Uno de los anfibios que pasa más desapercibido, quizás por sus tonalidades poco llamativas y una biología no tan divulgada es el gallipato, también conocido en Extremadura como “marrajo”. Si es relativamente conocido se debe a que no es infrecuente que se enganche en los cebos de pesca y a que se le pueda ver con cierta frecuencia cerca de las masas de agua, pozos y lodazales.
Estos animales urodelos presentan un cuerpo alargado, aplastado y con cola; a diferencia de los más conocidos anfibios (ranas y sapos). Para hacernos una idea, son muy parecidos a salamandras y tritones pero menos llamativos y de talla más grandes (hasta 30 cm de largo). Presentan un color grisáceo dominante con verrugas oscuras y pintas anaranjadas en los costados del cuerpo.
Durante su ciclo vital activo (otoño, invierno y primavera) realiza las funciones de alimentación y reproducción permaneciendo oculto durante el verano bajo piedras o enterrado. La hembra puede llegar a dejar una puesta de más de mil huevos de los que surgen individuos larvarios que permanecerán en este estado durante 3 meses hasta llegar a adulto. Se han observado algunos individuos pedomórficos, es decir, aquellos que en estado adulto presentan branquias cuando deberían presentar únicamente pulmones. Se alimentan principalmente de otros seres vivos invertebrados, incluso durante su periodo larvario.


Una cuestión que me ha parecido importante comentar es que se trata de una especie casi endémica de la península ibérica, hallándose tan solo fuera de ella en la punta norte de África, principalmente en Marruecos.
Recuerdo escuchar que estos animales eran muy tóxicos y sospechaba, como en otros casos, que se exageraba dicha toxicidad. Siempre pensé que estás afirmaciones resultarían, en un estudio objetivo, algo más leves, como suelen demostrar la mayoría de anfibios ibéricos en su piel; que presenta una mucosa tóxica pero simplemente irritante. Sin embargo parece ser que este animal “amphibio”; es decir que presenta dos vidas (en agua y tierra) tiene unas capacidades extraordinarias. No solo puede transformar su cuerpo en situaciones de peligro sino que también posee una capacidad regenerativa extraordinaria.
Si un gallipato teme por la supervivencia frente a un depredador, genera un mecanismo fisiológico por el cual proyecta sus costillas en forma de espinas hacia al exterior del cuerpo, disuadiéndolo con dichas estructuras y secretando sustancias tóxicas para evitar la ingestión. Esto es algo sorprendente ya que daña su propio cuerpo para generar una protección inusual. La combinación de espinas (que pueden lacerar la piel provocando una vía de entrada) y sustancias tóxicas resulta algo más preocupante que una simple mucosa nociva o irritante. Pero ahí no queda todo, puesto que es capaz de regenerar todo su epitelio una vez ha cesado el ataque y restablecer sus estructuras óseas y tegumentarias.


Bien visto y a sabiendas de otras tecnologías obtenidas del estudio detallado de los animales, sería favorable (y es posible que ya se esté haciendo) dicho estudio científico de anfibios y reptiles, dada su extraordinaria capacidad de regeneración, para aplicarlo a la reconstrucción de órganos o miembros en humanos. Creo que si de la naturaleza procede todo, igualmente de ella aprendemos y obtenemos todo lo que necesitamos.
Por lo tanto sería preciso que se tomaran medidas éticas y de conservación que fueran efectivas (bien orientadas con los medios que disponemos) para mantener la fauna y los ecosistemas de la forma más saludable posible hasta obtener soluciones que estoy seguro (ya que es la casa del ser humano, sustento y origen sin el cual no podría subsistir) nos permitirán restablecer todos aquellos hábitats que tanto hemos dañado durante nuestro inevitable, y de momento aparentemente, progreso.