Rosa Sánchez de la Vega

El verano había concluido según el calendario pero, el calor seguía siendo asfixiante. Las calles no llegaban a enfriarse con la caída del sol, y al amanecer volvía el acuciante bochorno sin dar un pequeño respiro. La suciedad del callejón era latente y el hedor de los cubos de basura insoportable. Sin embargo aquellos niños de ninguna parte dormían profundamente cada noche y parte del día, vencidos por el calor contaminado, el cansancio del abandono y el hambre.


Los gatos daban buen repaso a la basura sin hacer ruido. Habían establecido algunas reglas en las que imperaba ser silenciosos. No querían compartir nada con aquellos pobres chicos.


Un código sin habla, pero entendiendo bien cuál era.


Un fuerte trueno hizo retumbar la callejuela, los gatos corrieron despavoridos en busca de refugio. Al instante la lluvia arreciaba con fuerza y un relámpago iluminó con un fogonazo el cielo. Algunos vagabundos se levantaron maldiciendo a los rayos y truenos que atronaban su etílica modorra. El cartones (así lo llamaban porque siempre cargaba con ellos para venderlos) se protegía bajo una caja de cartón que para más sorna tenía inscrito “bañera”. El tripero, sin amedrentarse por la fuerte tormenta, aprovechó la huida de los gatos para rebuscar ansioso entre la basura. El dientes, condenaba cada resplandor y cada estruendo encolerizado. El botas agitaba al turco que parecía no enterarse del aguacero.


El turco había llegado de los últimos huyendo de todo y buscando un sitio donde esconder su vida. Para ganarse un trozo de suelo donde, dejar caer su cuerpo tuvo que traer comida y alcohol durante dos semanas, para todo el grupo.


-!Despierta turco¡


-Hace días que no traes nada de comer.


-!Despierta cabrón¡


-¿Qué te has bufado esta vez?


-Hostia turco, te has pasado con el pegamento.


El botas (se había convertido en el líder una noche de peleas, en las que tuvo que asestar una buena paliza), zarandeaba al turco tendido boca abajo sobre el empedrado encharcado.


-Que te den turco.


El botas le dio una patada harto de agitarle para que se levantara. Estaba empapado hasta los huesos y era tiempo ya de guarecerse.
El dientes había contemplado la escena refugiado y muerto de miedo por la tormenta. Pero viendo que el turco estaba drogado hasta arriba, se sintió tentado a quitarle lo que pudiera llevar en los bolsillos sobre todo, una navaja con la que conseguía amedrentarlos cuando aparecía después, de esnifarse todo cuanto pudiera colocarle.


Salió corriendo de su escondrijo aprovechando que, el botas por fin se alejaba para ponerse a cubierto y se lanzó a registrarle entre la ropa.
-Cago en la puta, el turco tiene sangre.-


-!Cabrones¡


-Que el turco chorrea sangreeeeee. -Gritaba al tiempo que movía la cabeza de un lado a otro buscando ayuda.


El botas fue el primero en salir de su guarida, a fin de cuentas estaba empapado y acababa de increpar al turco para que se levantase.


-¿Que cojones has hecho dientes?-


El dientes asustado se volvió hacia él alzando las manos y dejando caer la navaja que acaba de robarle al turco.


-Yo no he hecho nada botas, te lo juro por mis muertos.


Al dientes no le dio tiempo a decir nada más. El botas le había asestado un fuerte puñetazo y estaba en el suelo noqueado. Le había roto la nariz.
Los demás habían contemplado la escena sin ninguna intención, de salir de su refugio y mucho menos meterse en medio de lo que se presentía una dura refriega.


El aguacero continuaba cayendo con fuerza en el callejón. El turco tenía un horrible costurón que recorría parte de su abdomen. Lo habían cosido de mala manera, la sangre brotaba de la herida al tiempo que las gotas de lluvia limpiaban el rastro.. Lo giró no sin gran esfuerzo, el turco tenía los ojos abiertos, quizás asustado por la tormenta justo antes de morir, quizás llevándose la última visión del oscuro cielo. Estaba muerto, sus ojos no se cerraban a pesar de la lluvia.


El botas había dejado de gritar e increpar al turco para que despertase de su colocón como tantas otras veces. Ahora permanecía contemplando a su colega tirado en el suelo sobre un charco de agua, barro y sangre.

Algunos de los vagabundos más mayores habían hecho un circulo alrededor de ellos dos, en un completo silencio.


El dientes seguía inconsciente, un reguero de sangre salía de su nariz.
Era invierno y el número de mendigos que se congregaban en la callejuela se multiplicaba. Por el angosto callizo recorrían los olores que salían de las cocinas; fritangas de aceites recalentados una y otra vez. Los gases de la calefacción se concentraban en la callejuela y hacía menos fría la noche.


El botas, el dientes, el tripero y el cartones seguían ocupando su espacio e intentaban sobrevivir cada día. Después de lo del turco, habían hecho piña. Eran conscientes de que cualquier noche podían correr la misma suerte que el turco y ser saqueado con lo único que de verdad poseen. Su propio cuerpo.


Por encima del callejón al otro lado de la calle, en uno de los lujosos edificios, alguien se toca una marca profunda desde el riñón hacia el abdomen.


-Mi cicatriz se resiente, hoy va a cambiar el tiempo.