Cae suave la lluvia fina que acaricia con ternura las hojas de los árboles, de apenas unas semanas de vida; brotes de primavera que emergen de las ramas secas de invierno, y que ahora contempla absorto en la belleza del paisaje.
Camina despacio, un paso tras otro con calzado y ropa cómoda. Ha dejado la carretera, el monte le recibe tímido. La senda marcada se eleva con los primeros pasos, la respiración va acompasada e inhala suavemente los olores que rezuman después de la tormenta propia de este tiempo. Un rumor le indica que hay vida allí entre los árboles; pero es un rumor al fin y al cabo, tan leve como un susurro; un chapoteo en el agua.
Es consciente del silencio, más bien del nuevo orden del sonido; del modo en que el monte ha recuperado sus ruidos.
De pronto una corta ráfaga de ametralladora, le obliga a arrodillarse. Agudiza los oídos; se hace el silencio, la tensión sigue alerta y al instante de nuevo el ruido intermitente, tamborilea la madera de un tronco desmochado y seco. El caminante se ha erguido y dirige su mirada, mientras cuenta cuántas veces suena, esa caja de resonancia. Y…sonríe henchido de felicidad al ver por fin al picapino.
La senda se hace más empinada, y los pasos más lentos; la respiración se acelera y se apoya con firmeza sobre su bastón de mando; su apoyo.
El agua embarrada del río, se ha adueñado del camino por el deshielo de las últimas semanas. Un jabalí olfatea tranquilamente y le mira con desgana.
El caminante se detiene, algo ha desviado su vista; su oído dirige de nuevo la mirada lejos entre los árboles, no ve a nadie; pero lo siente.
No quiere dejarse llevar por el pánico; justo allí en el monte, donde siempre se sintió seguro. El sonido vuelve y con él, los pies se detienen de nuevo y se agarra inconsciente, a su palo de madera.
Siente que algo se aproxima, diría que tiembla el suelo; alerta el corazón se acelera y la sangre bombea más deprisa, el cuerpo se prepara; se defiende.
El tren se aproxima; el gigante fantasma echa humo blanco, al tiempo que el carbón se quema en la caldera. Una espalda sudorosa, ennegrecida y dos manos fuertes, sujetan una pala bregando en la carbonera.
La máquina pesada ha recuperado su camino. Él, levanta la mano y saluda al viajero anónimo y ausente.
Junto a la ventana, unas manos ancianas sujetan una imagen de otro tiempo, donde la vida era dura y se ofrecía en blanco y negro; y era feliz. Una mascarilla cubre su cara, contempla por un momento el vacío de su habitación y se gira de nuevo hacia el ventanal. Recupera su paseo y levanta su cabeza; el verde de los brotes de primavera, son los que ahora techan su cielo.