Hervás, a 30 de noviembre de 2021.

Rosa Sánchez de la Vega.

Seguro que no te has dado cuenta, pero desde que te has sentado frente a mi, apenas te escucho. Te veo mover la boca; tus labios, que conservan un pequeño rastro del color del carmín que traías puesto y que entre sorbo y sorbo ha ido desapareciendo. He querido besarlos tantas veces que ya ni me acuerdo.
Te miro y me quedo fijo en tus ojos. Decido no bajar la mirada ni siquiera a esa blusa escotada y sensual que sé, que te has puesto a propósito y que sabías iba a deslizarme en ella tan pronto te viera llegar. Jugueteas conmigo, quieres confundirme, o solo provocarme y cuando lo consigues y te das cuenta de mi mirada lasciva, me sueltas alguna de las tuyas al tiempo que te cierras el escote. Te encanta hacer eso. Tengo que anclarme a la silla, porque por mi mismo no puedo quedarme quieto.
Sigues hablando pero he perdido del todo el hilo de la conversación, y tan solo un murmullo débil perciben mis oídos. Gesticulas con las manos, mientras das buena cuenta de tu plato.
Te busco de nuevo en tus ojos, intento que tú te fijes en los míos, mientras no paras de hablar. Si supieras cuanto deseo robarte una sonrisa y que sea mía.
Ojalá dejaras de verme como tu compañero, este que te saca de apuros y te resuelve algunos problemas al que arrojas tu ira, tus miedos.
¡Maldita sea! porque no dejas de pensar en él, me tienes aquí, aunque pareces no verme. No sabes lo que te estás perdiendo. Como tampoco lo supo él.
Debería escuchar que estás diciendo, si adivinas que no te sigo te enfadarás y entonces sí; buscarás mis ojos y me reprocharás que no estoy atento.
Me hablas de tus noches de insomnio y de esa culpa que no te deja dormir, no te deja vivir. No te deja ser tú.
¡Joder, que ganas de besarte!
Y qué, si me muero por ti. Sí, te deseo. Y qué, si quiero dormir contigo y despertarme cada mañana sabiendo que conmigo sí. No sabes, como deseo desnudarte. Si supieras como te deseo.
Y ¿tú? no me digas que no estás pensando en mi. No ves como te grita mi mirada.
No he probado la comida y tú has terminado. Te llevas la copa a los labios. Vas a beberte el ultimo sorbo y, por encima del cristal te detienes a mirarme.
Y por fin me hablas: —¿Puedo saber que estás mirando?