Relato literario de Rosa Sánchez de la Vega. Escritora

Hace rato que ha amanecido. El despertador se cansó de sonar después de anunciar repetidamente que era hora de levantarse.


-La verdad no sé para que lo pongo, siempre estoy despierta.
Hablar, hablarse es una de mis aficiones preferidas. Unas veces sin pronunciar palabra, otras quiero escucharme.


Sigo en el mismo lado, inmóvil como cada noche, desde hace tiempo. Me digo a mi misma que echo de menos a Manuel y por eso guardo su sitio, respeto su espacio.


-¡Que bonito!, ¿Romántico? No, claro que no.


Ese lado de la cama no es de él. O quizás sí.


No quiero ocuparlo, me niego.


Cierro los ojos y una mano temblorosa tantea con torpeza esa barrera invisible que, delimita el muro para no caer en el vacío. Imagino que si arriesgo un poco podré tocar el cuerpo desnudo de quien amo. Sentir su calor y escuchar su respiración lenta, y sosegada de quien tiene la conciencia tranquila, el alma feliz, y el cuerpo satisfecho.


Alargo el brazo un poco más, sin hacer caso de como se queja mi espalda. Pero no está.


Abro los ojos y golpeo con rabia.


-¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda!


No podré ocupar nunca esa parte de la cama porque guardo su ausencia, eso me digo cada noche, pero es mentira porque está vacía. Sin embargo hay demasiadas cosas en ella. Rabia, por no haber sido capaz de darme cuenta de que lo estaba perdiendo. Pena, por no intentar recuperar lo nuestro. Y culpa, sobre todo culpa, de haber provocado la huida acelerada de Manuel y con ello ocasionar su muerte..


Tensión, desamor, rabia, bronca, enfado, alejamiento, y….un accidente mortal.


De eso está llena mi cama. No puedo ocupar su espacio, porque no hay sitio para mi.