Rosa Sánchez de la Vega

Caminaba despacio conteniendo la emoción que le producía saber que en unos minutos volvería a besarlo. Retrasaba consciente llegar y sentarse en el mismo banco, donde días atrás lo había amado, ausente a todo cuanto ocurría a su alrededor. Sentía una mezcla de emoción acelerada y miedo a que no apareciese. A poca distancia veía el punto señalado; aquél banco de madera parecía que estuviera esperándola. Por fortuna estaba libre, no se le había pasado por la cabeza que otra persona lo hubiera elegido para sentarse tal vez a leer, a esperar a alguien o simplemente dejar pasar el tiempo. Apresuró

el paso, y se sentó con cierto aire de intérprete, pensando que desde algún lugar, él podía estar observándola.
Pasados unos minutos ella seguía erguida y sensual posando para recibirle, deseosa de su llegada; pero los minutos se fueron demorando y esa pose fue cambiando al nerviosismo, deseo en angustia, y emoción en tristeza. Pero, aún así, no quería resignarse y siguió.
—Un poquito más- se decía mientras, miraba su reloj al tiempo que recorría el parque de lado a lado sin moverse de su banco.
Su mirada ampliaba el ángulo de visión con la misma prisa que lento iba el reloj; poco le importaba ya su forma de sentarse.
Al otro lado de la calle algo llamó su atención; el ruido de una cinta transportando las cajas desde una ventana al camión de mudanzas, alguien había decidido cambiar de sitio, cambiar de vida quizás….
y bajo la cinta en la puerta del edificio, estaba él pre-

parado para cruzar atento a que el semáforo cambiase.
Su corazón se aceleró, toda su angustia y su inquietud cambió a ese amor que sentía por él en solo un instante. No podía esperar a que cruzase, así que se adelantó a su encuentro, coqueta y arreglándose el pelo pero a paso ligero; ansiaba besarlo. Un golpe seco, hizo que los dos mirasen hacia arriba. La cinta del camión había parado bruscamente, uno de los bultos se precipitó al vacío. Apenas hubo tiempo de nada más; él quedó, bajo un enorme paquete. Ella paralizada, solo acertó a taparse la boca con la mano. Entre todo el murmullo de gente que se agolpaba y despejaba el cuerpo, un hombre despavorido salió del mismo portal, precipitado apartó a la multitud y sin mediar palabra en un silencio ensordecedor lo abrazó desesperado y puso su labios sobre los suyos; lo besó profundamente, quería llevarse su último aliento. Ella, seguía paralizada y atónita al otro lado de la calle.