Resulta difícil describir con palabras lo que se siente en un lugar alejado del mundanal ruido y de las áreas metropolitanas, en el que los sonidos de la naturaleza tienen un protagonismo especial. El sitio en cuestión, rico en historia, territorio y tradiciones, se encuentra articulado junto al eje fluvial por excelencia de nuestro país, el Río Tajo.
Un lugar creado por la mano de Dios y moldeado por la destreza respetuosa del hombre, en el que el ritmo de la naturaleza marca las pautas del día a día y en el que la presencia humana, ha sabido conciliar y mantener un paraíso de especies, colores y sabores.
Mi primer recuerdo de la Sierra de San Pedro, me traslada a los libros de educación general básica, en los que se identificaba a esta comarca del oeste extremeño, con el contorno de una bellota y la producción del corcho de un monte mediterráneo adehesado, poblado de grandes alcornocales.
La Sierra de San Pedro es la sierra del corcho, pero también lo es de la agricultura tradicional, la ganadería diversa en extensivo, la montería en estado puro o el refugio de insignes especies como el águila imperial y la cigüeña negra, que encuentran en este bello paraje, la paz suficiente como para morar y reproducirse con plenas garantías.


Hoy en día el nombre de la Sierra de San Pedro se encuentra íntimamente ligado al Parque Internacional Tajo-Tejo. Un espacio natural de valor incalculable, formado y reconocido recientemente por la unión de dos Parques Naturales limítrofes y transfronterizos, que ejercen de zona núcleo de la recién declarada Reserva de la Biosfera Internacional Tajo-Tejo; segunda Reserva de la Biosfera de Extremadura, cuadragésimo octava de España y una de las veinte transfronterizas del mundo, aspecto que le confiere mayor enjundia e importancia.
Un reconocimiento otorgado por la UNESCO, únicamente a aquellos lugares que han sabido conciliar el trabajo respetuoso y perseverante del hombre, con la conservación de un territorio rico en recursos naturales y en valores ambientales. Reconocimiento mundial, que acentúa en el mapa las riquezas y valores de nuestra tierra.
Las edades del hombre forjaron en este lugar, un territorio con abrigos rupestres y monumentos megalíticos, tal y como atestiguan elementos fundamentales para entender el origen de la comarca, como la “Cueva del Buraco”de Santiago de Alcántara o el “Dolmen de Valencia de Alcántara”, asentamientos y monumentos ceremoniales primitivos, sobre los que habitaron los primeros pobladores de la Sierra de San Pedro.
La última morada, es hoy en día un lugar apacible y luminoso, que recuerda con transcendencia, el pasado y la historia del Puente Romano de Alcántara y las acciones de defensa del territorio durante la Reconquista, de la Orden Militar de Alcántara.
Un paraje en el que brotan los sonidos y colores de una naturaleza que fluye a borbotones, incitando al descanso y alternando el verde intenso de la mancha de jara con las praderas de leguminosas sobre el sotobosque de la dehesa extremeña en estado climácico.
La carne de caza mayor, procedente de la eminente actividad cinegética de la comarca, marida con uno de los quesos de cabra y oveja más laureados del mundo, el queso de Carbajo, un precioso y pequeño municipio de casas encaladas, que cada víspera de difuntos celebra el festival de música celta y folk más entrañable y acogedor de la Península Ibérica. El Magusto.
Los cortijos de la Sierra de San Pedro, divisados desde la atalaya del Torrico, acompañan una acuarela de tonalidades verdes, azules y amarillas, dibujando un paraíso natural para el disfrute de los amantes de la fotografía y ornitología.
Un trayecto en barco por el Tajo, nos enseña la riqueza natural escondida del paraje, los vestigios de una tradición de pesca fluvial mediante nasas y nos recuerda la Canción del pirata de Espronceda: Portugal a un lado, al otro España y allá en el frente, el rumbo al mar.