!Volver¡ Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno…
Suena el bandoneón, el violín y el piano. Cerca, muy cerca de los oídos. Fuerte muy fuerte para que penetre más el sonido e inunde todos los sentidos.
Ahora sabe lo que sentía cuando escuchaba aquel tango.
El viejo taller huele a madera rancia, clavos roñosos, seco serrín de trabajos ya añosos. Una capa de polvo amortigua la pisada dura de las zapatillas sobre el suelo empedrado. Siente que el frío entra fresco por la nariz, junto con la mezcla de olor a viejos barnices, colas y pegamentos pastosos. Se abrocha la fina chaqueta de lana y le busca entre tablones, maderos macizos apilados, dispuestos en otro tiempo para ser usados y convertirlos en mesas, sillas o quizás en una cama que guarde secretos de alcoba.
Fisgando en silencio poniéndose
de puntillas otea, no quiere ser descubierta; ella expía qué está haciendo y comprueba si también se guarda las lágrimas cuando está solo.
Mientras, grita tanto el silencio, que casi pide auxilio.
El torno está apagado, hoy la araña no ha salido de su agujero a visitar las manos trabajando una miniatura. Casi puede ver el hueso de la cereza minúsculo girando ininterrumpidamente mientras, aquellas experimentadas manos, sujetan el buril que marca paciente. -“Si no lo acabamos hoy, será mañana”. Si algo le sobra es tiempo. Poco a poco un minúscula cesta es el resultado de aquél trabajo tan minucioso. Ella contempla esas manos y aguarda muda, sabe que él lo prefiere; estar a su lado, para compartir el silencio, para repartir el aire, para soportar el momento.
Pero no quiere que la vea. Porque anhela escuchar ese tango que tanto le gusta y que no para de sonar.
Puede verle inclinado sobre el tocadiscos dejando con sumo cuidado el vinilo de Gardel, al tiempo que sostiene la respiración no se vaya a empañar y los surcos no reconozcan ese calor humano. Deja la aguja suavemente. Ya oye los primeros agudos.
Y, ya está….

¡Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien!
¡Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez!

Ahora que ya no está, escucha aquél viejo tango. Se le agita el pecho y  revive esos momentos. Ahora comprende que él sabía, que le observaban los ojos de una chiquilla, sin saber qué era lo que buscaba; y mientras el tango giraba oscilando en el viejo tocadiscos, ella revive aquél viejo taller donde él pasó su pena, acompañada de una chiquilla que observaba paciente y en silencio.

Volver. ¿A dónde quería volver?
Ahora ya  lo sabe.