En los últimos años, las relaciones laborales han involucionado en el mundo entero. Cuando el capitalismo más feroz se apropia de las reglas de juego, su única finalidad es la de obtener el mayor beneficio en demérito de los derechos de las y los trabajadores.
Quizás, aunque parezca que sí, hay una retórica no está tan demodé como podría creerse, porque el encontronazo entre las fuerzas del trabajo y el trabajo mismo es cotidiano y visible. Seguimos haciendo de la precarización nuestra herramienta de competitividad, ignorando o queriendo ignorar que precarizar a la sociedad es cerrarle las puertas del conocimiento y una sociedad sin conocimiento devendrá en una isla pauperizada e incapaz de generar riqueza para su entorno más próximo.
Por tanto, la vieja Europa que exprimió lo que le quedaba de sociedad injusta y desigual a medida que se fue creando como un todo, tiene delante de sí y pasando a toda velocidad, retos que, de no responder ante ellos pueden explotar en forma de crisis incontrolables y concatenadas que acaben con aquello que tanto nos gusta repetir como un eslogan de verdad absoluta: “60 años de paz”.
El populismo de izquierdas y el fascismo -que siempre fue populista y de derechas-, surgen como encíclicas virtuosas que por arte de magia esperan remediar entre antagonismos falaces los problemas que tenemos delante de nuestras narices.
Jamás, en toda la historia de la humanidad, salió nada constructivo del antagonismo dialéctico. Sólo el odio, la muerte y el rencor han hecho del blanco y negro el caldo de cultivo de cualquier mesiánico de turno. Y debemos decir que no, aquí, hoy y siempre, encontrando las fórmulas que nos permitan oponernos a la barbarie de las diferencias en un mundo que se cosifica día a día y que no tiene preparada ninguna red de contención para quienes se caigan del sistema.
En definitiva, “la fragilidad de nuestra interdependencia puede permanecer si no somos capaces de establecer un marco cooperativo de gestión de la economía global, a través no solo de grandes instituciones económicas internacionales (como el G20, que reúne a las 20 principales economías desarrolladas y emergentes, o el Fondo Monetario Internacional), sino con el establecimiento de verdaderos regimenes que permitan mitigar los riesgos de nuevos desequilibrios y las nuevas amenazas emergentes” (España 2030, gobernar el futuro, José Moisés Martín Carretero, Deusto, 2016).
¿Queda claro, verdad? O humanizamos el futuro, al que en muchos casos llegaremos tarde, o seremos víctimas de lo que fuimos incapaces de comprender ahora. Depende de nosotros. Cuando el trabajo no significa progreso es esclavitud encubierta.