Ricardo Hernández

En el verano de 1973 Carlos Falcó, Marqués de Griñón, junto a un socio inglés inauguran lo que hoy conocemos como Safari Madrid. Y que mejor, para comenzar esta aventura, que contar con el mejor naturalista español de la época.
Mi padre se llevó una sorpresa cuando recibió de una amiga unas invitaciones que ella no iba a disfrutar, ya que no era especialmente entusiasta de los animales, y sabía que a él le apasionaban.
A la vista de una magnífica jornada en un parque dedicado a la naturaleza, y cómo no, sumando la oportunidad de conocer a Félix, mi padre invitó a un amigo aficionado a la fotografía y la naturaleza cediéndole la entrada que le restaba para que lo acompañara.
Ambos partieron hacia Aldea del Fresno y llegaron puntuales para la inauguración. Primeramente, se sirvieron unas bebidas y algo de picar a los visitantes que inauguraban el parque. Una vez finalizado el pequeño ágape, avisaron por megafonía que comenzaban las exhibiciones de fauna ibérica, en las que estaría presente Rodríguez de la Fuente. Posteriormente se podría visitar el resto del parque, que albergaba mayormente fauna del continente africano.
Todo se desarrollaba de forma fabulosa y mi padre y su amigo estaban encantados con la exhibición y la intervención por megafonía de El amigo de los animales. En un momento dado, y a pesar de las advertencias a los periodistas (Félix ya había advertido en un par de ocasiones a estos para que se mantuvieran en la línea de seguridad), se dio paso a los lobos. En esta ocasión no hizo falta advertir de nuevo a los reporteros, al ver llegar a los cánidos semi-domésticos estos saltaron la valla de seguridad con una rapidez inesperada y Félix, haciendo uso de su buen humor, comento algo parecido a: “vaya, parece que en esta ocasión no ha hecho falta dar ningún aviso…”
La guinda de la exhibición era el vuelo de un águila real desde lo alto de un monte cercano hasta el señuelo que volteaba un cetrero. Todo esto se desarrollaba dentro de un pequeño complejo, al aire libre, que presentaba unas gradas para que el público se pudiera sentar y una empalizaba de madera.
Colocaron el águila en posición, el cetrero volteó el señuelo y el ave comenzó a bajar rauda y veloz en línea recta oblicua y descendente. En un momento dado, una fuerte racha de viento llama la atención del público y del propio Félix, que advierte que el ave se ha descompensado en el vuelo. Todo el público permanece expectante y algo preocupado ya que el águila parece tambalearse, y el naturalista se preocupa.
Finalmente, y ante la cara de sorpresa de los asistentes, el águila impacta contra la empalizaba de madera. Salen a correr en auxilio del ave Félix y sus ayudantes, pero también gran parte del público. Algo increíble, profesionales y espectadores se levantan de sus asientos para socorrer a la rapaz que algunos dan por perdida.
A la espera de noticias predomina el silencio, tan solo se escucha un leve murmullo. Recogen al ave del suelo y la evalúan a través el tacto y la vista; buscan alguna rotura ósea o rastro de sangre. Finalmente parece que el águila está bien y gran parte de los asistentes se aglutinan en torno a Félix para poder intercambiar unas palabras a fin, también, de interrogarle por la salud del ave.
Mi padre también se acerca y, en ese instante, su amigo aprovecha para hacerles una fotografía. Brevemente, sin querer molestar demasiado, le habla de su afición por la naturaleza y que realmente en lugar de un trabajo de oficina, le hubiera gustado desempeñar otro relacionado con los animales. En esas circunstancias, cualquiera esperaría que le iba a responder con alguna disculpa para despacharlo cuanto antes, pero Félix, que quizás vería algo en su mirada, le contestó: “llame usted a mi secretaria y vemos si podemos cambiarle de esa oficina al campo”.
Mi padre, por supuesto, llamó por teléfono para intentar entrevistarse y quizás alcanzar su sueño. Lo que no sabía cuando realizó la llamada, y de lo cual le informó la secretaría, es que El amigo de los animales se encontraba en ese momento en Alaska rodando el Iditarod, por lo que no le quedó más remedio que mantenerse a la espera. Una espera corta y con un resultado muy poco agraciado, porque Rodríguez de la Fuente fallecería a los pocos días, concretamente un 14 de marzo de 1980, dejando a mi padre y a gran parte de los españoles desconsolados y sintiendo que realmente habían perdido a un amigo. Un colaborador de “El hombre y la tierra” tocaba con su guitarra, un día antes del suceso acaecido en Alaska, la conocida canción: “algo se muere en el alma cuando un amigo se va…”
A Félix nunca le hemos olvidado porque, entre otras muchas cosas, ese parque siempre fue conocido como El ricón de Félix, aunque su nombre real fuera Safari park en aquella época. Allí fue donde mi padre, al que perdimos recientemente y tampoco olvidamos, tuvo la oportunidad de, al menos, soñar con una vida que realmente le apasionaba y que, a su modo, pudo en parte finalmente disfrutar.