Uno de tantos visitantes del norte con un nombre muy peculiar que, según el tratado del Conde de Puñonrostro (Discurso del falcón esmerejón) proviene de “lo esmerado en el volar”, visita la península ibérica todos los inviernos. Su nombre común, como indica el tratado, es el de esmerejón o, como lo designan los científicos, Falco columbarius.
Su velocidad no solo se puede observar, sino que realmente se siente su batido enérgico de alas; los extremos alares se mueven con un ritmo eléctrico difícilmente descriptible detrás de las cogujadas, las alondras y otros alaúdidos principalmente. La visión de su característico vuelo de persecución fácilmente será descrita como un hecho emocionante para cualquier observador.
Su hábitat comprende el hemisferio norte y principalmente la gélida tundra, sin embargo, en su viaje migratorio visita los llanos y parameras de la península, llegando también a las planicies extremeñas y salmantinas, entre otras.
Es relativamente abundante en los páramos ibéricos durante la época invernal, regresando cuando finaliza el frío a su zona de cría norteña. Sus nidos son localizados muy a menudo en el suelo, muy frecuentemente en brezales y en otras ocasiones en nidos abandonados de córvidos.
Siendo su tamaño muy similar al de los cernícalos, pasa desapercibido para el observador poco atento e incluso para los más experimentados en ocasiones, puesto que su visión suele ser fugaz. Aún así, su cola, algo más corta que la del cernícalo, y su vuelo rasante y tremendamente veloz, nos puede ayudar de manera eficaz a diferenciarlo.
Pobre cernícalo, que se llevó algún que otro perdigón debido a la confusión en la observación por parte de los casi olvidados alimañeros del vuelo veloz y eficaz del esmerejón en persecución de caza. Este último solía ser confundido con el del más común de los cernícalos, con su “pariente próximo”; el cernícalo primilla e incluso con alcotanes que, aún sin coincidir estos dos últimos en las estaciones anuales con el esmerejón, se llevaban la fama de implacables cazadores, merecida o no.
Es admirable que un ave tan diminuta realice un viaje tan largo para huir del invierno de las zonas norteñas, alimentándose eficazmente de pequeños pájaros durante su largo trayecto. Estas aves de presa, como otras de diferentes especies, cazan para comer y criar a sus pollos, no desperdician la comida, ni cazan si no tienen hambre, lo hacen por el hecho tan puramente vital de sobrevivir y dejar descendencia.
Cualquier amante de la naturaleza y cazador que se precie no puede más que sentir admiración por estas valerosas y veloces aves, que no hacen otra cosa que procurarse el sustento en los fríos ambientes boreales y durante su milagroso viaje a las zonas más templadas de invernada.