Rosa Sánchez de la Vega

Cae la lluvia desde hace rato, desde hace horas, desde hace días. Las huellas que un día marcaron el suelo, se han borrado por completo, dejando en su lugar tierra empapada con el agua; barro suelto.
Hojas, ramas, vestigios de personas que en otro tiempo cercano, abusaron de una chiquilla, hasta quedarse exhaustos. El viento y la lluvia han borrado el lugar del crimen.
-“Ahora nadie sabrá nada”-Piensan satisfechos de su miserable hazaña.
Cae en tromba el aguacero, busca el agua con urgencia su camino; mientras, el arroyo toma ya fuerza y las gotas se aúnan en un instante para bajar corriendo y surcar su cauce.
Arrastra todo cuanto encuentra: arena, fango, piedras, árboles.
El estruendo es ensordecedor; el río no tiene intención de detenerse, quizás se aúne con otras ramblas, quizás llegue a desbordarse.
Furioso baja ya el torrente, desdeñando la alegría de haber cobrado de nuevo vida, después de tantos meses seco, muerto, mudo.
Una neblina temprana apenas anuncia el amanecer, la lluvia dejó de caer durante la noche; el raudal del agua sigue siendo abundante, aunque menos ruidoso.
Una pequeña cascada arroja vertiginosamente todo cuanto arrastró la corriente, y lo deposita sobre un embalse; mansamente muestra los trofeos de la tormenta; en un suave golpeteo contra una roca, la rama de un árbol caída, acuna el cuerpo de una muchacha.