“Hablamos de nuestro río, de nuestro pueblo […] como experiencia colectiva. Los que nos visitan reciben individualmente esa experiencia social que se forma básicamente por la tradición, los trabajos científicos o profesionales y la forma de ver el mundo propia de cada sociedad.” (Ruiz Gil, 2005).

La cita anterior señala dos aspectos importantes que nos introducen a reflexionar sobre el Patrimonio Cultural.
Por un lado, indica como lo material, entendido aquí como lo tangible, sea construido por el ser humano (el pueblo) o no (el río), refleja y forma parte de la cosmovisión de una comunidad.
Por otro, manifiesta como esa experiencia colectiva necesita ser refrendada por las instituciones adecuadas (la tradición, los profesionales). Con ello se está apuntando algo muy importante: el Patrimonio Cultural no está en la génesis universal de lo natural, no es espontáneo, sino que, muy al contrario, es parte y resultado de la interacción del ser humano con sus semejantes y con su entorno, un artificio de su creación y, por tanto, reversible y dinámico. Además, lo que es susceptible de ser considerado Patrimonio Cultural va más allá de lo fabricado manualmente por el hombre incluyendo todo lo manipulado inteligentemente por este.
Todos los expertos en Patrimonio Cultural reconocen así sus dos aspectos claves: el Patrimonio es creación- invención y construcción social. Sin embargo, algunos darán prioridad en su discurso al primer aspecto, y otros al segundo. Ello es importante de reconocer porque para quienes prima el carácter inventivo se destaca la idea de manipulación (Hobsbawnm, 1988, cit por Prats, 1997), mientras que para quienes inciden en su carácter de construcción social lo esencial es la idea de “universos simbólicos legitimados” (Berger, 1983, cit por Prats, 1997).
Antes de profundizar en estos matices, lo primero que cabe preguntarse dado que reconocemos que el Patrimonio es algo creado, no es algo natural, es cuándo, dónde y porqué tiene su origen.