Enrique Julián Fuentes. Ingeniero Técnico Forestal. Ex-director General de Medio Ambiente de Extremadura.

Se define a un emprendedor, como a alguien que con decisión, pone en marcha una iniciativa o actividad económica que entraña algún riesgo.
Y es que, en los momentos inciertos que vivimos, decir algún riesgo, sea quizás un término demasiado comedido para definir la aventura a la que se enfrentan aquellos que quieren sacar adelante una idea o proyecto, que con suma dedicación termine por convertirse en su forma de vida.
Siempre se ha dicho que el trabajo dignifica a la persona y por lo tanto, además de sentirse útil y capaz por prestar un servicio a la sociedad, detrás de un emprendedor hay siempre alguien que se esfuerza por mejorar cada día en varias disciplinas para sacar adelante un objetivo, así como por atender y superar las distintas adversidades a las que se enfrenta en la vida cotidiana.
El primer hito al que se enfrenta un emprendedor, no es otro que el de poder atender las innumerables obligaciones y cuantiosos costes mensuales que le suponen el funcionamiento de su actividad profesional por el mero hecho de realizarla.
Por citar algunos ejemplos relacionados con cualquier actividad económica del sector terciario, supondrían entre otros: el pago de la cuota de seguridad social, alquiler o amortización del local, consumos de luz, agua, basuras, teléfono, limpieza de instalaciones, material fungible de oficina, extintores, alarmas de seguridad, asesoramiento laboral y contable, cuotas de colegios profesionales, prevención de riesgos laborales, protección y tratamiento de datos personales, seguro de responsabilidad civil profesional, salarios, seguridad social y seguro del convenio si tiene empleados a su cargo, locomoción, talleres y seguros derivados, soporte técnico informático, impuestos municipales derivados de la actividad y un largo etcétera de cargas a las que cada año se suman nuevas vueltas de tuerca por parte del gobierno de turno.
La solidez y el estado de salud económico de un determinado país o región, se mide por el número de empresas o emprendedores que ejercen su actividad y tributan en su territorio, pues al fin y al cabo, es la fracción o núcleo productivo que queda al margen de los servicios que se gestionan con el presupuesto del organismo oficial competente. A mayor número de autónomos y empresas, mayor actividad económica y por tanto, mayor índice de empleo, desarrollo y cotización que garantice el sistema de pensiones y el sostén de los servicios públicos de calidad.
Los emprendedores valoran el tiempo, hasta tal punto que nunca vuelven de vacío tras realizar una actividad. Apuntan ideas y cultivan las relaciones personales y profesionales pensando en la siguiente oportunidad de negocio, que cubra los gastos de desarrollo de su actividad y ayude a la vez a crecer como empresa.
Con su trabajo diario, mueven la economía llenando de vida y ambiente las ciudades, manteniendo reuniones en hoteles y cafeterías o cerrando tratos en restaurantes que no existirían sin los propios emprendedores y por supuesto, ocupando los locales que de otra forma estarían vacíos, con cristales empañados por el polvo y con esa triste sensación que presenta un espacio desolado y carente de vida.
Los emprendedores generan actividad y por tanto, son un tesoro que debemos cuidar entre todos; desde los propios ciudadanos de a pie hasta los que ocupan un lugar dentro de la administración pública, donde en ocasiones no se les toma con la seriedad y el rigor que merecen, a pesar de que su acción genera los recursos que sustentan los pilares más básicos del sistema público.
Sin emprendedores no hay ambiente, negocio, ni futuro y merecen además de una serie de bonificaciones fiscales, el respeto y reconocimiento por todo el esfuerzo que realizan, permaneciendo en constante estado de guardia, sin dedicar tiempo a pensar en los muchos derechos que deberían obtener por su simple condición, pero sin embargo pensando continuamente en la siguiente inversión que les pueda servir para mantener su plantilla y crecer como empresa.
Después de todo lo expuesto, quizás lo mejor sería hacer caso a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, quien, con no poco acierto en una de sus reglas de discernimiento, acuñó la célebre frase: “En tiempos de desolación, nunca hacer mudanza”. A pesar de la recomendación de un sabio como él y pensando con el corazón de un emprendedor, estoy convencido de que a la espera de tiempos mejores, lo mejor será seguir trabajando con constancia y mirando siempre hacia delante.