Recogió las sábanas de la cama, las que había usado en sus últimos días, con las que expiró el último aliento. Estaban frías y no por las horas transcurridas desde que la parca vino a buscarla. Ella era un cuerpo frío, siempre lo había sido por dentro y por fuera.
Junto con las sábanas, el camisón, la bata y algún pañuelo que tenía semi escondido bajo la almohada, Fernando llevaba toda esa ropa echa un ovillo sosteniéndola con una mano sobre su pecho y la barriga. En la otra, asía las viejas zapatillas que apenas se usaban desde hacía unos meses; el tiempo que Julia llevaba postrada en la cama.
Como había hecho en los días posteriores a la enfermedad de su mujer, metió la ropa en la lavadora más por costumbre que otra cosa, era pronto para decidir que haría con toda su vestimenta. Podría deshacerse de ella de varias formas, o conservarlas y cada vez que la viera colgada en el armario y le invadiera su aroma, haría aún más latente que se había ido.
La habitación de Julia porque hacía tiempo que no la compartían, ni mucho menos lecho, permanecería cerrada de momento.
Al empujar toda la colada un sonido dentro del bombo anunciaba la hora.
-Son las 12’15.
Soltó las prendas como si llevase un animal venenoso que de pronto hubiera salido de su letargo, a punto de caerse de espaldas al estar en cuclillas. Asustado por el sobresalto aún tardó unos segundos en reaccionar, buscó acelerado entre la ropa acompasado con el ritmo cardiaco. En un bolsillo de la bata encontró el reloj que, sin darse cuenta, lo había accionado.
Julia apenas veía, sus gafas no le servían de mucha ayuda y los médicos le habían dicho que no podían darle más visión, muy al contrario iba a perderla sin remedio. Era diabética y había perdido vista progresivamente en los últimos años, tanto que se acercaba a la ceguera.
Saber la hora era una obsesión, quizás intuía que el tiempo se le estaba acabando. Su reloj para invidentes sonaba cada vez que sus dedos lo apretaban. La hora se oía al instante en toda la casa.
Se dio cuenta que podía haberlo lavado y seguramente esa voz cantarina se hubiera ahogado en agua y espuma. La premura de deshacerse de todo rastro había hecho que Fernando se olvidase de revisar los bolsillos. Así que volvió a sacarla de la lavadora y comprobó concienzudamente prenda por prenda, impregnada aún de aquella mezcla de olor a perfume fresco y muerte.
En uno de los bolsillos, encontró un papel impreso, era un prospecto de una medicina, la que se le había recetado en las últimas semanas, y envuelto con el mismo folleto, una nota prácticamente ilegible, más que caligrafía parecían garabatos. Era la letra de Julia pero, no alcanzaba a entender qué había escrito. Sin más, volvió a doblarlo y se lo guardó. Accionó el botón de inicio, ya era hora de lavar su aroma, sus últimos días, su última exhalación.
Después de dos meses, el manuscrito seguía encima de la mesa, más de doscientas hojas esperando para ser corregidas y enviarlo después a unas cuantas editoriales. Luisa hacía el intento de leerlo casi todas las mañanas desde que Julia murió, ella le hizo prometer que no lo leería hasta que no muriera, con la certidumbre de que no tardaría mucho. Recuerda perfectamente el día que se lo dio aprovechando la ausencia de su marido, sus manos temblorosas sujetándolo al tiempo que le pedía que Fernando no podía enterarse de nada.

III
La gafas ya inútiles, pero que se habían convertido en herramienta indiscutible donde el alargamiento de brazos ya no le permitía más margen, un bolígrafo sobre el cuaderno de notas, en el que apuntaba aquello que de repente surgía como una idea, a decir verdad como la mejor de las ideas. La mente iba tan deprisa que a veces la escritura se volvía después proféticamente inteligible. Unos cuantos libros sin leer y el portátil siempre con batería esperando el aporreo de las teclas cuando los sentimientos pedían salir. Y, el último escrito listo.
Todo estaba preparado, todo menos ella. El tiempo en el que Julia sintió algo extraño en su cabeza, un ligero mareo que la obligó a sujetarse sobre la mesa camilla. Una especie de sombra había venido a visitarla y le agarraba con fuerza. Pidió ayuda a su hermana que andaba trasteando en la cocina justo enfrente, pero no conseguía articular palabra. El corazón se le aceleraba a una velocidad trepidante llegando casi a la extenuación, todo se oscureció. Estaba asustada no alcanzaba a comprender qué le estaba pasando. Después terminó sus días en su alcoba, rodeada de libros, cuadernos y medicinas. Sin poder leer ni escribir nada, su visión era ya prácticamente nula y su manos no obedecían las órdenes de su cabeza.

IV
Al día siguiente del entierro de su hermana, Fernando la había echado de casa. Nunca la quiso, pero Julia se empeñó en que viviera con ellos, no tenía a donde ir y después de todo también era parte de esa casa. Sus padres se la habían dejado en herencia a las dos, con la condición de que si una se casaba, la otra tendría que seguir viviendo bajo el mismo techo.
Ocupaba desde entonces una parte de la buhardilla entre muebles antiguos y viejos recuerdos, sin que Fernando lo supiera. Su vida se había reducido a ese espacio y aprovechaba las ausencias de su cuñado para salir y respirar el aroma de la calle, no quería olvidarse del olor de la vida.

V
Había oído toser a Fernando, tenía claro que hoy tampoco podría salir. Intentaba no caer en la angustia y ansiedad de verse recluida, pero últimamente se estaba convirtiendo en tarea imposible. Echó la mirada sobre lo que se había convertido en su hogar y casi de soslayo vio el manuscrito de su hermana. Sin apenas pensarlo, lo cogió con la intención de rendirse por fin a la petición de Julia.
El tiempo pasó rápido, cada capitulo incitaba a seguir leyendo con la necesidad de saber qué ocurre, cautivada por cada frase, te envolvía en una amalgama de emoción y tristeza como una pieza musical en la que levitas con cada nota, y expresas con el movimiento de tu cuerpo lo que sientes al escucharla. Dolía leer algo tan hermoso escrito por su hermana a la que no volvería a ver. Si no hubiera estado en la buhardilla habría pateado el suelo, gritado, y se habría dejado llevar por los sentimientos más profundos del que sabe leer cada letra, cada frase, del que es capaz de sentir con la misma o más intensidad de quien lo escribe. Era una novela preciosa. Luisa colocó la última hoja encima de las otras con la amargura de quien sabe que no leerá más novelas porque ella se ha ido. Al darle la vuelta comprobó gozosa que la historia continuaba.
Temblorosa por lo que acababa de leer, y horrorizada ante la sospecha que acechaba dentro de si, su primer impulso fue bajar corriendo y ver a Fernando, aunque con ello desvelase que vivía encima de su techo. Sopesó como debía hacerlo y dejó que llegase la noche, evitar el sueño y pensar qué le diría.

VI
Fernando había dormido mal, la fiebre no había cesado en toda la noche. Tenía frío y torpemente intentaba encender la chimenea. A su espalda unos pies desnudos se acercaban sigilosamente.
-¡Fernando!
Se volvió asustado.
-¿Luisa que haces aquí?
-¿Quieres matarme del susto?. ¡Fuera de esta casa!
Fernando iba aumentado el tono de voz y su ira.
Luisa estaba dispuesta a leer esa última hoja del manuscrito, y lo hizo con voz firme, sin permitir que el miedo la amedrentase, dejándole perplejo e inmóvil frente a ella.
“Entro en casa de puntillas, sosteniendo la respiración, no quiero hacer ruido, no quiero que note mi presencia, quiero llegar a la cama, esconderme entre las sábanas y pensarte de nuevo, rescatar ese momento en el que nos besamos con esa desesperación que da el amor profundo, guardado en la ignorancia de una amistad de antaño, sentirte eternamente hasta que volvamos a besarnos. Rozo la lengua por mis labios una y otra vez intentado recoger el sabor de los tuyos y entonces cierro los ojos y regreso a ese instante y muero por sentirlo de nuevo. Desnudarnos ya sin prisa, sin sorprendernos por el efecto de juntar nuestros labios; ya sin locura, ya sin miedo, ya con deseo. Tu cuerpo y el mío desnudos de prejuicios, sosegados después de la agitación y la entrega infinita”.
Cuando terminó de leer, le temblaba todo el cuerpo, pero estaba satisfecha.

VII
Fernando tenía la mirada llena de odio, sus ojos estaban inyectados en sangre. No había soltado el atizador con el que intentaba avivar la chimenea, lo alzó y amagó para golpearla, al tiempo que le gritaba:
-¡Julia tuvo una amante. Tú misma acabas de leerlo!
-¿Estás completamente loco Fernando?
-¿Vas a matarme a mi también?
-¿Que dices?
-Aprovechaste el ictus de mi hermana y aumentaste la dosis de las pastillas sabiendo que eso la mataría.-No podías soportar que no te amase.
-¿Por qué iba a querer matarla?
-Por que estoy segura de que la leíste cuando ella cayó enferma, hurgando entre sus escritos y después te volviste loco buscándola. No sabías que Julia me la había dado.
-Esa nota podría ser una de sus novelas.
-Claro que sí Fernando, si no fuera porque esa historia es real. Ella no te amaba, no te quería, solo que te equivocaste en una cosa. Esa historia era mía. Soy yo la verdadera protagonista.
Fernando se abalanza sobre ella y consigue tirarla al suelo, en el forcejeo el reloj de Julia vuelve a decir la hora. Por un momento los dos paran, como si no se hubiera ido.
-¿Para que guardas su reloj, si odiabas que se escuchase en la casa?-Luisa intenta quitárselo buscando frenéticamente en los bolsillos mientras, Fernando la golpea.
Lo encuentra y con ello saca un papel arrugado. Luisa cierra el puño, y Fernando sigue golpeándola, hasta quedarse sin aliento. Ya no se mueve. Comprueba jadeante si respira, un reguero de sangre empieza a cubrir el suelo. En la mano cerrada sigue la letra garabateada de Julia:
-Cada día muero un poco más. Fernando se está ocupando de ello.