Tomó posesión de su sillón en 2008 junto a otros siete destacados intelectuales

 

El filósofo, historiador, sociólogo y filólogo Tzvetan Todorov, miembro de la Academia Europea de Yuste, ha fallecido a los 77 años en París. Todorov era miembro de la Academia Europea de Yuste desde 2008, cuando tomó posesión del sillón Rousseau durante la ceremonia de entrega del Premio Europeo Carlos V a la política francesa Simone Veil, primera mujer presidenta del Parlamento Europeo.

Además de asistir a la imposición de la medalla que le acredita como miembro de la Academia Europea de Yuste, día en el que también se le comunicó que había sido galardonado con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia”, Tzvetan Todorov hizo el discurso en Yuste en nombre de los académicos designados ese año. En su intervención habló de la unidad e identidad europea, argumentando que la unidad de Europa “reside en su manera de administrar las diferentes identidades regionales, nacionales, religiosas o culturales que la constituyen, dándoles un nuevo estatuto y aprovechando esa misma pluralidad”. En cuanto a la identidad, según el filósofo, “se basa en la renuncia de la violencia”, añadiendo que “la proximidad de los otros se convierte en una fuente de beneficios”. En su discurso explicó que en el seno de la Unión, no todos los países tienen el mismo peso, pero “todos se pliegan a la misma justicia”, por lo que los estados más poderosos, “se ven obligados a ayudar a los que son más débiles porque los derechos no dependen de la fuerza”. Todorov cerró su discurso, que sigue siendo de actualidad ocho más tarde, recordando que “el pluralismo de los orígenes y la apertura a los otros se convirtieron en la marca de Europa” y para ello recordó la versión del historiador griego, Heródoto, sobre el nacimiento de Europa: una mujer doblemente marginal por ser extranjera e inmigrante involuntaria que habita en una isla, lejos del centro, que los cretenses convirtieron en reina y los europeos en su símbolo.

El sociólogo también participó en la reunión que la Academia Europea de Yuste celebró ese mismo año en Cáceres donde se aprobó la declaración “Lo que todos los escolares deberían saber sobre Europa: hacia un currículum interactivo sobre civilización europea para alumnos de bachillerato”:

http://www.fundacionyuste.org/wp-content/uploads/2015/09/escolares2008_es.pdf

Además, Todorov, como el resto de académicos de Yuste, formaba parte del Consejo Asesor de la revista ‘Pliegos de Yuste’ que publica la Fundación Academia Europea de Yuste.

El filósofo búlgaro fue nombrado académico junto al político finlandés Martti Ahtisaari,  presidente del país entre 1994 y 2000, y Premio Nobel de la Paz, galardón que recibió ese mismo año, que ocupa el sillón Nicolás Copérnico; a la historiadora María del Carmen Iglesias Cano, Académica de Número de la Real Academia Española, que ostenta el sillón Montesquieu. También fue nombrada académica la historiadora portuguesa, Manuela Mendonça, presidenta de la Academia Portuguesa de la Historia, que ocupa el sillón Juana de Arco; la política rumana, Monica Luisa Macovei, actualmente miembro del Parlamento Europeo, que ocupa el sillón Eugène Ionesco;  el político extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra, presidente de la Junta de Extremadura entre 1983 y 2007, con el sillón Manuel Godoy; la editora alemana Inge Schoenthal Feltrinelli, consejera de la Fundación Giangiacomo Feltrinelli y miembro del Comité Promotor de la Escuela de Libreros “Umberto y Elisabetta Mauri”, que ocupa el sillón Clara Zetkin, y el científico y político, Federico Mayor Zaragoza, director general de la Unesco entre 1987 y 1999, con el sillón Leonardo Da Vinci.

El Patronato, los Miembros de la Academia y todo el equipo de la Fundación Academia Europea de Yuste siente tan enorme pérdida para la cultura Europea de una gran persona e intelectual, pensador y europeísta convencido sumándose al dolor que no sólo su familia, sino todos los que le conocieron y leyeron estarán sintiendo en este momento.

 

Discurso de aceptación

La Unión Europea existe ya, con un formato u otro, desde hace más de medio siglo, y todos conocen las grandes líneas de su organización política y administrativa. Sabemos bien que no se trata de un pueblo único ni de un Estado centralizado, como buscaban los proyectos anteriores de unificación de nuestro continente, tales como los de Carlomagno o Carlos V, Napoleón o Hitler. En cambio, no existe acuerdo unánime cuando nos preguntamos en qué consiste nuestra unidad cultural y espiritual. Se recuerda, naturalmente, la tradición racionalista y democrática griega, el Estado y la legislación romanos, la espiritualidad cristiana, pero ninguno de esos legados permite identificar Europa con claridad. En primer lugar, porque hay muchas otras características de su historia, y no siempre gloriosas, que forman parte integrante de su imagen. Además, porque esas características dieron lugar a jerarquías distintas entre países e incluso entre regiones de un mismo país. Por último, porque el pasado por sí solo no decide una identidad, ya sea colectiva o individual: la voluntad de actuar en el presente y en el futuro contribuye mucho también a ello.
Se podría partir precisamente de este hecho: la identidad espiritual de Europa no conduce a borrar las culturas particulares ni las memorias locales. Su unidad reside más bien en su manera de administrar las diferentes identidades regionales, nacionales, religiosas o culturales que la constituyen, dándoles un nuevo estatuto y aprovechando esa misma pluralidad. Esa identidad espiritual consiste no en una lista de nombres propios o en un repertorio de ideas generales, sino en la adopción de una misma actitud ante la diversidad. Pero, ¡cuidado!: si la única característica de la identidad europea consistiera en la aceptación de lo diverso, sería una identidad muy débil, ya que podría dar cabida a cualquier ingrediente extraño. En realidad, la identidad reside, no en la diversidad por sí misma, sino en el estatuto que se le concede. Así es como un rasgo negativo y relativo se convierte en una cualidad positiva absoluta, la diferencia se convierte en identidad y la pluralidad en unidad. Porque, por paradójico que pueda parecer, se trata de unidad: de una forma de darles el mismo estatuto a las diferencias.
La ventaja de la pluralidad estriba en que favorece la libertad de cada uno de pensar y de juzgar. Quien no conoce más que las normas de su país está obligado a someterse a ellas; cuando, por el contrario, tiene ocasión de comparar entre normas diversas, distingue más fácilmente los prejuicios o la moda de lo que es justo y verdadero. Al mismo tiempo, la existencia de distintos Estados de un tamaño comparable impide la instauración de un imperio o de un poder centralizado. Esta división supone a veces un freno al desarrollo, pero en 2 general las ventajas superan a los inconvenientes. Recordemos cómo Cristóbal Colón consigue realizar su viaje inaugural: rechazado por un primer príncipe, el de Portugal, este genovés va a ver a un segundo (el rey de Inglaterra), luego a un tercero (el rey de Francia) y a un cuarto (en España), antes de encontrar en la reina Isabel de Castilla a la mecenas de sus expediciones. Si Europa hubiera sido un imperio unificado, el rechazo del primer y único príncipe habría significado el final de sus proyectos. Igualmente, la censura impuesta en un país ha podido soslayarse por publicaciones en el país vecino: afortunadamente los dirigentes, temporales o espirituales, no están nunca completamente de acuerdo entre ellos.
La identidad europea se basa en la renuncia a la violencia; este principio puede considerarse hoy como algo adquirido. Pero el reconocimiento de la pluralidad interior no se limita a la ausencia de hostilidades armadas. La proximidad de los otros no sólo no es ya una amenaza, sino que se convierte en una fuente de beneficios. En el seno de la Unión, no todos los Estados tienen el mismo peso, pero todos se pliegan a la misma justicia. Por ello los estados más poderosos se ven obligados a ayudar a los que son más débiles: los derechos no dependen de la fuerza.
La política de la Unión Europea en relación con los países del resto del mundo no puede tener por principio la igualdad estricta, pero se puede inspirar en un ideal de equidad. Esta es una “igualdad matizada”, una justicia en el sentido moral y no jurídico. A diferencia de la igualdad, la equidad tiene en cuenta el pasado y el futuro de una relación, su contexto actual, las necesidades y aptitudes de los participantes. En el territorio europeo, los residentes de países extranjeros no pueden tener los mismos derechos que los ciudadanos, pero no habría que olvidar sin embargo que son seres humanos como los demás, animados por las mismas ambiciones y aquejados de las mismas carencias. Si consigue mantener este rumbo, la Unión Europea servirá de ejemplo a otras regiones del mundo por su forma de gestionar las relaciones entre sus múltiples miembros.
El continente europeo lleva el nombre de una joven, Europa, que Zeus, transformado en toro, raptó y abandonó en la isla de Creta, donde ella tuvo tres hijos. Pero Herodoto cuenta una versión mucho más realista de esta leyenda. Según él, Europa, hija del rey Agenor de Fenicia (territorio que corresponde al Líbano actual), fue raptada no por un dios sino por hombres bien corrientes, los griegos de Creta. Vivió después en Creta, donde dio origen a una dinastía real. Por tanto, es una asiática que vino a vivir en una isla del Mediterráneo la que le dará nombre al continente. Esta denominación parece anunciar, desde los tiempos más remotos, la futura vocación de Europa. Una mujer doblemente marginal se convierte en su emblema: es de origen extranjero, es una desarraigada, una inmigrante involuntaria; habita en 3 la periferia, lejos del centro de las tierras, en una isla. Los cretenses la convierten en su reina; los europeos en su símbolo. El pluralismo de los orígenes y la apertura a los otros se convirtieron en la marca de Europa.
Tzvetan Todorov