Hervás, a 1 de septiembre de 2021.

Rosa Sánchez de la Vega.

Y entonces vuelve a bajar al bar de Paco. Hoy ha madrugado tanto que apenas ha dado tiempo a subir el cierre y encender las luces.

—Buenos días, Paco.
—Buenos días Yolanda, sí que te has levantado pronto para ser domingo.—Paco le contesta de espaldas mientras coloca una taza junto a la suya y acciona la cafetera. Es muy temprano y la voz le suena tan apagada que la mira por el rabillo del ojo, impacientado por el tiempo —ahora se le antoja lento— que tarda en caer el café. Yolanda lleva un vestido arrugado, hoy no se ha parado a secarse el pelo y el agua le cae sobre los hombros y el pecho. Tiene los ojos enrojecidos a pesar de haber tratado de lavarlos en la ducha.
Paco calienta la leche vaporizando y moviendo la jarra de arriba abajo para alcanzar la espuma perfecta, y se atreve a preguntarle si ha vuelto a ocurrir, al tiempo que consigue atemperar con el ruido de la presión del vapor su pregunta.

Yolanda vuelve a enfrentarse a otra derrota más. Siempre se promete a sí misma que no va a volver a ocurrir; que esta es la última vez que se deja seducir por las palabras, los besos y la mirada de quien dice estar enamorado de ella. Pero es tan apasionada que al final acaba cayendo siempre convencida y creyéndose que esta vez sí, que va a durar para siempre; que por fin ha encontrado el amor de su vida, aunque esa eternidad no sea por siempre. Sin embargo, no sabe cómo o por qué al poco tiempo se desvanece o se despierta al amanecer envuelta en la soledad de unas sábanas. Paco mueve con la cucharilla el terrón de un azucarillo, porque en su bar los cafés se sirven como siempre, mientras contempla a Yolanda que tiene la mirada ahogada en la taza de café humeante como si en su fondo encontrase el amor tantas veces perdido. La puerta de la cocina se abre. Ramona pone sobre la barra los churros calentitos envueltos en papel de estraza. Sabe que Yolanda ha vuelto a tirar su amor y su pasión, su brillantez con el hombre equivocado, una vez más. Siente lástima por ella que podría ser su hija y por eso mismo prefiere no decirle nada. Cabreada le soltaría unas cuantas verdades; le diría que no se entregue a nadie hasta estar segura de que él iba en serio; pero quién puede estar segura de ello. Así que prefiere mirarla con cariño y volver a la cocina llena de lástima por ella.

El aroma del café y los churros la reconfortan.
—Anda, desayuna antes de que se enfríe.—Paco ha terminado su café y se dispone a seguir atendiendo a los clientes.
Yolanda se lleva torpemente la taza a la boca para ahogar las lágrimas que amenazan con salir, le tiembla la mano y vierte parte del café sobre el escote del vestido; al notar el calor se frota con la otra mano y todo acaba desparramándose por la barra, y el suelo.
—Lo siento, Paco.
—No pasa nada, ve al baño y ponte agua fría que alivie la quemadura. Yo me encargo de limpiar esto.

Junto a la puerta del servicio, Paco tiene apiladas las cajas de bebidas, bolsas de patatas fritas y frutos secos y unos cuantos servilleteros de los que antes siempre había en la barra y cuando coger una servilleta no era el mayor acto de contagio y el coronavirus no viajaba de un lado a otro metiéndose de lleno en nuestras vidas. Algo en ellas le llama la atención y de vuelta a su desayuno, porque Paco le ha puesto un nuevo café, le pide un paquete de servilletas de las que acaba de ver en ese pasillo convertido en almacén.

—Pero, ¿para qué quieres un paquete de servilletas?
—Anda dámelo y me lo apuntas en la cuenta y el viernes como siempre te lo pago todo junto.
—Cada día te entiendo menos. Toma, te regalo el servilletero, me preocupas Yolanda.
—Deja que me tome el café tranquila.
—Yolanda, no sufras por ellos no merecen la pena y ¡Ten llévate esto que estás muy flaca!
Ramona le da envuelto un bocadillo de calamares recién hecho. Sabe que es su favorito.
Paco y Ramona se han convertido en su familia; sin juzgarla ni mirarla con pena o con vehemencia.

Yolanda está convencida de que ha aprendido la lección y esta vez no va a enamorarse; simplemente tendrá sexo con quien ella quiera y después le echará de su cama, sin darle tiempo a promesas que antes de que salgan de su boca, ya sabe que nunca se van a cumplir. Vuelve a amanecer y Yolanda ha sido incapaz de acostarse con nadie, ella cree en el amor; el sexo no le sirve si antes no se ha enamorado, sobre la mesilla el servilletero abraza las servilletas que siguen intactas, un ribete azul las bordea como decoración e inscrito en ellas hay un: “Gracias por su visita. Vuelva pronto”.