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El efecto Chanel

Enrique Julián Fuentes. Ingeniero Forestal.

 

El 18 de julio de 1976, una joven gimnasta rumana de apenas 14 años llamada Nadia Comaneci, logró por primera vez en unos Juegos olímpicos, una calificación de 10.000 en gimnasia artística.
Sucedió en Montreal (Canadá) y tal fue la perfección del ejercicio, que ni los propios marcadores digitales de la época estaban preparados para albergar un resultado de cuatro dígitos, anunciando en consecuencia la calificación de 1,00 en todos sus monitores.
Han pasado varios días de la celebración en Turín del Festival de Eurovisión 2022 y al igual que el oro olímpico de Comaneci, perdurará en el tiempo la impecable actuación de Chanel y su extraordinario equipo de bailarines, entrando a formar parte ya de la más célebre historia de la televisión.
No soy ningún experto en Eurovisión, de hecho ni siquiera estaba al tanto del tema de este año en profundidad, ni de la coreografía de la representante española; pero he de decir, que cuando vi la actuación no pude salir de mi asombro y describí la realización con una simple palabra. Perfecta.
Un círculo perfecto, al igual que la protagonista de los Juegos Olímpicos de Montreal. Un 10 en voz, coreografía, coordinación, vestuario, luz, sonido, proporción, preparación, ritmo, conexión con el público y por supuesto, en belleza. Porque la belleza, cuando se dispone de ella, hay igualmente que mostrarla y transmitirla.
Pero no todo es de color de rosa, ya que detrás de esta actuación de poco más de 3 minutos, se esconden a buen seguro interminables horas de dedicación, esfuerzo y sacrificio. La búsqueda de la perfección exige talento, compromiso y mucha disciplina. Un arduo trabajo que obliga a renunciar al confort del día a día y que solamente unos pocos están dispuestos a realizar.
Si algo hemos descubierto en estos días sobre Chanel, nuestra representante catalana, es que además de ser una estrella internacional de nueva generación, es una persona humilde y generosa con todos aquellos que forman parte de su equipo. Hemos conocido, por la manera de expresarse y referirse al resto de adversarios en el certamen, que es una persona con una calidad humana incuestionable, merecedora ya de por sí del premio máximo del Festival.
A su vez, se ha consagrado como una mujer de su tiempo, alejada de complejos estériles y desenvuelta tanto dentro como fuera del escenario; una mujer tan brillante como la chaquetilla torera que portaba, capaz de mostrar con orgullo la bandera de España. Ese país tan enorme y repleto de personas con talento, al que ha tenido el honor de representar y de conseguir el mejor resultado de las últimas décadas.
Necesitamos más personas como Chanel en nuestra sociedad. Una sociedad cada vez más carente de valores como el esfuerzo o sacrificio y que se viene abajo cuando el viento no sopla a su favor. Humildad y trabajo para levantar este mundo mediatizado por las malas noticias y a las que todavía se le puede ganar el pulso, a base de pundonor y concentración por conseguir las metas inalcanzables.
Hablar de Chanel y de su éxito reciente no es frivolizar sobre los problemas del mundo. Hablar de Chanel es comprobar como el talento y el trabajo se imponen sobre campañas de desinformación que nada tienen que ver con la música y el espectáculo; ese, al que precisamente acudimos para olvidar la sucesión de malas noticias con las que nos aturden en el día a día.
Hablar de Chanel es simplemente acentuar las enormes posibilidades que tenemos como país si trabajamos unidos, con humildad y con respeto, sin olvidarnos por supuesto, de elegir el rumbo correcto.
Todo el mundo fue testigo del triunfo conseguido por Chanel y de cuál hubiera sido su destino, si no hubieran concurrido otras circunstancias del ámbito político y ajenas por completo al Festival.
Queremos personas como Chanel, que nos hagan crecer y vibrar de emoción con sus logros. Esos logros que como bien dijo ella, recordaremos por el resto de nuestras vidas.

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