Miguel permanecía inmóvil bajo las sábanas, no se atrevía ni a respirar, no quería que ningún ruido llamase la atención de los Reyes Magos y que por temor a ser descubiertos, se marchasen sin dejarle un solo regalo de los que había pedido en su larga lista. Con los oídos atentos a cualquier sonido que anunciase su llegada y tapado hasta casi los ojos, que abiertos de par en par recorrían sin descanso todos los rincones de la habitación una y otra vez. Sólo se detenían unos segundos en la ventana y después en la puerta; tenía la seguridad de que en cualquier momento aparecerían. Entonces los cerraría fuertemente y contendría del todo la respiración hasta que se hubieran marchado.
Temblaba nervioso mientas repasaba mentalmente cada juguete, estaba seguro que se había portado muy bien, especialmente los últimos días, esos tan cercanos en los que había obedecido a su madre en la tareas de la casa y hecho los deberes sin protestar. Sonreía bajo las sábanas henchido de felicidad pensando que este año iba a recibirlos todos; sin embargo, intentaba con todas sus fuerzas olvidar lo que había ocurrido esa misma tarde, no quería que ni un solo pensamiento pudiera ser leído por aquellos Magos de Oriente y dejase entonces de ser un niño bueno.
El cansancio hizo que por fin sus ojos se cerrasen y se durmiera. Su sueño sin embargo no fue tranquilo ni sosegado.
“Corría con sus amigos del colegio, feliz detrás de la pelota, cuando una de las patadas de Jaime fue a dar casi a su cabeza, instintivamente se agachó y fue a perderse detrás de un viejo muro. Los amigos de Miguel le gritaban para que fuera a rescatar el balón, pero aquella pared estaba demasiado alta, llena de maleza y no pensaba adentrarse a por él.
—¡Venga Miguel, no seas gallina!
—¡Ha sido culpa tuya, enano! ¡trae de una vez la pelota!
Avergonzado, trepó para saltar el muro, arañándose las rodillas.
Las voces de sus amigos le seguían insultando. Éste tenía la pelota bajo el brazo, y los ojos clavados en los de un pobre animal huesudo y frágil, que le miraba tembloroso tanto o más que él.
Los chicos hartos de esperar también la habían saltado, y pensaban que Miguel se había largado. Pero ahora tenían otra distracción, tiraban piedras y gritaban a un indefenso cachorro. Quiso demostrar que él también era un valiente e hizo lo mismo que la pandilla. La diversión se acabó cuando el pobre perro pudo refugiarse tras una vieja puerta.”
Un sudor frío empapa el pijama, el corazón late veloz al compás de la respiración, se despierta agitado y jadeante; mientras, todo está en calma, no escucha un solo ruido, mira hacia la puerta que sigue cerrada y después a la ventana, ha amanecido.
Se levanta y camina de puntillas, baja descalzo las escaleras y mira emocionado todos los regalos envueltos, sonríe lleno de felicidad.
—¡Mamá, papá, mirar cuántos regalos!
—¡Hijo, qué alegría!
Algo distrae la atención de Miguel y mira por la ventana: fuera ha empezado a nevar. Diminutos copos caen lentamente sobre el suelo, la alegría se torna en tristeza… recuerda aquellos ojos tristes y aquel cuerpo tembloroso que le miraban. Permanece asomado a la ventana sin moverse.
—Pero hijo, vamos a abrir los regalos.
Se vuelve y los mira un solo instante como si quisiera quedarse con esa imagen de paquetes sin abrir, sube corriendo a su habitación, se calza rápidamente las botas y coge el abrigo. Mientras sus padres no entienden qué hace y le llaman extrañados.
— Mamá, tengo que salir.
—¿Pero a dónde vas?, está nevando. Tienes que abrir los regalos.
—No puedo, tengo que ir a un sitio. Contesta al tiempo que cierra la puerta.
Miguel ha corrido hasta quedarse sin aliento, pide en su interior que el perro siga allí; salta el muro sin miedo ya a arañarse ni herirse, quiere llamarle pero no sabe su nombre, intenta silbar, pero el frío parece haber congelado sus labios. Toca las palmas, grita y lo busca desesperado.
Se sienta en el suelo, casi se rinde. Cree haber visto un movimiento tras la vieja puerta. Se levanta rápidamente y la abre.
La pequeña distancia que los separa parece infranqueable, ambos se miran, los dos inmóviles, asustados, indefensos y vulnerables. Él quiere leer en los ojos del cachorro cuáles son sus intenciones, piensa si va atacarle enfadado, si dará un salto y le morderá. El miedo le paraliza. No se ha dado cuenta de cómo le mira el pobre animal; con el rabo entre las patas está más asustado que él.
Alarga el brazo al tiempo que da un solo paso, el cachorro se acerca con miedo, hay un momento eterno en el que aproxima despacio su mano para acariciarle, un lametazo es la respuesta cariñosa de quien no guarda ningún rencor.
—¡Vámonos a casa, pequeño!
De vuelta sus padres siguen sin entender nada. La madre mira con desagrado y recelo al cachorro.
—¡Saca este animal de casa y abre de una vez los paquetes!
Miguel sin soltar al perrillo, aparta los juguetes y se sienta cerca de la chimenea.
—Esto es lo único que quiero.
—Pero Miguel, este animal esta lleno de pulgas y muerto de hambre.
—Mamá no voy a dejarlo en la calle.
—Dile a los Reyes Magos que este es el mejor de los regalos.