Hervás, a 24 de julio de 2021

Rosa Sánchez de la Vega.

Siete de la mañana y Joaquín escribe como cada día en una página en blanco. Su psicóloga se lo recomendó la primera vez que acudió a su consulta y en la cuarta de ellas se lo mandó como un ejercicio obligatorio. De mínimo había de llenar todo un folio.

María; la psicóloga habría preferido que fuera en el ordenador o escrito a máquina; una olivetti de las de antes, porque el primer día Joaquín le dijo que tenía una exactamente igual a esa decía orgulloso, señalándola  con el dedo índice para que no hubiera ninguna duda de que era igual que la suya. Él la había comprado siendo joven, cuando intentó trabajar en el ayuntamiento. Estuvo haciendo prácticas con aquel teclado que ahora se le antoja duro; incluso llegó a dar casi doscientas pulsaciones por minuto. Sí; no eran demasiadas, pero sí las suficientes. Además él, utilizaba los dedos correctamente, no como el lame culos al que el ayuntamiento metió por enchufe y que solo era capaz de utilizar dos o tres dedos de cada mano, sin orden ni concierto. Pero no sirvió de nada quejarse y gritarle al alcalde, al tiempo que le amenazaba con darle un puñetazo, y así habría sido de no aparecer el concejal de cultura que como casi siempre, andaba por allí sin nada que hacer. En cualquier caso  si Joaquín hubiera tenido un enchufe habría hecho lo mismo.

 Eso fue lo primero que le contó a María medio sentado en aquél diván en el que se negaba a tumbarse, porque no era hora de echar la siesta y además le resultaba violento allí medio acostado mirando al techo, hablándole de sus cosas a su doctora que era como a él le gustaba llamarla.

—Mire doctora, no tengo claro que contarle a usted mi vida, vaya arreglarme esta angustia y este sin vivir que tengo desde que mi mujer falleció en aquél accidente. Ojalá  hubiéramos muerto los dos.

Pero sin darse cuenta y después de cada sesión, mientras ponía los pies en cada peldaño, porque; Joaquin bajaba las escaleras del quinto piso de la consulta aunque le doliese luego la rodilla, porque no se fiaba de aquella caja metálica con botones que se detenía obediente al número de piso que había pulsado. Allí dentro sentía que le faltaba el aire, le costaba respirar y se dejaba caer sobre el suelo mientras su vista se volvía borrosa. Tenía miedo de quedarse encerrado, y que no pudieran rescatarle.

Así que agarrado al pasamanos pensaba en lo que acaba de contarle a María—porque para pensarla si se permitía darle nombre—en las lagunas que empezaban a diluirse de su cabeza, en aquellas páginas escritas cada día hasta completar las diez que volvería a entregarle en la siguiente consulta, sonreía satisfecho de haber sorteado una vez más las preguntas de la doctora siempre dirigidas al momento en el que su mujer se estampó contra un árbol muriendo en el acto. Eso fue lo que le contaron porque él no lograba recordar demasiado.

Su tristeza, su pena por quedarse viudo no iba a solucionarse con unas letras escritas, ni una charla con una mujer que se empeñaba en ahondar en su niñez, su adolescencia…su vida. Nadie iba a traérsela de vuelta. Solo quería que le dejasen en paz. Pero su médico de cabecera le había insistido tanto, que no le quedaba más remedio que obedecer; a estas alturas de su vida acatar con esta profesión inservible cuya máxima dificultad y esfuerzo, era el de escuchar a un paciente y mandarle deberes propios del colegio. Era un reto no dejarse llevar por María y contar exactamente lo que él quería que jamás se supiese. Porque había conseguido aislar tanto la verdad, cubrirla con la mentira que Joaquín ya no era capaz de distinguir cuando mentía.

Hoy Joaquin se había levantado como cada mañana; la hoja en blanco sobre la mesa y el bolígrafo en su mano. Aún le quedaban dos sesiones más; en unos veinte días habría terminado con esto.  Volvería tranquilo a su casa, y no tendría que seguir fingiendo. Pero no podía seguir escribiendo, no quería. Las últimas sesiones su doctora había sido más lista que él; la única laguna que él protegía con astucia y engaño, se tambaleaba a golpe de psicología. En un par de ocasiones fue consciente de que la mentira había aparecido y su doctora  se había dado cuenta.

María pensaba que se encontraba mal, y le pidió que escribiera allí en la consulta; pero el se negó. 

—Joaquín hoy voy a ser tu secretaria. Yo escribo mientras tu me vas hablando.

—No. Hoy no tengo ganas de decir nada. Y tampoco sé que fue lo último que escribí.

Sobre la mesa una carpeta engrosada, sujetaban sus gomas a duras penas una considerable cantidad de folios. Parecía que en cualquier momento fueran a romperse. “Joaquín” escrito con rotulador, dejaba bien claro que era la suya.

—Estamos en un punto doloroso, pero es precisamente el momento de sacarlo  a fuera Joaquín.—María le había cogido las manos y le miraba directamente a los ojos, como si con ello pudiera adentrarse en su pensamiento.

—No. No voy a seguir, me marcho; estoy harto de toda esta tontería.

Joaquín se había sacudido de las manos de María con un movimiento brusco y miraba a un punto indefinido de la pared.

—¿Quieres un poco de agua?

—No

—Voy a abrir la ventana para que entre un poco de aire Joaquín, y seguro que te sentirás mejor.

—No. estoy bien así.

—Háblame de lo que quieras, hoy eliges tú el tema—María quería conseguir que se relajara, sabía que había llegado el momento de saber la verdad, y no iba dejarlo ir.

Joaquin quería irse sin más.

— Joaquín, Inés; tu mujer se estampó contra el único árbol que había en aquella carretera secundaria, de la que tú saliste ileso, te sientes culpable porque eras tú quien conducía y yo quiero ayudarte a superarlo. Ahí es dónde tenemos que seguir trabajando.

Las palabras de María en nada han ayudado a que Joaquín se sienta mejor, su semblante, su mirada y la rigidez de su cuerpo, le hacen una persona muy diferente. María lo mira con temor, mientras el aprieta sus puños con fuerza;  conteniéndose tal vez.

                                                 * * *

En el diván el cuerpo de la doctora descansa con los ojos abiertos, perdidos en el techo. Entre sus manos una nota esta vez escrita a máquina: “No fue difícil encontrar un árbol asilado”

Joaquín coge el ascensor; esta vez sí. Tiene que desaparecer cuanto antes.