A pocos días de que termine 2020 y antes de hacer balance de un año para olvidar, aquellos que tenemos fe en Cristo preparamos la llegada de una nueva Navidad.
En el mundo que vivimos, mientras la globalización gana terreno en detrimento de nuestras tradiciones y en un año tan complejo como este que termina, el peor que cualquiera de nuestra generación presente alcance a recordar, es justo hacer memoria sobre el origen y el significado de una fecha tan marcada como es la Navidad.
Lejos de vincular 2020 a un término tan manido como el de pandemia, éste ha sido sobre todo, el año de los abrazos perdidos y los besos robados. El año que desapareció el contacto entre personas y se dilapidó la independencia del individuo.
Somos muchos los que por ley de vida nos dejamos familiares y amigos por el camino. Otros tantos, perdieron desgraciadamente a sus seres queridos a causa del maldito virus que ordenó nuestra existencia y se metió en nuestra casa, por capilaridad y en forma de Covidiario, a través de los innumerables medios de comunicación.
2020 fue también el año en que perdimos el empleo y el café con nuestros compañeros de trabajo. Fuimos testigos de la desaparición del comercio de la esquina; ese que con tanto tesón defendía su propietario, o de cómo se cerraba durante meses el negocio próspero que había abierto apenas hacía un año, después de la tremenda inversión y la ilusión por levantarlo.
Tras varios meses encerrados en casa, 2020 escondía además la perversa intención de sacarnos amordazados a la calle, sin dejarnos apenas respirar y bajo una atmósfera tenebrosa de desconfianza y de miedo a un posible contagio.
España perdió más de 60 millones de turistas en estos meses, desmantelando por completo, el motor más potente para nuestra economía y nuestro empleo.
Pero si hay algo importante que nos dejamos en este fatídico 2020, fue nuestro bien más preciado. El derecho a elegir de forma responsable nuestra manera de actuar dentro de la sociedad. O dicho de otro modo, nuestra libertad.
Perdimos algo tan cotidiano como juntarnos en familia o salir a cenar con los amigos. Dejamos de viajar y conocer nuevos lugares y nuestro ámbito se redujo, en multitud de ocasiones, a la inmensidad de nuestro municipio.
El año que termina, trajo la ruina sanitaria, social y económica. Nos hizo perder la confianza en determinados estamentos y nos descendió a niveles de bienestar que nunca habíamos conocido.
Por todos estos motivos, el simple hecho de alcanzar una nueva Navidad, es motivo para darle gracias a Dios por habernos ayudado a pasar este bache y poder afrontar la época de recuerdo y celebración en familia, teniendo presente el nacimiento de Jesús. La luz que alumbra nuestros pasos y nos guía por el buen camino.
El nacimiento del niño Jesús, que conmemoramos durante cada Nochebuena, simboliza la humildad y el buen corazón de las personas. Un gesto que los cristianos relacionan con que la felicidad no se encuentra en los fines materiales, sino en determinados valores humanos y en el amor que se muestra en las acciones con los demás.
El sentido de la Navidad debe hacernos además mejores personas así como reflexionar sobre las verdaderas cosas importantes de la vida. Son muchas las ocasiones en que malgastamos el tiempo con discusiones absurdas entre familiares y amigos, sin pensar, que el tiempo que se va no vuelve y que nuestra salud se debilita de forma innecesaria.
Hoy, a las puertas de una nueva Navidad, es un buen momento para hacer balance del difícil año que termina, tratando de corregir los errores cometidos y por supuesto, sin dejar de recordar a los seres queridos que nos dejaron. Pero es también un buen momento para disfrutar por unos días en la paz que otorgan la familia y los amigos, celebrando la salud y brindando por el milagro de la vida.
Con el deseo de que nunca más volvamos a vivir un año como el que termina, para todos y de corazón, Feliz Navidad.