Por Pepe Blanco

¡La vida es nada, absolutamente nada ! ¡Amigo Juan, nos has dejado por culpa de esta maldita pandemia, Covid-19, que asola a nuestra querida España y a todo el mundo!
¡Querido amigo! Nos conocimos en la Biblioteca Pública de Moratalaz, donde tú ibas todos los fines de semana para recoger “eso” que tú decías, ese trocito de tu querida tierra de Extremadura. Me decías que no podías visitar tu querida tierra, porque ya jubilado la vida te dio una nueva obligación: empezar de nuevo a ser padre, abuelo, amigo; ya que , en el año 2007, te hiciste cargo de tus dos nietos, de seis y once años. Viviste, cuando te casaste, en el Puente de Vallecas, donde el mundo de las drogas funcionaba con total impunidad. Y tu hijo y nuera murieron y, como consecuencia, te tuviste que quedar con sus dos hijos.
Naciste en un pueblo del norte de Cáceres, que no queréis que se miente. Tú y tu mujer, también extremeña, daríais para escribir muchos libros. Cuento únicamente lo que tú siempre me dijiste, que es simplemente una pincelada de tu vida. Siempre me decías que dejaste tu tierra, a la que amabas de corazón, porque te negó lo que en Madrid te dieron: ¡Trabajo! ¡Trabajo, igual que a miles de paisanos!
Naciste en 1939. Siempre me dijiste que, con ocho años, tenías que ir a trabajar al campo y cuidar cerdos y ovejas de la gente rica del pueblo a la que llamabais “los señores” o “amos”. Me decías que en alguna ocasión hacías “de perro”, espantando perdices, para que los señores las cazaran sentados. “Nunca olvidaré a mi madre llorando, porque algunos días no podía poner el puchero. Mi padre no podía trabajar, siempre le conocí sentado enfermo y murió muy joven. Por esta razón mi madre y yo trabajábamos día y noche en casa de los amos. Yo nunca fui a la escuela, pero recuerdo que en 1947 vino al pueblo un maestro. Este buen hombre se dedicó a recoger libros por donde podía e hizo una biblioteca en un local del pueblo, donde nos alumbrábamos con velas y un candil de aceite. Yo tenía tantas ganas de saber leer y escribir, que, cuando dejaba el campo, corría para aprender. Este maestro siempre nos decía: ‘Hay que saber, porque es la manera de dejar el trabajo tan duro del campo y no ser esclavo a los ocho años’.


Pero la alegría nos duró poco. Un buen día estábamos tan contentos con el maestro y, de pronto, se presentó el señor del traje blanco y bastón. El mismo que se paseaba por la plaza del pueblo. Yo le recuerdo. Dicen que durante la “guerra incivil “era el que mandaba y, después, siguió mandando muchos años más.
¡Qué te parece qué hizo, cuando fue a la pequeña biblioteca! Nos mandó ponernos firmes a todos, incluido al maestro. Nos dijo que sacáramos los libros a la calle y nos los quemó. Recuerdo lo que nos dijo, dirigiéndose con muchas voces al maestro: ‘Aquí no necesitamos que los niños sepan leer y escribir; lo que queremos son braceros, que trabajen nuestros campos y cuiden de nuestro ganado’.
Cuando cumplí dieciséis años, me marché a Madrid. Siempre trabajé en un almacén de hierros. Por mis manos han pasado millones de toneladas de ese material. Así, a los sesenta y un años terminé inválido, con una pensión de 1.079 euros, con la que tenía que hacer el milagro con los nietos mayorcitos sin trabajo .Y ahora la abuela a tirar para adelante no con 1.079 euros, sino con 600.”
Me decía el amigo Juan, poco antes de morir: » Tengo a mi querida Extremadura en el corazón, pero lo primero son mis nietos, con mi pensión no pueden hacer milagros”.
Me manda esta carta su nieto Miguel: “Querido abuelo, te vas cuando mejor estabas. No echo la culpa a nadie, pero, quizás, por no tener un respirador a tiempo… tú, que fuiste uno de los que levantaron la España que hoy disfrutamos otros. Nunca te olvidaré, porque tú que fuiste todo en mi vida, mi padre, mi abuelo, nos dejas ahora a mí, a mi hermano y a la abuela por culpa de este maldito mal. Nos dejas con el ALMA ROTA…