Eduardo Béjar Martín. Diputado regional

Cuando nos preguntan cómo hemos afrontado esta crisis sanitaria, o cómo creemos que cambiará el mundo después de sufrir esta pandemia, la mayoría de personas llenan sus respuestas de buenos propósitos, de buenos deseos, de mensajes para que nuestro porvenir sea mejor, para aprender de esta situación, para mejorar nuestras prioridades, para unirnos y buscar puntos de encuentro.
Los maestros les piden a sus alumnos que hagan redacciones y que opinen acerca de su experiencia durante el confinamiento, las familias realizan videollamadas con sus familiares deseando que estén bien y animándose mutuamente, los profesionales de la sanidad se esfuerzan en aprender del virus y en cuidar, cada día mejor, a los enfermos, los agricultores siguen defendiendo sus reivindicaciones, pero las aparcan porque saben que ahora más que nunca son un sector primordial para garantizar que nuestras despensas estén llenas…
Por lo general la mayoría tiene claro las prioridades y como cuando no nos toca la lotería, se hace viral aquello de que la salud es lo primero, lo más importante. Pero existe una rara avis en los partidos de derechas de la política española, donde los buenos propósitos, las prioridades, la búsqueda de puntos de encuentro han desaparecido de su ideario político.
Hay políticos que presumen de saberlo todo, dan ejemplos continuamente, parecen haber alcanzado la iluminación o la sabiduría suprema, emulando a Siddhartha Gautama. Pero parece que han necesitado menos de los 49 días de meditación continua que necesitó el fundador del budismo, para alcanzar ese estado de iluminación, más bien no han necesitado ni un día de confinamiento para meditar.
Desde el comienzo de esta pandemia se han convertido en expertos en todo, en cada intervención se puede constatar su rigor, sus consejos, su ejemplo de cómo afrontar situaciones como la actual, se han convertido en el paradigma de la nueva política, para utilizar esta desgraciada situación mundial provocada por la COVID19 como estrategia para desgastar al gobierno y para intentar ganar votos a toda costa, sin importarles las consecuencias, la generación de mensajes de odio, de división, la difusión de noticias falsas, de bulos intencionados.
Para los expertos portavoces de la derecha, el 14 de marzo ya era tarde para aprobar el estado de alarma, pero el 10 de mayo con 143 fallecidos, 465 hospitalizados y 621 nuevos positivos confirmados era también un despropósito que el lunes siguiente no pasara Madrid a la fase 1. Esa supremacía ideológica parece otorgar la razón absoluta, aún cayendo en contradicciones y errores manifiestos.
Lo razonable sería que en esta situación todos aprendiéramos a dejarnos aconsejar por los que realmente saben y en este caso no por los expertos, puesto que en esta pandemia de momento no se puede afirmar que aún haya expertos contrastados, sino por los que más saben de salud pública y los que más saben de gestión sanitaria.
En la escuela de ingeniería agraria teníamos una asignatura de restauración paisajística, realicé mi proyecto de fin de carrera sobre una restauración de una zona afectada por una carretera, aprendí sobre cómo restaurar taludes, qué especies utilizar, cómo evitar la erosión, cómo restaurar los impactos paisajísticos de las carreteras, recibí un reconocimiento al mejor proyecto fin de carrera por ello, pero no me considero ningún experto en la materia, es más creo que cada día hay que aprender, hay que actualizarse, hay que reconocer nuestras limitaciones y ser humildes. La política debe ser practicar con humildad el ejemplo, proponer soluciones y acuerdos, desde el consenso no desde la confrontación permanente ni desde posiciones intransigentes ni desde el rencor. Restaurar taludes es una tarea hermosa, restaurar mentes e ideas es mucho más complejo. Que la política sirva para ello y para buscar consensos y acuerdos debería ser una obligación más aún en tiempos de pandemia, sería cumplir con las esperanzas y anhelos de la mayoría de la ciudadanía.