Hace unos días leí un tuit de tan sólo seis palabras, pero no por ello menos contundente. “Éramos felices y no lo sabíamos”. Y es que, en momentos como el que vivimos, en los que la sociedad se enfrenta ante un enemigo letal e invisible, con origen y objetivo aún desconocido, debemos sacar lo mejor de nosotros mismos y actuar con serenidad y responsabilidad.
Éramos felices sin saberlo, simplemente porque no vivíamos con temor a perder lo poco o mucho que habíamos conseguido a lo largo de nuestra vida.
En días como estos, en los que la epidemia del coronavirus sacude con fuerza, valoramos más que nunca aspectos como la salud y la libertad de movimiento, olvidando por completo los bienes materiales. Salud y libertad son sustantivos que hoy cotizan al alza en un momento en el que, paradójicamente, tanto el estado anímico de muchas personas como los mercados bursátiles se desploman.
En los días que vivimos debemos tratar de mantener la calma y actuar con madurez y responsabilidad, haciendo caso a las indicaciones de las autoridades sanitarias y no entorpeciendo el trabajo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, colectivos en los que hoy debemos depositar toda nuestra confianza y valorar el enorme esfuerzo que realizan por cada uno de nosotros.
Durante las próximas semanas, pasaremos por días mejores que otros y tendremos a la vez, momentos duros y difíciles, derivados de la ansiedad por la falta de espacios y por la imposibilidad de llevar a cabo, tanto nuestra rutina cotidiana como la práctica de nuestras aficiones.
Ahora, mientras una epidemia sacude de forma violenta nuestra salud, bienestar y economía, es un buen momento para ayudar a nuestros mayores, no habiendo mejor forma de protegerles, que privarles con nuestra distancia de un posible contagio que a buen seguro podría resultar más que perjudicial para su salud.
Es momento también para refugiarse en la familia, mantener la fe y cultivar valores como la fraternidad y solidaridad, principios que en ocasiones se pasan de puntillas por el bullicio de la rutina y vorágine cotidiana.
El esfuerzo que hoy se nos pide desde el confinamiento de nuestro hogar, por parte de las autoridades sanitarias, no es más que un salvoconducto para superar esta pesadilla y garantizar nuestra supervivencia y la de nuestros mayores, lo más preciado que tenemos, dejando en segundo plano y por unas semanas, asuntos que nunca podrían compararse con la salud de cada persona.
El año 2020 ya ha quedado marcado como fatídico en la historia de la humanidad y no es por tanto, el momento más idóneo para realizar experimentos distintos a guardar la cuarentena en casa, atender las necesidades básicas o esperar que este mal sueño pase.
Es de justicia también, aplaudir el trabajo incansable de todos los profesionales que cuidan de nuestra salud, desde hospitales, clínicas, centros sanitarios, unidades móviles u oficinas de farmacia.
También es justo, reconocer el trabajo de policías y guardias civiles, bomberos, transportistas, agricultores, ganaderos y empleados de la cadena alimentaria, así como el de todos los voluntarios y filántropos que, de forma solidaria, aportan su granito de arena en esta etapa tan delicada de nuestra vida.
Un país como España, con una historia y cultura plagada de logros y superaciones, será capaz de sobreponerse a la depresión sanitaria, económica y social en la que ya se encuentra inmersa y lo hará gracias a la resistencia y el tesón de su gente y a valores denostados como el esfuerzo, sacrificio o generosidad, que nos llevarán, más pronto que tarde, a recuperar nuestro bien histórico más preciado, la libertad.