La innovación tecnológica avanza a pasos agigantados. Casi tanto como la estupidez humana. Uno de los hombres más poderosos del planeta y quien fuera fundador de la multinacional Microsoft, propone en su libro “Cómo evitar un desastre climático”, que en un horizonte de 10 años, los países ricos deberían comer carne 100% sintética para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y por tanto, minimizar el calentamiento global del planeta e impedir “un desastre ambiental irreversible”.
Este plan, que pudiera parecer sacado de una película de ciencia ficción de los años ochenta, se divulga con total normalidad en los medios de comunicación, olvidando las terribles consecuencias que se derivarían sobre aquellos profesionales y ganaderos que se integran en el sector de la producción cárnica en su más amplio sentido.
Pretender echarle la culpa de la salud del planeta al ganado vacuno y sus flatulencias, sin hacer un análisis exhaustivo sobre los focos de emisión de los países más industrializados y superpoblados, origen verdadero del problema, es poco menos que un insulto a la inteligencia de quienes dedican su tiempo a trabajar en las distintas áreas del sector cárnico.
En Extremadura pastan cerca de 400.000 cabezas reproductoras de ganado vacuno. Una disminución de este número, por pequeño que fuera, provocaría un enorme desequilibrio en la sostenibilidad de nuestro medio rural, así como cuantiosos daños en la economía de una región que contribuye a la cadena alimentaria mundial a través de un sello de calidad inigualable.
Pero esta reciente noticia, sin embargo, no supone ninguna novedad para el sector ganadero y de la industria agroalimentaria. Hace poco más de un año, un informe suscrito por varios expertos de la ONU, instaba a cambiar los hábitos alimenticios de la humanidad para combatir los efectos del cambio climático, optimizando el consumo de alimentos, reduciendo el desperdicio que se genera y empleando a la vez, dietas compuestas de alimentos procedentes de fuentes más sostenibles que las derivadas del consumo de carne.
Algo similar le ha ocurrido al jamón ibérico en estos días, como consecuencia de la próxima implantación del denominado “semáforo nutricional” que adoptará el Ministerio de Consumo a finales del presente 2021, con el objetivo de que los consumidores identifiquen a simple vista la aptitud saludable de los alimentos que se exponen en el lineal del supermercado.
Este sistema de etiquetado nutricional, conocido como NutriScore, establece un semáforo de colores que asocia el verde con los alimentos más saludables y el rojo con los menos saludables, entre los que a priori y si las protestas del sector no surten efecto, se encontraría el jamón ibérico.
El jamón ibérico es una de las joyas más claras de la excelsa y reputada gastronomía extremeña. Procede del cerdo ibérico que se alimenta diariamente y en montanera, de unos 10 kg de bellotas maduras recién caídas del árbol y que mezcla con la frescura de la hierba que crece bajo los encinares de Extremadura.
La bellota de nuestras dehesas, además de tratarse de un alimento ecológico, natural y nutritivo, proporciona buenos aromas a la carne del ibérico y aporta, gracias a su alto contenido en ácido oleico, enormes beneficios a la tensión arterial y a la disminución del colesterol en sangre.
Avanzar en la gestión del compostaje y optimizar el tratamiento de residuos orgánicos procedentes de los restos alimenticios, debería ser un objetivo prioritario para quienes establecen las recomendaciones del planeta, en lugar de ordenar una dieta saludable a sus habitantes, sin pensar de antemano, en las verdaderas consecuencias para la población que vive de ello en factorías y núcleos rurales.
El 90 % de los agricultores europeos tiene más de 40 años y la población se concentra cada vez más en el entorno de las grandes ciudades, condenando al campo y sus pueblos a un abandono progresivo de su ocupación y por tanto de sus actividades asociadas, como es el caso de la ganadería.
Inviertan su tiempo y su talento en generar energía y recursos procedentes de los residuos orgánicos que se generan y dejen de imaginar para nosotros aquel planeta perfecto en el que se alimenta a la humanidad con filetes de plástico recién sacados de la impresora.