Enrique Julián Fuentes.

Ingeniero Técnico Forestal. Ex-director General de Medio Ambiente de Extremadura

Entre el 2 y el 13 de diciembre próximos, tras desestimarse la propuesta inicial de Chile y como consecuencia de la inestabilidad que se está viviendo en estos días en el país andino, se celebrará en Madrid la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2019 (COP 25).
Una cumbre mundial, que abordará uno de los mayores desafíos de la sociedad actual y que pretende explorar y poner en práctica nuevas vías de lucha frente al cambio climático.


No voy a valorar los efectos y consecuencias del calentamiento global del planeta, donde es cierto que, de un tiempo a esta parte se aprecian inviernos más cortos y veranos cada vez más largos; tampoco si estos cambios son fruto o resultado de la acción negligente y dolosa del hombre, pues para eso ya están los científicos, quienes fruto de su dedicación emiten conclusiones con conocimiento de causa. Sin embargo, sí me atrevo a decir que la lucha por la defensa del medio ambiente, comienza en las acciones cotidianas del día a día y con la forma de proceder de cada uno de los habitantes del planeta Tierra.
Una buena educación y respeto por el entorno que nos rodea, ayuda a disminuir los efectos nocivos sobre el medio. En cada hogar, en cada negocio, en cada aula de educación infantil o universitaria, en cada edificio de titularidad pública o privada, en cada explotación agrícola o ganadera y por supuesto, en cada acción ejemplarizante de cualquier responsable político del mundo, se encuentra la semilla de la lucha contra el cambio climático.
En los últimos meses y desde distintos estamentos, se ha tratado de adoctrinar en cuestiones como eludir los viajes y vacaciones empleando el avión, así como reducir el consumo de carne de vacuno sin pararse a pensar en las consecuencias derivadas sobre las regiones productoras.
Sin embargo, poco se ha escuchado desde esos mismos estamentos, sobre la necesidad de implementar medidas efectivas desde los distintos gobiernos y administraciones públicas, que fomenten de una vez el uso eficaz de energías alternativas procedentes de fuentes renovables como por ejemplo la biomasa forestal. Tampoco hemos escuchado planes de ejecución de nuevas repoblaciones forestales o plantaciones de frutales en cultivos abandonados, que ejerzan de sumidero de CO2 o, por citar otro ejemplo, acciones que aumenten el presupuesto en la restauración de cuencas hidrográficas que ejerzan de contención frente a futuras y previsibles avenidas, acciones todas ellas relacionadas íntimamente con la generación de empleo estable en los núcleos rurales, donde todo sea dicho, se extiende sin remedio la despoblación. Otro de los grandes desafíos del Siglo XXI.
Tampoco se ha potenciado públicamente la idea de reciclar en los hogares, o mejor dicho, de separar componentes para que el reciclaje resulte más efectivo, cuando, por citar algún ejemplo, aún el 40% de los residuos que se depositan en el contenedor amarillo de envases ligeros, está formado por elementos impropios.
No hay mejor arma que una buena educación para proteger el medio ambiente y por tanto, mitigar los efectos del cambio climático. Una educación ambiental instruida desde la infancia a través de los profesores en los colegios y por los padres en los hogares. Una educación que incida en el consumo responsable, la austeridad y el ahorro de recursos naturales, el reciclaje de residuos o algo tan poco frecuente como es la correcta utilización de las papeleras de los espacios públicos.
Luchar contra el cambio climático no es sólo la obligación de unos pocos, sino el compromiso, coordinación y cumplimiento de las más de 7.000 millones de personas que viven en la Tierra y que incluye por supuesto, a los habitantes de unos pocos países en evidente crecimiento y que aglutinan al 50 % de la población total del planeta.
Viajar por el mundo abre la mente y aporta conocimientos y mayor cultura. Sobre todo, para entender y afrontar como se merece, los grandes desafíos de nuestro presente.