Marciano Martín Castellano Editor y Director de La Aldaba

El próximo año se celebrará por una gran parte de la geografía nacional el 150 Aniversario del nacimiento del poeta José María Gabriel y Galán, uno de los poetas más reconocidos de principios del siglo XX por realizar una poesía conservadora en estructura y temática: defiende la tradición, la familia, el dogma católico o, con singular sensibilidad social, la vida campesina.
Pocas cosas se pueden decir ya de este ilustre vate que nuestros lectores no conozcan de la vida y la obra de este hombre que nació el 29 de junio de 1870, en la población salmantina de Frades de la Sierra y que falleció a los 34 años, en la localidad cacereña de Guijo de Granadilla.
Gabriel y Galán fue maestro tres años en Guijuelo y seis en Piedrahita, donde dejó muy buenos recuerdos, para dedicarse en Guijo de Granadilla a la administración de las fincas de la familia de su mujer, concretamente de Juan Antonio Rivero Galán, tío de su esposa.
Durante esta época, corta por desgracia para el poeta, Gabriel y Galán empieza a escribir con más asiduidad que antes, ya que tenía mucho más tiempo libre y capacidad para componer sus poemas, sobre todos los dedicados a la vida campesina.
Uno de esos poemas, “Mi vaquerillo”, está dedicado a Félix Monforte Chorro, un personaje que poco se ha hablado o escrito de él y que fue un gran amigo de Gabriel y Galán, y después de su vida, Desideria García.
Desde estas páginas hoy quiero recordar a este personaje que pasó desapercibido por la biografía de José María Gabriel y Galán, pero que siempre estuvo en la memoria de su mujer y sus hijos, y ahora de los nietos el ilustre poeta.
Félix Monforte fue el vaquerillo que durante varios años cuidó las vacas de la familia Rivero Galán, por encargo del poeta. El pequeño Félix nació en Guijo de Granadilla un 18 de mayo de 1881, era el segundo hijo de Anacleto Monforte y de Segunda Chorro. El pequeño fue bautizado cuatro días después de nacer en la iglesia parroquial del Apóstol San Andrés, por el cura Ángel González Ruano. Sobre los nueve o diez años el pequeño vaquerillo empezó a trabajar para Gabriel y Galán, con quién llegó a tener una gran amistad. Por aquella época se encargaba de cuidar una docena de vacas, que más tarde llegarían a ser más de 100 reses, me cuentan algunos vecinos de Guijo de Granadilla.

Félix Monforte, el hombre que cuidaba las vacas de José María Gabriel y Gálan.


Pero Félix Monforte no quería ser vaquero y tras unos años de trabajo en las tierras de Rivero se marchó a formarse como carpintero-ebanista, algunas fuentes dicen que a Hervás y Plasencia, y otras a la zona salmantina de Sierra de Francia.
El vaquerillo, decía Gabriel y Galán que era un niño listo, muy alegre y con gran personalidad, para la corta edad que tenía, hay que reconocer que José María era un gran pedagogo. También contaba con buenos pastores que le ensañaron el oficio, como Plácido Jiménez, muy apreciado por el poeta y por Antonio Rivero.
La historia de “Mi vaquerillo” empieza en la finca “El tejar” donde el pequeño Félix cuidaba la camada de vacas día y noche, para evitar que los ladrones y las alimañas hicieran daño a los animales. José María solía ir todos los días a esta dehesa, unas veces sólo y otras acompañado de Antonio Rivero, para ver las vacas y conocer las necesidades de los empleados.
El pequeño era muy trabajador y organizado con las tareas de la ganadería, tenía siempre en su mente el nombre de los animales, a los que asiduamente llamaba por sus nombres para trasladarlos de cercado o llevarlos a beber al río, me cuentan algunos ancianos del lugar. Este sería el motivo por el que José María Gabriel y Galán cogió tanto cariño al pequeño, que llegó a tratarlo como a sus hijos.
El poeta le prometió darle estudios y buscarles mejores condiciones de viva, pero Félix siempre se negó, quería ser carpintero y montar un taller en Guijo de Granadilla para sustento de su familia.
Cuentan los lugareños que un día el poeta decidió pasar la noche al sereno con el vaquerillo para conocer in situ la dura vida de vaquero en las dehesas extremeñas, donde en invierno llovía y helaba, y en verano hacía mucho calor.
Los dos protagonistas acudieron al campo con un morral cargado de viandas elaboradas en invierno en cuñas de queso curado para cenar al aire libre. El poeta regaba la cena con vinos de sus viñedos y el niño con agua de las fuentes que había en las tierras, incluso como era verano con un buen gazpacho, que le hacía su madre.
La noche fue normal, los animales se comportaron bien y el vaquerrillo durmió arropado con su manta de lana de un tirón, según comentan los vecinos que decía Gabriel y Galán. Mientras él no paraba de pensar en el niño y en los problemas que pudiera acarrear la noche a un ser tan pequeño. El poeta era incapaz de pegar ojo, su mente estaba puesta en lo mal que lo pasaría el pequeño, sobre todo en invierno con los temporales de agua y frío.
Al clarear la mañana José María Gabriel y Galán despertó al pequeño para preparar el desayuno y comprobar que toda la vacada estaba en perfectas condiciones. El maestro despertó al pequeño diciéndole “levanta mí niño, que vamos hacer una lumbre para hacer un rico almuerzo, levanta”, me comenta una persona mayor a las puertas de la Casa Museo Gabriel y Galán, en Guijo de Granadilla. Y así fue. Tras el desayuno ambos hablaron largo y tendido de las cosas del campo y la ganadería, palabras que días más tarde sirvieron para que el vate confeccionará el poema de “Mí vaquerillo”, una de las obras más emblemáticas de poeta del terruño.
Al terminar el desayuno el poeta se marchó a su despacho diciendo al pequeño: “Tú te quedas luego guardando las vacas, a la noche las dejas. San Antonio Bendito las guardas, y le dices a tu madre que vaya a mi casa, que quiero aumentarte la soldada”. Estas palabras luego se convertirían en versos para el poema.
Y así nació el poema de “Mí vaquerillo” que tantas veces hemos leído o escuchado recitar por las tierras vecinas de Castilla y Extremadura.
Pero continuemos hablando de Félix Monforte Chorro, años después decide dejar la ganadería y marchar a trabajar de carpintero-ebanista, no se sabe si a Ahigal o Hervás. En estos años conoce a la que fue su mujer Nicolasa Sánchez, con la que se casó el 9 de noviembre de 1912, en la iglesia de los Santos Mártires Fabián y Sebastián, en Valdelageve (Salamanca). Él tenía 31 años y su mujer 24.
Tras el casamiento el trabajo era duro y escaso en la población, y decidieron emigrar a Cuba para trabajar en la carpintería, pero sus esfuerzos fueron nulos. No había trabajo de carpintero-ebanista en la isla americana y tuvo que dedicarse a cortar cañas de azúcar. Durante esos años, allí nacieron cuatro de sus hijos. Pero el clima y el trabajo no le gustaban mucho y decidieron regresar a Guijo de Granadilla, donde montó un pequeño taller de carpintería. Que era el sueño que Félix tenía.
A los pocos años de montar el taller se marchó al pueblo de su mujer, la población salmantina de Valdelageve, a unos treinta y tantos kilómetros de su pueblo natal. La familia regreso a Valdelageve a cuidar de los padres de su mujer, que cayeron enfermos y estaban solos.
A partir de estas fechas Félix Monforte empezó a distanciarse del pueblo y sólo baja en épocas de montanera con algunos de sus nueve hijos, para engordar a los cerdos ibéricos en la dehesa, con los que luego en invierno hacía la matanza y elaboraba sus embutidos.
La familia de Gabriel y Galán le quería ofertar sus fincas a precio cómodo, que él pusiera las condiciones adecuadas, pero su mujer nunca le dejó que comprara tierras de Guijo de Granadilla. De hecho Félix tenía varias en propiedad, hasta que las vendió y se desvinculó, sobre los años 30, dice uno e los vecinos de la pequeña localidad.
Hasta que falleció realizó muchos trabajos, sobre todos los relacionados con la carpintería, albañilería, agricultura y ganadería. Su muerte fue el 15 de mayo de 1968, y sus restos están enterrados juntos con los de su hijo Porfirio en el cementerio de Valdelageve.
Su mujer Nicolasa Sánchez marchó con su hija Iluminada a Barcelona donde falleció seis años después.