Por Rosa Sánchez de la Vega

Amanecía y las aspas del ventilador del techo seguían moviéndose sin descanso desde bien entrada la noche. Diría que había estado mirándolas todo ese tiempo sin apenas parpadear. El último movimiento que hice fue el de meterme en la cama suavemente reduciendo al máximo si era posible mi peso sobre el colchón, no quería que Miguel pudiera despertarse, ni siquiera notara que ya había vuelto de la fiesta, sostuve casi la respiración. Solo quería pensar en lo que había sucedido durante un momento, hacía apenas unos minutos pero de una intensidad infinita. Había besado apasionadamente a Isabel mi amiga sí, no sé porqué pero juntar nuestras manos, mirarnos y el deseo de besar su boca fue irrefrenable. Rozó la lengua por mis labios una y otra vez intentando recoger el sabor de los suyos y entonces cierro los ojos y vuelvo a ese instante y quiero sentirlo de nuevo.
No busco la realidad de lo que es y ha sido mi vida, ni me empeño en encontrar el raciocinio de ese momento. La única verdad que conozco es el convencimiento de que después de ese instante todo ha cambiado, todo será diferente.
Retirar la mano que intentaba abrazarme y huir de los besos en el cuello, era la primera prueba de que no iba a permitir ningún contacto con él. No quería que mancillase la intimidad de un profundo beso con Ana, nada que borrase el contacto tibio de nuestros labios, el sabor del deseo inimaginable hasta ese instante. Cierro los ojos, necesito salir de este escenario en el que vivo del que ahora me resulta ajeno. Quiero rescatar ese momento en el que nos besamos con esa desesperación que da el amor profundo, guardado en la ignorancia de una amistad de antaño. Repetirlo y buscar restos de mi mirada en los ojos de ella, aunque la oscuridad de la noche no nos permitía vernos, estaba claro que no necesitábamos mirarnos o sí, porque sellamos en ese beso nuestros sentimientos llenos de confesiones y vaciamos ese amor que sentimos durante tanto tiempo.
Ninguna había acortado la distancia más que la otra, a la vez se rozaron las manos, no hubo espacio para mirarse, bastó con sentir el deseo de besarse y hacerlo. Pensar en ese día, o en cualquier otro, en ese lugar del mundo o en el universo, Isabel sin dejar de mirar oscilar las aspas del ventilador, Ana cerrando los ojos para no reconocer dónde estaba, en lo único en lo que pensaban era en ese beso y en el deseo de volver a él ya sin noche, ya sin fiesta, ya sin sorpresa, ya con deseo.