19 de Julio de 1991, viernes por la tarde en un verano caluroso como de costumbre, pero fresco y oxigenado en el Prado de las Pozas, un paraje situado en las inmediaciones del Circo de Gredos y con el Pico Almanzor de testigo.
Hasta la radio clandestina de un campamento de verano, llegan las ondas entrecortadas y perturbadas por el sistema montañoso, narrando la hazaña de un joven ciclista llamado Miguel Induráin, que tras una heroica escapada por los puertos pirenaicos, se alza por primera vez con el jersey amarillo del Tour de Francia en la meta de Val Louron.
Con la misma frescura que se respira en la Sierra de Gredos, comienza un reinado en el mundo del ciclismo, que se prolongará de forma ininterrumpida durante el siguiente lustro y que llenará de titulares y fotografías, las páginas de los periódicos de medio mundo, iniciando una de las épocas más gloriosas de la historia del deporte español.
Un reinado comparable con el de Amadeo, un viejo macho montés insigne, de gran cornamenta, noble y magullado por el paso del tiempo y las heridas acumuladas durante años de lucha con individuos de su misma especie, la cabra montés o cabra ibérica.
Aquella misma tarde, en el atardecer del roquedo de Gredos, retumbaba por la acción del eco el nombre de Amadeo. Un vigilante acostumbraba a gritar su nombre de forma pausada pero grandilocuente, provocando una rápida respuesta en forma de silueta sobre la cumbre, acompañada de un sutil descenso de piedra en piedra, hasta alcanzar el Prado de las Pozas en busca de convivencia.
Un rey del ciclismo recién coronado y un rey de la cumbre en modo de despedida. Separados en la distancia pero unidos en liderazgo, serenidad y nobleza con quienes admiran su forma de vida. Dos prodigios de la naturaleza en su hábitat natural y con la montaña como manto protector.
Era la primera vez que tenía ante mis ojos un individuo adulto de cabra montés y hoy puedo decir que, desde aquel momento, comencé a sentir admiración y curiosidad por tal especie. Una especie ibérica ejemplar, distribuida por multitud de Sierras españolas como Cazorla, Gredos, Alcaraz o Las Batuecas y equiparables en interés, al elenco de especies emblemáticas como el águila imperial, el lince ibérico o la propia cigüeña negra.
El pasaje mencionado, ocurrió en la limítrofe Provincia de Ávila, en un momento en el que empezaban a darse los primeros pasos para la conservación, desarrollo y gestión de la Cabra ibérica en Extremadura; primeros pasos que, gracias al trabajo y la dedicación continuada de los responsables regionales en medio ambiente, derivaron en un crecimiento exponencial de su población.
La creación de la Reserva Regional de Caza de la Sierra, sobre una superficie de 14.000 Has, en los términos de Tornavacas, Guijo de Santa Bárbara, Jarandilla, Losar y Viandar de la Vera, añadida al posterior instrumento de planificación y control cinegético de la especie, trajo consigo que se pasara de los 35 individuos registrados en el primer censo realizado, a los cerca de 3.000 individuos que hoy en día campan en libertad por sus inmediaciones.
La cabra ibérica, encuentra cervunales y pastos montanos con los que alimentarse en la cumbrera extremeña de la Vera y el Jerte, así como agua limpia y oxigenada de pozas en las que bebe, disfrutando de la ausencia de acciones antrópicas y de un remanso de paz único en Extremadura.
Solamente interrumpido por el arrullo del agua sobre la garganta, el ruido de los cascos sobre el pedregal o el silbido de un viento frío y áspero que nos traslada a la senectud de los quince años de Amadeo, el macho viejo castigado por la dureza del entorno y la selección natural de su especie, la cabra ibérica española.