El viaje había comenzado unas cuantas horas antes en la oscuridad del final de la noche; el tiempo y el paisaje fue dando paso al amanecer acompañados por la música; canciones regaladas el uno al otro, que ahora escuchan por fin juntos, removiendo emociones. Sin darse cuenta, la conversación hizo un recorrido por sus vidas, años repletos de momentos que han ido madurando en forma de cicatrices, añoranzas, y desvelos; una suma de años vividos que quieren compartirse acorde con la templanza de quien escucha y se sabe querido. Y risas porque si de algo entienden ellos dos, es de reír abiertamente, alegrar el alma y encontrarse henchidos de felicidad con solo mirarse.


Apenas quedan por recorrer unos pocos kilómetros para llegar por fin al destino. El camino se va abriendo entre un bosque de robles y castaños, mientras el viento y la lluvia azotan con furia tratando quizás de impedir que el coche avance. Una barrera más, pero esta vez la sobrepasan juntos, mirándose el uno al otro en silencio, con la emoción contenida de quien lleva esperándose mucho tiempo. Y haciendo más hermosa la tempestad enfurecida, a ojos de quien sabe apreciar la belleza en la sencillez de un instante.


De pronto la vegetación se abre y desvela la fortaleza de un castillo protegido, con un muro visible solo a ojos de ellos dos, construido durante meses; día a día con materiales invisibles resistentes al abandono, el olvido, la impaciencia, el desconsuelo, la ansiedad, y la desesperación esperanzada de que van a conseguirlo; una pared que ha ido creciendo y fortaleciéndose con el cariño, las ganas de verse y el valor de la espera. Una muralla hecha de ganas de brillar en el corazón de alguien y hacer despertar lo que estaba dormido, rechazado; avivando esa luz con pequeños mensajes, la emoción de una voz y revivir apenas un par de efímeros besos hilvanados y miradas perdidas en un escote cuyo final es imaginado.


Una vez dentro la timidez y el pudor se distraen con las ganas de amarse. En la puerta de la habitación del hotel, cuelga un cartel de ILUSIONADOS con mayúsculas, porque la vida acaba de regalarse un te quiero.


Dentro, besos que por fin recorren a conciencia un viaje vertiginoso en forma de amor y deseo, el tacto descubriendo una piel no aprendida, unas manos que provocan escalofríos en un cuerpo que anhela tanto deseo contenido.


Sábanas repletas de poesía, estrofas de amor, sintiendo muy despacio cada verso.


Fuera el muro los protege y se hace más fuerte. Los mima porque sabe de todo cuanto han tenido que superar antes de llegar a fundirse en uno solo. A buscarse sabiendo que ahora sí, es tiempo de desnudarse y amarse muy lento.