Cada 3 de mayo se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, sus fundamentos y sus necesidades para sobrevivir en un mundo mediatizado por intereses y coyunturas que entremezclan sus caminos en encrucijadas que no siempre tienen fácil solución.
Pero hablemos un poco de libertad, comunicación y cómo hemos asistido al mayor “cataclismo” de la historia en materia informativa. Es evidente que la comunicación ha cambiado y que las libertades individuales están cada vez menos ateridas. Sin embargo, lo correcto o lo que no lo es ha dejado de debatirse para dar paso a la histeria de la inmediatez.
Ya no son noticia únicamente aquellas informaciones reproducidas por medios tradicionales. Hoy, una estrella de cine, de fútbol o de la política misma cuenta con herramientas sencillas de difusión y por tanto son la fuente directa de la socialización de la noticia.
Es paradójico que esto suceda porque en la inmensa mayoría de los casos, los medios tradicionales han sido los responsables del endiosamiento de aquellos que, una vez convertidos en dioses, hablan al mundo desde su atalaya, sea Facebook, twitter, instagram o demás redes sociales.
En este sentido, y una vez reconocido el cambio que ha dado la forma de expresar que, en 140 caracteres también es el fondo con sus defectos y virtudes en cuanto a la capacidad para fragmentar el discurso, la sociedad debe aprender también a modular las responsabilidades de la libertad, ya no de prensa únicamente, sino también de comunicación.
La responsabilidad implica legislar para evitar que, desde el anonimato, de las cuentas fakes, trolls, en broma o en serio, cualquier encapuchado digital pueda y decida escribir lo que le venga en gana y ante la locura de la búsqueda de la viralización, se alimente la desigualdad, el odio y la intolerancia.
Mirad, tanto ha cambiado todo en el contexto informativo, que un tuit del jugador del Barça, Gerard Piqué, tenía alrededor de 120 mil retuits. ¿Qué mensaje puede ser tan interesante? ¡Tres puntos suspensivos! Sí, tres puntos suspensivos en un contexto conocido por todo el mundo y retransmitido por un medio tradicional –la tele- era virtualmente eclipsado por tres puntos suspensivos. Tanto ha cambiado la información y la forma de comunicar que la elocuencia del silencio mismo (…) participa de la opinión supuesta y reproducida desde una cuenta personal.
Una vez que sabemos y reconocemos la revolución tecnológica que ha provocado la transformación comunicativa, es imprescindible seguir impulsando la libertad de prensa para sostener el estado de derecho ante los ataques interesados y casuales de una sociedad que recurre a lo sencillo y digerido por otros para repetir y repetir lo que no está necesariamente demostrado.
La libertad no ya de prensa, sino de comunicación –la verosimilitud y la verdad las debatiremos otro día-, en definitiva, debe empeñarse en luchar contra la censura del contexto y la autocensura e intencionalidad de los intereses económicos de los imperios de la comunicación. Estamos ante un nuevo reto: construir una sociedad libre que además sea responsable ante esa libertad y que, desde la comunicación, ayude a generar un marco de convivencia e igualdad, evitando y combatiendo el sexismo, la intolerancia y el odio.
Ayer, como hoy, en definitiva, sigue siendo una verdad absoluta aquella frase de Voltaire, que decía: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”. Adaptémosla al futuro que es hoy.