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La tormenta

Rosa Sánchez de la Vega. Periodista y escritora

El resplandor iluminó por un instante la habitación, el cuerpo desnudo dormía agitadamente de costado, dejando libre tres cuartas partes de la cama. Hacía un calor sofocante, otra noche más el ambiente estaba sobrecargado. El aire era denso, costaba inhalarlo y respirar. Rocío esperaba que pasase la noche lo más rápida posible, tenía que descansar y dormir porque el atardecer había dejado paso a la oscuridad, porque era una costumbre esperar a que amaneciese y con ello retomar el ritmo del día. Solo por eso entendía que había que parar.

Su postura encogida le proporcionaba más calor, pero era su refugio, debía protegerse de todo y más que nada de sí misma.
Cada noche antes de dejar caer su frágil y pequeño cuerpo se decía lo mismo, una y otra vez.

—No puedo seguir así.Tengo que hacer algo.

Pero Rocío se dejaba mecer por la inapetencia, el miedo y la dejadez noche tras noche. En cada amanecer decepcionada, chequeaba su cuerpo mentalmente palmo a palmo, buscando una señal, una alarma. Algo que le indicase que debía cambiar su ritmo de vida y se convencía de ello. Pero cuando ponía un pie sobre la alfombra sabía que nada iba a cambiar, le faltaba el valor, o quizás fuera su propia valentía la que frenaba a menudo el deseo de desaparecer. Cada ocaso repasaba mentalmente, cual sería la mejor forma de terminar.
Esa noche una caja de pastillas, junto a un vaso de agua ocupaba su mesita, pero estaba segura que no tendría el suficiente arrojo para tomárselas. Su principal lucha era la de encontrar el sueño y no volver a despertar.

Después del segundo relámpago buscó ávida la sábana, la temperatura empezaba a bajar y quería cubrir su cuerpo, aún caliente esperando el siguiente envite de frío con el próximo rayo. La lluvia no se hizo esperar, y el tintineo de las tímidas gotas contra la ventana en pocos minutos se convirtió en un golpeteo violento contra los cristales. Las cortinas se hinchaban de la corriente de aire, asemejando con ello una especie de velas de barco en algunos momentos y en otros más fantasmagóricos los brazos de un espectro.

Rocío había cejado en su empeño de cerrar los ojos y dejar de existir, al igual que todas las noches, pero esta vez contemplaba absorta como la tormenta ocupaba parte de su dormitorio, no sólo por el olor a tierra mojada, que actuaba en ella como una hierba balsámica, si no por el movimiento acompasado a cada rayo y golpe de aire que convertía su habitación en una especie de teatro.
Un momento de silencio roto únicamente por la lluvia, consigue levantar a Rocío de la cama, sin cubrir su cuerpo. Ya de pie con la ventana abierta de par en par, contempla henchida el espectáculo. Un nuevo rayo parece azotar la oscuridad, una luz momentánea ilumina el firmamento, el trueno estalla, y la cantera del cielo parece romperse violentamente, sacudiendo los sentidos. La lluvia empujada por el viento le ha calado hasta los huesos. Rocío sentada sobre el alféizar de la ventana, calcula mentalmente cuándo volverá a rugir la fiera, y cuando el rayo baqueteará el cielo, solo necesita un instante para que el resplandor ilumine el vacío justo antes de saltar…

La tormenta ha cesado, todo está en calma, huele a campos mojados, la ventana sigue abierta. El frescor de la lluvia ha ocupado la habitación. Alguien duerme plácidamente bajo las sábanas. Amanece un nuevo día. Pronto acabará el verano.

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