Debía coger el tren; el primero que saliera, daba igual a qué hora. La llamada de teléfono del vecino de su hermana, le había dicho que hacía unos días que no se cruzaba con ella en el descansillo, ni coincidían en el ascensor. No es que él estuviera acosándola, ni tampoco aburrido y pendiente de Candela, una mujer joven, alta y esbelta, pero que traía de cabeza al pobre Paco, porque a menudo y al principio estaba tan confundido como intrigado.
Candela tenía el pelo largo y corto. Rubio, moreno, canoso o pelirrojo. Paco pensaba con esos cambios de pelo, que era actriz y salía preparada para su obra o que le gustaba presumir o vete tú a saber; incluso la cojera que ella disimulaba con un alza en sus zapatos, todo le gustaba. Él estaba encantado con ella.
A veces parecía que había cogido unos cuantos kilos a juzgar, por la incipiente tripa que se adivinaba bajo la ropa aunque fuera holgada, claro que bien podía ser un embarazo.
El día que Paco cayó en la cuenta de que podría estar embarazada, sintió un sobresalto aderezado con un exceso de celos que no tenían sentido alguno; pero fue en ese momento en el que se dio cuenta que sentía algo intenso por ella.
Lo cierto es que de la noche a la mañana, la tripa desapareció y los celos de Paco se fueron debilitando. Aunque de pronto le asaltó otra inquietud…y si Candela… ¿había abortado?. Y eso si que no iba a permitírselo, porque él, no estaba de acuerdo con el aborto.
Paco tenía la mirilla desgastada del uso, tanto se pegaba a ella que a veces se le quedaba marcado un circulo delimitando el ojo.
Siempre estaba vestido para salir a la calle; así tan pronto veía a Candela que salía de su casa y cerraba la puerta tras de sí, el se hacía el coincidente y aparecía en el descansillo dispuesto a compartir ascensor.
La estrategia estaba muy estudiada porque unas veces, salía con un libro para devolver a la biblioteca, y otras con basura para tirar, o con bolsas para hacer la compra.
Candela parecía no darse cuenta de esa casualidad tan repetida. Le daba los buenos días, y se metía en el ascensor, sin ser consciente de la importancia de un saludo, una mirada, una sonrisa, una palabra para Paco.
Y hoy el teléfono no deja de sonar al otro lado de la puerta porque Paco, esta preocupado. Hace días que no ve a Candela salir y él vigila día y noche. Quizás en algún momento en el que era necesario abandonar la guardia para ir al baño, entró un invitado y están celebrando una cena con velas; sin fin. El solo pensamiento de aquello le hacia sentirse horriblemente mal. Pero no podía ser, Candela no era de esas mujeres, Paco la conocía bien; así que volvía a marcar el número de su vecina una y otra vez, hasta agotar el último tono. Paco podía oírlo incluso sin ponerse el auricular, porque parecía salir por debajo de la puerta de Candela.
Desesperado había llamado a su hermana; tenía el número de teléfono porque la casera se lo había dado, aunque no le salió gratis. Pero eso a Paco no le importaba.
Apenas amanecía en el tercer piso de la planta de Paco y Candela, se abría la puerta del ascensor. Un ojo pegado a la mirilla seguía observando sin parpadear, como quien no atina a ponerse una lentilla.
Una mujer de altos tacones, piernas vertiginosas vestidas con medias negras, un abrigo de piel, y un bolso, miraban hacia las puertas A y B. Paco abrió sin querer esperar más, aquella mujer iba sin duda al B, al piso de Candela.
—Perdone, ¿puedo ayudarla?
—Sí, verá..la mujer dudaba en contestar mientras miraba de arriba abajo a Paco, con aspecto de no haberse aseado en días, por no hablar de su ropa. Él, al darse cuenta se coloca y estira la bata de estar en casa, e intenta esconder los pies cubiertos con unas zapatillas de varias temporadas. Sin dejar de mirar a una mujer bellísima, de ojos negros y labios rojos.
—Soy Paco, se adelantó para que no hubiera duda de que había sido él quien había llamado.
—Sí, esta es la puerta de Candela, verá hace días que no la veo; vamos que igual se ha ido de viaje, pero me preocupa porque somos amigos, sí..sí…sí. Nos contamos muchas cosas, incluso la he invitado a cenar en más de una ocasión.—Paco no paraba de darle datos, quería que comprendiera que entre ellos había algo más que una relación de vecinos.
—Por cierto, es usted su hermana ¿verdad?—Paco no dejaba de mirar unos labios carnosos de un rojo cereza.
—Sí. Gracias por llamarme.
La mujer saca unas llaves del bolsillo del abrigo, y mete una de ellas en la cerradura que gira sin problemas. Paco se pega a su espalda, convencido de que va a entrar con ella, teniendo en cuenta que son algo más que vecinos.
—Disculpe, si no le importa.— La mujer ha abierto la puerta lo justo para entrar ella y Paco estira el cuello y la cabeza, en un intento de localizar a Candela.
—Pero, un momento.
—¿Sí?—la mujer se ha vuelto sujetando la puerta.
—¿De dónde ha sacado esas llaves?
—Se las he pedido a la casera. A fin de cuentas vengo a ver a mi hermana.
Ha amanecido, la hora de la cena, había pasado al igual que la del almuerzo. Paco sigue pegado a la mirilla, sus ojos no pueden más, a lo largo del día los ha ido turnando, aunque su ojo derecho acostumbrado a esa labor ha estado más tiempo.
Y por fin la puerta de enfrente se abre. La mujer sale primero impecablemente vestida tal y como entró. Le sigue un hombre con un elegante traje, sujetando un sombrero en una mano y con la otra tira del pomo para cerrar la puerta, dejando las llaves puestas. Los dos cogidos de la mano caminan hacia el ascensor. Él, diría que cojea de la pierna derecha.
Los ojos de Paco se quedan congelados al comprobar que el hombre lleva un alza en unos de sus zapatos. Y de pronto tiene un presentimiento, una sospecha; no puede más y abre la puerta de Candela.
—¡Candela! ¡Candela! ¿Estás bien?, soy Paco.
En el piso de Candela, no hay nadie.
Paco no puede creérselo, vuelve a su casa, corriendo se asoma a la ventana.
La pareja sigue caminando cogidos del brazo.
—¡Candela! ¡Candela! vuelve a llamarla desesperado.
Los dos se giran hacia la ventana de donde proceden las voces. Y el hombre le grita.
—“Adiós Paco” ha sido un placer que fueras mi vecino.
En el piso de Candela, quedan las pelucas, los vestidos, todas sus cosas. Paco está de pie y en una de sus manos sostiene un zapato del pie derecho de mujer con un alza.