España no tiene comparación con otros lugares del planeta. Resulta complejo encontrar espacios tan ricos y bellos, que a la vez dispongan de una cultura, tradición, naturaleza o gastronomía tan amplia y diversa como la del país en que vivimos.
Hoy ordeno mis palabras desde un rincón del norte de la Isla de Mallorca, la Tramontana.
Este enclave mediterráneo de nombre prominente, debe su apelativo a la sierra epónima y al célebre viento del norte, frío y turbulento, que fustiga los cultivos más septentrionales de la isla. La Tramontana sirve también como indicación geográfica protegida para localizar los Vinos de la Tierra del norte de Mallorca. Vinos que se cultivan de manera ancestral y en bodegas familiares con amplia tradición, por toda la franja superior de la isla.
La Sierra de Tramontana tiene una longitud cercana a los 90 kilómetros y se distribuye por todo el noroeste de la Isla de Mallorca, acogiendo un buen número de picos que superan los 1.000 metros de altitud y entre los que destaca el Puig Major (1.445 msnm), apuesto centinela sobre la mayor de las Islas Baleares.
La Tramontana es a su vez, en su categoría de Paisaje Cultural, un espacio declarado como Patrimonio Mundial por la UNESCO, en reconocimiento a la relación simbiótica centenaria existente entre la acción del hombre frente a este enclave privilegiado de la naturaleza. Una gestión eficiente que, durante siglos, el hombre ha aplicado con conocimiento, destinando los escasos recursos hídricos que se obtienen para el desarrollo de una agricultura con proyección universal.
Sobre las laderas y faldas calcáreas de la Sierra, aparecen los cultivos de olivar mallorquín, toda una seña de identidad y tradición para la isla, que adereza los platos de una excelsa gastronomía, coronada con productos tan célebres como la sobrasada o ensaimada mallorquina.
La piedra en seco y sus múltiples utilidades en construcción de senderos, paredes, bancales para el cultivo o viviendas rurales propiamente dichas, es otra de las señas de identidad de este paraje de ensueño en el que cada año proliferan antiguas masías, que albergan multitud de actividades relacionadas con el agroturismo.

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Mallorca es, también, la isla del agroturismo; una nueva tendencia de ocio y descanso que ofrece la posibilidad de disfrutar en familia de la plenitud del campo, propiciando actividades desde el corazón de una explotación agrícola y al albor del lujo de una naturaleza privilegiada.
Pero hablar de la Tramontana, es hablar también de las mejores playas de Europa y del azul más cálido y transparente del Mar Mediterráneo.
Yates, catamaranes o veleros, encuentran su punto de fondeo frente a la Playa de Formentor. El paraíso en turquesa y arena blanca que descompone el color azul del agua hasta fundirlo con el verde grisáceo de las copas del pino de Alepo.
En las estribaciones de la Tramontana y en plena Playa de Formentor se encuentra el Hotel del mismo nombre. Un retiro asombroso donde se cuenta nació el turismo de lujo hace cerca de un siglo y que, a día de hoy, sigue guardando entre otros, los secretos de la estancia de las personalidades más relevantes del Siglo XX o de las principales estrellas de la edad dorada de Hollywood.
La belleza del paraje de Formentor, que regala inusitadas vistas sobre la Bahía de Pollensa, radica a su vez en la angostura de su acceso, siendo inevitable atravesar una carretera sinuosa, trazada entre roquedos, lentiscos y pinos carrascos. Su riqueza natural no se entendería sin haber sido forjada a base de una adecuada gestión ambiental, que es reconocida cada año con la bandera azul que certifica la calidad de las aguas de su playa.
Hermoso y emocionante, es también el trayecto por carretera hasta el Cabo de Formentor, paraje más septentrional de la isla. La restricción al tráfico rodado y sus imponentes acantilados, regalan la postal más bella de Mallorca, adivinando desde la altura, la estela de un barco que se pierde en el horizonte del Mar Mediterráneo y mostrando a su vez, la magia de un terreno primitivo, conocido como el punto de encuentro de los vientos.