Hervás, 2 de octubre de 2021.

Por ROSA SÁNCHEZ DE LA VEGA.

Aquella mujer viajaba con dos macetas como si fueran sus mascotas; unas flores que se abrían a la luz del sol, y se cerraban en un puño por la noche. Desde que aquellas plantas llegaron a casa siempre habían viajado con ella. Al principio era un tema de discusión cada vez que iban a pasar las vacaciones al pueblo, o a la playa.
Su marido no entendía por qué no podía dejarlas en casa sobre un cubo o un barreño con agua como hacía la mayoría cuando se ausentaba varios días. Otro de los recursos era dejarle las llaves a alguien de confianza para que se pasara de vez en cuando a regarlas; pero esta última solución no era del gusto del esposo.
A ella le gustaba tanto la playa como el campo, y después de que su marido falleciera y sus hijos se fueran marchando, seguía viajando aun con algunas dificultades. El taxista que la llevaba a la estación no paraba de protestar durante el trayecto porque poner plantas en los asientos de su coche no parecía lo más apropiado; eso, si no daba con algún conductor que argumentase padecer alergia a las flores y entonces tenía que esperar a otro taxi.
En el tren tuvo que meterlas en una bolsa y taparlas con un echarpe para que nadie supiera realmente lo que llevaba, destapándolas después para que no sufrieran agobio ni asfixia. Eso mismo hizo en el autobús aunque el conductor decía que el equipaje de mano había que dejarlo bajo el asiento o en la bandeja encima de las cabezas, pero en ninguno de los sitios podía ser sin correr el riesgo de que se troncharan; así que, como pudo, las puso entre sus piernas y de vez en cuando abría la bolsa para que pudieran respirar.
La belleza de su color y ese cambio de abrirse y cerrarse ofrecían a su dueña una sensación muy agradable, y al igual que sus flores, vivir esos cambios de abrir y cerrar pétalos, y ojos como si durmiesen y despertasen al compás de ella, la hacían sentirse viva. Eso era lo que les decía a sus vecinas cuando se ofrecían a cuidárselas durante el tiempo que duraban sus viajes y ella se negaba, aunque suponían mucho más que eso porque eran los únicos seres vivos que no la habían abandonado.
El problema surgió cuando Margarita —que para más sorna era como se llamaba—, tenía que emprender un vuelo, un viaje que no podía posponer porque de hacerlo no podría volver a ver a su familiar. Eso era lo que le decía a la azafata cuando, justo antes de embarcar, trató de convencerla para que se las diera a su cuidado porque no podían viajar en el asiento con ella, a fin de cuentas solo eran unas flores, una de las muchas que había en todas partes; la trataba de trastornada cuando la anciana mujer argumentaba que no harían ruido, ni se harían pis, ni ninguna otra cosa. Solo iba a llevarlas sobre sus rodillas porque eran parte de sí misma.
La azafata no dejaba de mirar hacia el resto de los pasajeros que aún quedaban por embarcar, pendiente de algún familiar, amigo o acompañante de Margarita, pero no había nadie que se fijara en ella, solo en las dos manos de la abuela ocupadas con aquellas dos macetas cuyas flores se habían cerrado de golpe, tal vez por la falta de luz, o porque, como decía la anciana, estaban asustadas y con miedo a que las separasen de su dueña.
—Mire señorita, no llevo ningún otro equipaje; salvo mi bolso donde cabe mi neceser con unas cuantas mudas, y un conjunto de vestido y zapatos de repuesto. A donde voy no necesito nada más. Solo mis plantas, por favor haga usted la vista gorda y deje que viaje con ellas. Ya que he llegado hasta aquí.
Era la primera vez que Margarita iba a volar, y no sabía que sus plantas tenían que pasar por aquella especie de resonancia que era lo más parecido a lo que ella había sufrido cuando le dolían tanto los huesos. El caso es que al pasarlas por el escáner el guardia miró sorprendido a la cámara y llamó al policía al tiempo que ella pasaba por el arco de seguridad y saltaban todas las alarmas. A la pobre Margarita casi le da un infarto; no podía creer que aquella especie de marco sin puerta pudiera hacer tanto ruido.
Después de contestar a unas preguntas y comprender que sus prótesis de cadera y rodilla eran el motivo de tanta alarma, una señorita muy amable le indicó que tenía que meter las plantas en una caja, no sin antes haberlas envuelto en un plástico con burbujas, y hacerle unos agujeros para que pudieran respirar durante el trayecto.
Mientras Margarita escuchaba convencida de que era imposible conseguir todo aquello, el último aviso para los viajeros de su vuelo se anunciaba por el altavoz y los paneles electrónicos.
La joven azafata debió entender que la pobre mujer iba a perder el vuelo y sin mediar palabra, la miró, pidiéndole que fuera cómplice de lo que iba hacer, metiendo las plantas en la bolsa y tapándolas con un pañuelo colorido que Margarita llevaba puesto al cuello.
Junto a la puerta de emergencia viajaba una mujer ocupando su asiento con el cinturón bien abrochado, y la ventanilla subida para que las flores recibieran la luz suficiente hasta que llegase la noche porque el viaje era largo.
Pocos días después, su hija lloraba a los pies de la cama sujetando en su mano una nota que Margarita le había dado al llegar.
Ella había dejado dispuesto que, a su muerte, que sabía cercana, colocaran en su tumba las dos plantas; las únicas que no la habían abandonado jamás. Ellas seguirían abriéndose con los primeros rayos de sol y se cerrarían en cada ocaso.
Fuera, en el jardín, las flores germinan en sus macetas; junto a ellas Margarita descansa en paz.