Es un lugar común afirmar que, en cierta medida, la responsabilidad es compartida cada vez que se produce un hecho de violencia machista, que no doméstica ni de género porque, mueren mujeres por ser mujeres a manos de hombres cuyo rasgo más enfermizo es, precisamente, el machismo.
Estamos ante una situación de muertes y agresiones constantes que, más allá de índices estadísticos, siguen lastimando nuestro sistema de libertades dado que es incapaz de detener a esta lacra, con métodos absolutamente efectivos y punitivos.
Es una lucha total contra una mancha que mezcla desigualdad y patriarcado, por partes iguales y una red, casi siempre inconsciente, de portavoces inestimables para su propagación. Cuando hablamos de medios de comunicación no nos referimos a los tradicionales en papel, televisión o radio, sino a pequeñas puertas que se ensanchan a través del lenguaje, la publicidad y los estereotipos que han de ser erradicados por convicción y ley.
No podemos permitir que las mujeres seamos novias o esposas de…mientras los hombres son líderes responsables de sus formaciones. No podemos admitir que se cosifique a la mujer como trozo de carne apetecible para una jauría invisible del otro lado de la publicidad y no debemos admitir que las marcas y productos dirijan sus dardos a tal o cual género según su producto.
Hombres infartantes en deportivos con sensuales acompañantes embobadas por el éxito traducido en cilindros, no es más que la repartición de roles ante la misma idiotez que, multiplicada, asume y condiciona, con el tiempo, posturas de poder de unos sobre otros.
No. Ni el lenguaje, ni la fotografía, ni los campos semánticos empleados en torno a unas y otros, son ingenuos. Por el contrario, reproducen patrones de conducta enquistados en una sociedad que debe cambiar porque, como repetimos una y otra vez, no hay sociedad desarrollada que no tenga índices altos de igualdad.
Está en nosotras y nosotros dar la batalla desde la legislación, la educación y la acción cotidiana. A por ello.