Rosa Sánchez de la Vega

Los rayos de sol entran por la ventana como siempre, sin permiso. Lo hacen sin prisa, con la tranquilidad que da la paz y el sosiego de acariciar su cuerpo y cubrirlo poco a poco de luz; esa que anuncia una soleada mañana.
Ella sigue dormida, no importa que el sol invada su espacio, esta vez no se levantará deprisa con esa desazón que produce el nuevo día, al igual que el día anterior, tan triste, tan destructor.
Duerme en su cama, plácida; porque no hay más paz que la de sentirse tranquila para después coger aire y tomar impulso.
Sus oídos son el único de los sentidos que permanece alerta, es el resultado de un largo entrenamiento; pero hoy no escuchan palabras de desprecio, ni castigo.
Apagado el ruido, ella disfruta del silencio.
Reconforta volver a cubrirse con las sábanas y dormir, porque ahora no toca refugiarse entre ellas.
Entran los rayos de sol a través de los agujeros de la persiana, ya no dibujan sobre sus piernas aquella especie de lanzas buscando donde clavarse y herir sin hacer ruido; no hay dedos interminables acabados en punta recorriendo cada milímetro de ese cuerpo encogido; ahora son los rayos de sol, los que acarician libre y lentamente cada pliegue de la piel de ese cuerpo estirado, que duerme por fin plácidamente.
Hace rato que es de día, ya no hay sombras que oculten su cuarto. Ella sigue dormida, no hay prisa, ni ruidos, ni voces. Hay paz en su rostro. Él, por fin se ha ido.