EL RELATO

Rosa Sánchez de la Vega

Después de tanto tiempo; allí estaba, puntual a la cita como si la última vez que se vieron, fuese muy cercana.
La calle desierta de ruidos; no hay coches, ni gente, no hay nadie. Un pedaleo cansino e insistente impulsa la vieja bicicleta. Desde lejos ella adivina el jadeo, acompasado con la agitación en el pecho; en gran parte por el esfuerzo de pedalear después de tanto tiempo, y por la emoción de volver a verla.
Un brazo que se levanta para saludar desde la distancia con la mano cubierta por un guante, sin agitarla, casi un saludo militar; y la respuesta instantánea de quien suelta el manillar para contestar y confirmar que la ha visto.
El semáforo ha cambiado a rojo y el ciclista debería parar; pero comprueba que a ambos lados no hay nadie para cruzar; ni chicas vestidas de fiestas que sonríen henchidas de felicidad, porque tal vez por fin se atrevan a tocar los labios, a fundirse en un beso y dejarse llevar por el deseo, mientras ellos absorben toda su esencia; ni chicos con bolsas de tiendas de ropa, que por fin han encontrado aquello que no sabían que buscaban y necesitaban.
No hay parejas ancladas en años de matrimonio que pasean con la madurez de quien ya lo ha experimentado todo, pero en el fondo quieren despertar aquello que esta profundamente dormido, lapidado, muerto. El perro que tira de la correa de su amo y que necesita desfogar su encierro de unas horas. Vidas de transeúntes que hacen que la ciudad lo sea. Pero la única vida que se salta el semáforo es el ciclista que después del esfuerzo por coger ritmo, no tiene ninguna intención de perderlo. Una paloma le observa posada en una farola, mientras otra la corteja; es tiempo de emparejarse, al menos aquellos que viven en libertad.


El brazo alzado hace rato que volvió a su sitio.
Él está a punto de desmayarse, hace calor pero no se rinde, se agarra con firmeza al manillar y se empina para subir la cuesta, mientras su corazón se agita.
Gotas de sudor nacen del pelo y corren libremente por la frente, enturbiando la mirada y se camuflan, como sus labios, su boca, su sonrisa bajo la mascarilla.
A penas cinco metros y llegará al final; a su meta, juntos los dos.
La bicicleta pasa por encima de un paso de peatones y el sonríe tristemente.
Ya está; por fin ha llegado al final de la subida, allí está ella, a dos metros de distancia él se detiene un instante y ella en un abrazo imaginario adelanta las dos manos.
Dos labios desean besarse, dos cuerpos fundirse en el deseo guardado de amarse, labios que chocan contra una mascarilla.
Los ojos henchidos de felicidad y el pecho que se agita; él sigue su camino y ella retorna al suyo. Puede que con suerte en un par de semanas vuelvan a verse; la mitad de su cara seguirá cubierta, sus manos en guantadas volverán a saludarse; y el deseo quedará guardado de nuevo hasta poder desatarse.