Plasencia, a 1 de diciembre de 2021.

En los últimos meses, se viene escuchando con mucha frecuencia la palabra resiliencia; un nuevo concepto, que viene a significar algo así como la capacidad que tienen las personas para recuperarse de situaciones complejas y seguir avanzando hacia adelante.
Este vocablo, cargado de energía positiva en los discursos políticos, contrasta con la realidad que viven actualmente los agricultores y ganaderos españoles.
Cualquier agricultor o ganadero que lea estas líneas, convendrá conmigo en que lo vivido durante el último año, es justo lo contrario a una situación de seguridad y estabilidad económica para su actividad.
A la inflación galopante que han sufrido los precios de los insumos, tales como semillas, abonos, piensos, combustibles, luz, aguas de riego, fertilizantes, fitosanitarios, cotizaciones y costes laborales, se une el menosprecio de determinadas corrientes y medios hacia el sector primario, así como las campañas orquestadas desde el propio Consejo de ministros en contra del consumo de productos tan básicos y necesarios para la nutrición y la economía, como son la carne o el azúcar.
A todo esto y sin contar con las inclemencias del tiempo, hay que añadirle los retrasos burocráticos en el cobro de las ayudas de la PAC y el cada vez más bajo precio de venta de los productos generados en el campo.
Con estos mimbres, no queda más afirmación que la de decir a las claras que el campo pierde dinero. Esa es la triste realidad. Se trabaja cada día con la calculadora en la mano, mientras se ahoga por falta de ingresos y por la falta de apoyo de un gobierno perdido en debates ideológicos absurdos, que no dejan tiempo para tratar las verdaderas cuestiones importantes, como son, las cosas del comer.
Con la misma velocidad a la que se aumentan las contribuciones al ciudadano y se crean nuevos e innecesarios impuestos como el de transitar por las autovías de nuestro país, se asfixia aún más a los habitantes de los núcleos rurales que tratan de garantizar la fijación de población y se da la puntilla definitiva a los pobladores de la denominada España vaciada.
Pagar, pagar y pagar. En eso se ha convertido la rutina del día a día de quienes trabajan el campo, surten los mercados de abasto de las ciudades y sostienen un sector tan básico y fundamental para la economía y sociedad de un país, como es el sector primario.
Desde hace unos años, el ahorro se ha convertido en una utopía para la clase media española, y ya no queda margen siquiera para la solidaridad con los verdaderamente necesitados.
La subida de precios en los costes de producción, viene asociada a una fuerte subida de impuestos, que deberían pagarse gustosamente para poder mantener sectores tan básicos y fundamentales como la sanidad, educación, infraestructuras, emergencias o fuerzas y cuerpos de seguridad entre otros.
Sin el apoyo firme en la regulación de costes y aportación de ayudas, hacia quienes mantienen el sector de la agricultura y ganadería, custodiando el territorio y fijando población en nuestros pueblos, cada vez habrá menos personas que se atrevan a dar el paso de iniciarse en el sector agrario, condenando a los núcleos rurales a su desaparición y dejando el territorio abandonado, en manos de la gestión de futuros incendios forestales.
La importancia de la agricultura para España es vital, tanto como para considerarla como un sector estratégico. Pero de verdad.