El pasado 21 de marzo, el pintor extremeño Enrique Jiménez Carrero (Granadilla, Cáceres, 1953) llenó la plaza mayor con avisos de su “Pasión por la vida”, una muestra de más de 75 cuadros repartida entre el claustro alto del Centro Cultural Las Claras y la planta superior de la antigua plaza de abastos, frente a la iglesia de san Esteban, reconvertida en 2013 en un centro para emprendedores y servicios diversos de atención al ciudadano.
Ha expuesto Jiménez Carrero sus obras en todos los lugares posibles de su ciudad adoptiva, de la que es también embajador turístico y una de su marcas más conocidas: desde hoteles hasta templos y aulas de cultura. Sus exposiciones se cuentan por éxitos que han traspasado los espacios expositivos. No quedará ya en Plasencia rincón alguno que no haya visto sus obras y haya sentido la emoción que transmiten. Centenares de personas han podido disfrutar de la última hasta el pasado día 23, festividad de san Jorge. Parte de esas obras estuvieron en su pueblo natal en 2005, en que cerca de 40.000 personas visitaron su muestra “Cuando Granadilla…”; quizás en Doha (Catar) en 2007, en que fuere hasta entonces el primer artista español en exponer en aquel país, o en 2009 en Salamanca… Todo pasa, pero nada queda, tan solo en manos privadas o en algún museo. En la Navidad de 2007, Carrero iluminó la iglesia de san Martín con la luz cargada de sueños: el rojo de pasión que tiñen sus cuadros, a veces con el celo material y espiritual con que diere sello al detalle inadvertido. Pasión de colores de su tierra, la villa perdida de Granadilla, y su adoptiva ciudad de Plasencia.
En el despacho de la Alcaldía hay una silla vacía, regalo del pintor a la ciudad, símbolo de todas las sillas idas de su villa natal; sobre la pared, un cuadro, todo colores, ilumina la estancia del corazón del poder de la ciudad. En san Martín, Carrero subsumía un mundo de luces; una de ayer con nombre propio, Inés de Suárez; otra, también ida, a caballo entre Granadilla y Plasencia, que iluminare su presente, la ausente luz familiar de Basilia, la tía que alumbrare sus colores con la caja de lápices que le regalare un día; la de Mercedes, su esposa y sueño siempre presente en sus cuadros; la de Domi, la madre que le diere su luz y la luz de luces; y el rojo de su pasión por la pasión por Plasencia que nos uniere siempre y, más aún, tras la adopción en 2005.
Pedía en 2010 “Una `funda adecuada´ para Jiménez Carrero” en Plasencia, como Helga de Alvear le regaló su colección a Cáceres a cambio de ella, el mismo año, ya en la Casa Grande de la ciudad patrimonio de la Humanidad. Ibarra aceptó ipso facto aquel ofrecimiento de la coleccionista alemana y el museo es hoy una realidad ampliada. Carrero se marchó al destierro con su familia a Alagón del Río. Después se iría a Tenerife para recalar en Madrid, donde ahora reside. Ese pueblo le declaró hijo predilecto en 2011 y él, en justa correspondencia, le regaló una estatua, frente al ayuntamiento, “Encuentros”, una silla cargada de sosiego y esperanza, en la que refleja el simbolismo todo del abandono de su pueblo natal; y patrocinó un concurso de pintura para los escolares de la localidad, descendientes de aquellos primeros colonos que allí se establecieren tras abandonar forzosamente su pueblo.
En 2010 habló Jiménez Carrero con las autoridades placentinas para ofrecerles una colección de 150 obras como base de un museo en su ciudad adoptiva. No recibiere respuesta a la oferta, como a Helga de Alvear se la rechazaren Cultura y varios museos españoles. En la inauguración de esta última exposición de Plasencia, otra voz placentina, la de la presidenta de la Asamblea, Blanca Martín Delgado, se alzó clara y nítida, manifestando su empeño en hacer todo lo posible, junto al ayuntamiento, para que el pintor y escultor tuviere museo en la ciudad, quizás alguna sala en el nuevo Palacio de Congresos, cuya inauguración está próxima. Han pasado diez años de silencio. Plasencia pasa ahora por dificultades presupuestarias; pero nunca puede decir “no” a un pintor y escultor adoptivo que le regala un museo para su ciudad. Ejemplos suficientes son Hervás, con el Museo Pérez Comendador-Leroux, y Cáceres con el de Helga de Alvear. Ellos no dieron nunca una negativa a unas luces, que ahora les engrandecen. No debería hacerlo tampoco Plasencia, nuestra ciudad adoptiva, con la obra de Jiménez Carrero, embajador turístico de la ciudad.