Yacía en el suelo encogida. Su cuerpo cansado de agitarse contra las frías baldosas, hacía pensar que no respirase. Sus ojos secos de humedecer su rostro, permanecían abiertos mirando a ninguna parte. No podía levantarse, le dolía todo el cuerpo y sentía que la vida se le iba lenta y silenciosa.
Haciendo un gran esfuerzo, intentaba mover los labios para decir algo. Quería que acabase cuanto antes, no podría soportar que su hijo la viese así.
El amor de su vida, aquel que conoció en plena juventud, ese del que estaba locamente enamorada y por eso, estaba ciega; tanto que no se daba cuenta de como la controló desde el primer momento. Los primeros enfados, y con ello los arrepentimientos. Le quería tanto, ¡Vivir juntos qué alegría! Será maravilloso compartir tantas cosas.
Con los primeros meses el control se acrecentó, las broncas, el mal humor, y el primer tortazo. El primer perdón.
Cuando nació su pequeño, fue infinitamente peor. Celos, rabia y golpe tras golpe.
Decirlo, era reconocerlo. Callarse y esperar a que cambiara, era mentirse.
Ahora solo podía buscarle con la mirada, implorándole que terminase de una vez, antes de que su hijo volviera a casa, mientras su cuerpo se iba apagando.
Se acercó hablándola por la espalda y fue girando poco a poco, consciente de que ella no podía moverse. Se agachó y mantuvo la mirada a un palmo de sus ojos.
-Puta.
-Ya tienes tu merecido.
-Eres basura.
-No vales nada.
-Voy a dejarte morir y después me pegaré un tiro. Sí, así no podrás librarte de mi jamásss- Alargó la ssss final, para que no acabase nunca.
Esa era su hazaña.
El pequeño escondido tras el sofá, veía la escena, como tantas otras veces. En silencio, horrorizado y triste. Pero esta vez era diferente había hecho una llamada con el móvil y la policía tiraba la puerta abajo.
El cobarde no pudo culminar su gesta. Su destino sería otro bien distinto.
Ella, por fin pudo descansar en paz.