. El agua caldeada de la ducha caía sin tregua sobre su espalda enrojecida, el vapor enturbiaba el baño en una neblina de humedad irrespirable, Juliet no era consciente del tiempo que llevaba bajo la ducha, su cuerpo había empezado a tiritar, necesitaba el abrazo de la toalla.
Cambiar de ciudad no le había servido de mucho. A decir verdad, no le había servido de nada. Ella seguía añorándole.
Le gustaba ir camino del trabajo a pie y respirar ese aire húmedo de las calles de Paris. Pero hoy debía coger el metro, era tarde y la lluvia arreciaba.
El tren estaba lleno de gente empapada. Una mezcla de sudor, humedad y perfume hacían el recorrido irrespirable. A Juliet aún le quedaban varias estaciones para llegar. Se sentía abatida, las gotas de lluvia sobre su ropa le hacían sentirse más pesada.
Por fin, Juliet accionó el botón para que se abrieran las puertas del metro. En ese instante en el que los viajeros salen y los nuevos entran, justo cuando ella levantaba el pie para salvar el hueco entre vagón y andén, escucha una música lejana que le alborota los instintos. Como un animal que olfatea en busca de su presa, Juliet acelera nerviosa el paso, un saxo suena en los pasillos y está tocando su canción “April en Paris”. Corre ansiosa por encontrar el origen de la música. Gira la cabeza y casi sin aliento contempla a un hombre tocando esa preciosa música. Ella se deja caer de rodillas sobre las húmedas baldosas y se cubre la cara con las manos. Si es un sueño no quiere despertarse; el músico ha terminado la canción y camina hacia ella para levantarla; al hacerlo le susurra al oído.
-Juliet he vuelto, y sigue siendo abril.