La democracia es el espacio en el que la exclusión y la disfonía ante el diálogo no tiene cabida. Por el contrario, la generosidad es el espacio de encuentro en el que los consensos se transforman en acuerdos y los acuerdos en referencia para el resto de la sociedad.
Sé que en tiempos del resumen y del fragmento, es cada vez más complejo recurrir a los caminos que, lejos de ser lineales, se bifurcan tercamente, en una nada inmaterial que todo lo ocupa. Nuestro deber, como militantes, representantes y portavoces del sentir ciudadano es encontrar, precisamente, el lugar común colectivo desde donde destejer los problemas y construir las soluciones para la sociedad en su conjunto.
Nadie tiene la verdad absoluta en nada y por ello se antoja necesario escuchar otras sensibilidades y ponerse en lugar de otras formas de entender la vida, el mundo, las relaciones sociales. Cada día que pasa se antoja más necesario renunciar a los reduccionismos, a los gritos, a lo malsonante que nada describe, sino las propias limitaciones para pensar en equipo y referenciar una posición colectiva más allá de las paredes de nuestros despachos, sedes, oficinas y clubes de amigos.
La promiscuidad intelectual nos obliga a sincerarnos ante el espejo y concedernos el derecho a sumergirnos en las limitaciones que vemos enfrente y dentro, limitaciones que, una vez reconocidas, pueden albergar el comienzo de, con sinceridad, la búsqueda de pensamientos que, sumados unos con otros, pueden y deben componer el espejo del alma social, de esa sociedad que ansiamos representar para transformar sus amarguras cotidianas en esperanza y felicidad futuras.
No existe la infalibilidad, hemos andado y tropezado, avanzado y retrocedido en cada una de las facetas de la vida y desde esa obvia experiencia reconozco la necesidad imperiosa del diálogo, del trabajo en equipo, del potenciamiento del talento individual en reciprocidad con lo que nos han dado, con las puertas que nos han abierto y con la paciencia con la que nos han soportado.
No busquemos más consignas vacías, sino verbalizaciones que narren y enfoquen su mira en problemas complejos. La política ha de convertirse en lo que a la gente le importa de verdad y no en estribillos disonantes, desafinados y expresados sin vergüenza ajena, que es la que más duele.
La naturalidad, la sinceridad, el afán por encontrar acuerdos y el futuro como realidad posible nos hace referentes ante la gente que espera con paciencia –demasiada- que estemos a la altura de su día a día.
La generosidad como ética política implica dejar de mirarnos el ombligo y de aceptar el enorme reto que tenemos por delante. El protagonismo es de la sociedad y quien no lo entienda sucumbirá en su propia miseria.