Hoy me invitas a un café en una de las dos únicas cafeterías del pueblo. Con cada sorbo me miras a los ojos a través del humeante vapor, que advierte de un café muy caliente, mientras yo remuevo el mío sin parar con la cucharilla, para deshacer el azucarillo que ya debía haberse mezclado del todo, pero sigo tal vez porque mientras lo hago, me ayuda a pensar en lo que quiero decirte, y dejo que me observes y te cueles por mi escote, que hoy me he atrevido a desabrochar un botón más.
Por la mañana del día anterior al encontrarnos camino del autobús; yo iba a hacer un par de cosas y tú a por material para tu trabajo; sentí un calor interior que me ruborizaba y porqué no decirlo, me excitaba solo con mirar tus labios moverse, dejando ver parte de tus dientes, tu lengua y esa mirada que me hablaba junto con las manos. Te acercaste tanto a mí, que sentí como inhalabas mi perfume y me sentí dichosa porque cuando nos separásemos cada uno a su rutina, te llevarías una parte de mi.
—¿Te apetece?
—¿Qué? Tuve que salir de mi ensimismamiento y volver a situarme en el autobús; centrarme donde estaba, mientras me advertías que había llegado a mi parada.
—Ah, sí; es verdad, no me había dado cuenta—contesté avergonzada por esa atracción hacia a ti de adolescente, deseosa de besar tus labios y sentirme tuya.
—Hasta luego—me despedía, esperando que las puertas se abrieran.
—¿María José?
—¿Sí?
—¿Te apetece un café?
—¿Pero ahora?—te contestaba con un pie en el primer escalón, agarradas ambas manos a la barra; mi cabeza y cuello giradas apurando hasta el último segundo, para seguir viéndote y las puertas a punto de cerrarse.
—Nó, tranquila. Cualquier otro día que te venga bien—me decías con la voz en alto, haciendo partícipe de ello, a todos los demás viajeros.
—Hoy mismo si quieres—respondí, pero dudo que tú ya me escuchases. A mi espalda y ya sobre la acera, sentí como las puertas del autobús se cerraban de golpe, y arrancaba de nuevo, y yo sentía a mi espalda una sacudida; quizás para traerme de nuevo a la realidad, esa en la que me moría de celos al verte pasear de la mano de aquella chica de melena rubia, piernas vertiginosas, pechos turgentes y labios sedosos. Aquella mujer, vestía su cuerpo con ropa corta y apretada, contoneando sus caderas al ritmo de unos tacones de aguja.
Y allí estaba tomándome un café con Juan Luis, totalmente embelesada; pesando en besarle; y creyendo que por fin se había fijado en mí; tanto como para querer dedicarme su tiempo en aquella cafetería; y tal vez en el momento de despedirnos, acercase sus labios a los míos, en un comienzo de un amor apasionado; hasta que hizo la horrible pregunta, al tiempo que me enseñaba una fotografía tomada con su móvil.
—¿Conoces a esta mujer?
—Deje de oír lo siguiente, esta vez se me había nublado la vista y veía su boca moverse sin escuchar nada.
—Es Verónica, mi novia. No consigo dar con ella.
—No, no sé nada—contesté mientras me abrochaba el botón de la blusa, y me recomponía con la espalda recta en el respaldo y las manos fuera de la mesa.
—Ella trabaja en el hospital, igual que tú, según tengo entendido—hablaba con voz esperanzada y ojos desesperados.
—Es posible, pero somos muchos con turnos diferentes y no la he visto nunca.
—No sé que hacer para encontrarla, discutimos y creo que me ha dejado.
—Gracias por el café Juan Luis, pero tengo que irme—me despedía de él, ya de pie tras el respaldo de la silla.
Aceleré el paso con miedo a que él caminase tras de mí, y al doblar la esquina, corrí hasta casa.
Me desnudé deprisa como quien se mancha la ropa y se siente sucia; y busqué un vestido limpio; dentro del armario los zapatos de tacón de aguja, eran el único vestigio de la existencia de Verónica.