Hervás, a 28 de febrero de 2021.

Caminas a mi lado, aunque te haya quitado la correa, sabes que sin hablarte algo triste me está ocurriendo. Me vigilas pendiente de mis lágrimas que sin ningún reparo y por fin sola dejo que salgan en caída libre.
Respiro profundo porque es otra forma de llorar por dentro, y tu sigues levantando la cabeza, tal vez buscando mis ojos, o que yo me mire en los tuyos.
Te invito a que corretees unos cuantos metros por delante de mi; pero apenas das un par de carreras y vuelves tocando con tu trufa mi mano; así es como me besas y me das cariño. Así es como me dices que estás conmigo, sea lo que sea que me esté pasando.
Por suerte está medio lloviendo, esa lluvia fina que tanto me gusta para caminar, y siento la humedad en mi pelo que seguro ya estará empapado y habrá alborotado mi melena, más aún de lo que normalmente está, y así sintiendo las gotas caer sobre mí, parece que el dolor es más llevadero.
Te he tirado un palo para que corras y juegues, y lo haces. Entonces me acerco a uno de los bancos de piedra. Me siento y noto su dureza, su frialdad. Para mi sorpresa te sientas conmigo, tiras tu juguete, te aproximas a mí y te dejo esta vez sí, que me lamas la cara. Y te acurrucas entre mis piernas.
Miro en la lontananza buscando las respuestas, a muchos por qué; pero tal vez la madurez esta vez sirva para algo más que marcar en mi cuerpo y en mi rostro el desgaste y los pliegues propios de la edad, aunque nunca me haya importado cuantos años tengo, porque sigo pensando que el tiempo vivido, no te marca límites en aquello que quieras hacer o sentir, al contrario tu locura es más cuerda que nunca, porque ahora es cuando tienes licencia para hacer y sentir aquello que te dicte el corazón y el alma, porque juntos forman una buena fusión, y mientras lo hago, no soy consciente de que mis lagrimas vuelven a caer mezclándose con las finas gotas de agua fría, que ahora juntas en mistura llegan alcanzar mis labios y se atreven a entrar en mi boca. Y tú te incorporas atento porque tus amigos vienen corriendo y ladran con ganas de jugar, y me miras al tiempo que abres la boca y sacas la lengua y mueves el rabo, alegre; pero no te separas de mi.
—Anda ve a jugar.
Mueves tus orejas y tu cabeza; así, sé que me escuchas. Pero no te vas.
—Ve, corre.
Y entonces saltas del banco de piedra, y antes de salir corriendo vuelves a tocar con tu trufa mi mano. Y ya sí; ladras de felicidad incitando a tus amigos.
Me distraigo mientras os veo correr en una algarabía de felicidad. Y me olvido de mi horrible tristeza.
De vuelta ya casi ha anochecido. Sé que no voy sola, porque tú vienes conmigo.
Te tumbas cerca de mí y me miras, te miro y ambos buscamos en el interior, sin embargo eres tú quien ve más allá de mis ojos, eres tú quien percibe mi ánimo de una manera más profunda en mí.
Por alguna razón, te veo vulnerable, al tiempo que soy yo quien se siente desvalida. Sé lo que estás sintiendo en este momento, pero eres tú el que conoce como me siento.
Pienso que he vivido cada segundo contigo desde que apareciste, pero eres tú quien parece conocer mi vida mucho mejor que yo.
Recuerdo cuanto has sufrido y lo pronto que se te olvida, y sin embargo me miras sabiendo que yo no he olvidado ningún momento de tu dolor y del mío; están escondidos, aunque a menudo se empeñan en aparecer, hasta que borras de un lametazo mi tristeza.
Pongo mi cara sobre tu lomo y te escucho respirar.
Duermes tranquilo, feliz y me contagias tu paz.