Ingeniero Técnico Forestal

Ex-director General de Medio Ambiente de Extremadura

Pasan pocos minutos de las diez de la mañana de un domingo previo al comienzo de la primavera que, como de costumbre, ha amanecido frío en el Barrio Judío de Hervás. Tras cruzar el Río Gallegos, una hilera de pinos silvestres centenarios anclados junto al camino, saludan a los viajeros y muestran la solemnidad del recorrido que les espera hasta coronar los 1.440 metros de altitud del Puerto de Honduras; el puerto que conecta los Valles norte extremeños de Ambroz y Jerte que, lejos de servir de lugar de tránsito, supone una experiencia de encuentro con el bosque caducifolio en una naturaleza durmiente y a punto de despertarse.
Las precipitaciones horizontales, en forma de brumas o neblinas, aportan en esta estación del año la humedad necesaria para el sustento de los castaños y demás vegetación higrófila que forma el Castañar Gallego, un Monte de Utilidad Pública emblemático, declarado en 2015 como Paisaje Protegido mediante decreto autonómico y que ofrece un manto incomparable donde celebrar cada Otoño Mágico.


La trascendencia de sus 274 hectáreas de superficie, unidas a una arraigada tradición cultural, derivada de la antigua industria maderera y del uso paisajístico y recreativo que supone la obtención de recursos como las setas o castañas, han permitido el reconocimiento y atención de un monte que, como consecuencia de las desamortizaciones de mediados del siglo XIX, estuvo al borde de su desaparición.
Al pie del Puerto de Honduras, más allá de la Fuente de San Gregorio y ladera abajo de la carretera, convive igualmente el Castañar del Duque, hermano pequeño en importancia del Castañar Gallego pero con el que comparte la ejemplaridad de conformar el castañar meridional más espectacular de la Península Ibérica.
Curva a curva, tramo a tramo, la subida al puerto se completa una vez superada la masa frondosa de castaños, disfrutando de las vistas que sobre el embalse de Baños de Montemayor y el pueblo de Hervás, regalan las oquedades que dejan las masas abiertas de un joven monte de rebollos.
Destellos de luz convertidos en postales, como la que se aprecia a mano derecha, frente a las poblaciones de La Granja y Zarza de Granadilla; instantáneas que, desde la distancia, permiten adivinar el contorno del Embalse de Gabriel y Galán y de un monte adehesado colindante con los cultivos de regadío del Valle del Ambroz.


Ascendiendo por la umbría, el rebollo cede paso a la cabaña ganadera de vacuno que pasta en los prados montanos, antes de ser tapizados por el verde intenso de un paisaje a base de piorno achaparrado que aún esconde su flor amarilla y que llena los espacios de suelo cedidos por la roca.
La subida hasta coronar el lugar de paso entre montañas, regala junto al refugio las más bellas imágenes de un puerto ascendido en tres ocasiones por la Vuelta Ciclista a España. Capturas del roquedo y suelos descalzos, asociados a una vegetación raquítica y castigada por el viento y el frío invierno tras el deshielo.
Un camino de herradura y en forma de trocha empedrada, desciende desde el puerto en dirección a Gargantilla, alineando la población con Aldeanueva del Camino y el fondo de un valle cerrado que aportará caudal, aguas abajo, a la Garganta de la Buitrera.
Superado el puerto y descendiendo hasta Cabezuela del Valle, las cumbres rocosas y el piorno dejarán paso a robledales abiertos de porte globoso, praderas y majadales. Lugares que atrapan y envuelven el trasiego de ciclistas y amantes de la motocicleta que, tras un largo descenso bajo la solana, se mimetizan con un trazado sinuoso y distraído.
Un trazado que conduce a los cultivos de cerezo y a la majestuosidad de su flor blanca que, a diferencia de las yemas dormidas de la umbría del Río Gallegos, anuncia el comienzo de una nueva primavera en el Valle del Jerte.